

Las dificultades económicas ya golpean la puerta -de hecho, ya entraron en la sala- y arruinaron en parte la luna de miel de dos meses que debería haber gozado CFK entre su consagración electoral y su reasunción este 10 de diciembre de 2011. El clima ya cambió: el triunfalismo imparable de los primeros días fue súbitamente interrumpido por la pelea cambiaria, asunto que en Argentina trae a la memoria las peores épocas de crisis de los años 70 y 80, y la imparable ola inflacionaria sobre los productos de consumo masivo de las fiestas navideñas. Y si bien la “corrida” cambiaria se frenó a golpes de teléfono, amenazas y otras arbitrariedades, los problemas de fondo permanecen intactos. La táctica kirchnerista de tratar cada problema a medida que se presenta y con herramientas de corto plazo no alcanzará para enderezar el barco. Y cuando se trate de medidas de fondo, inevitablemente restrictivas y algunas dolorosas, CFK no podrá echar mano al consabido “sangre, sudor y lágrimas”, ni nada parecido, como hacen hoy los estadistas europeos.
Sencillamente, el kirchnerismo no está programado para hacer ajustes de gasto y de consumo y bajar la inflación. Ellos han dicho mil veces que esas son las “recetas neoliberales” que llevaron al país al desastre, y que Europa repite ahora ese error por someterse a los dictados de “los mercados”. De manera que en el futuro inmediato hay una gran incógnita: un gobierno con ninguna otra opción real que apretar los frenos del consumo, la inflación y el gasto público y un discurso de ese mismo gobierno institucionalizado durante años que repudia dichas medidas.
(Análisis Latino) Esta continua masacre que sufre México en el último lustro no puede explicarse solamente por los intereses de los narcos. Puede indicarse que la ´´mano de obra´´ narco, esa que llena de cadáveres las calles de sus ciudades, sale de los millones de jóvenes marginales que tiene el país. Pero esa miseria juvenil es más o menos general en América latina, así que esta explicación no alcanza. No, aquí hay algo más: un componente de tipo antropológico-sociocultural en estas matanzas masivas, que tienen su ritualización detallada, su sistematización y su código de señales. Casi el mismo nivel de violencia insana y descomunal se vive en la vecina Guatemala, infiltrada por los cárteles mexicanos.
Pero México no es el único país con una violencia interna crónica en la región, claro está. El último episodio que protagonizaron las FARC colombianas -la ejecución por la espalda de 4 secuestrados- deja claro que ni los 8 años de Alvaro Uribe en la Presidencia ni la reciente muerte del jefe de esa guerrilla, Alfonso Cano, harán desaparecer a este grupo terrorista, que además y aunque parezca increíble sigue contando con prensa amiga, como la cubana y la venezolana. También podríamos agregar las favelas copadas por los narcos y sus socios policías en Brasil, o el índice de asesinatos en la Venezuela bolivariana, que se disparó durante la década de Hugo Chávez al mando del país.
También países no considerados violentos históricamente están verificando una metamorfosis dramática. Argentina es hoy muchísimo más violenta que una generación atrás, por ejemplo (si descartamos claro está la violencia política de los 70s). El enorme cinturón de municipios que rodea a Buenos Aires, inagotable fuente de miseria y de votos para el peronismo, ha visto en estos años surgir una nueva violencia ligada al narcotráfico de los miserables: la venta del ´´paco´´, un residuo de bajo precio de la cocaína y de devastadores efectos neurológicos que está dejando a una generación de adolescentes de clase baja y marginal con daños irreversibles. Allí se ha implantado una subcultura delictiva muy parecida a las de las favelas brasileñas.
La violencia no siempre y solamente responde a la ´´injusticia social´´, como quiere la izquierda latinoamericana, sino que tiene raíces más profundas, de orden histórico-cultural y antropológico, que además es la causa última de la miseria.
El consignismo latinoamericano (y de la izquierda radical europea) intenta hacer paralelos fuera de lugar entre el repunte de América latina en los 2000, logrado gracias a un boom de commodities que le llegó del cielo, con las políticas expansivas y "soberanas de los mercados" que deberían aplicar los europeos para liberarse de ese yugo de los bancos. Pero no existe punto alguno en común entre ambas situaciones históricas y macroeconómicas.


