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Adolfo Garcé

El Frente Chico

Vázquez corre el riesgo de cometer el mismo error que Mujica: olvidarse del Frente Amplio. A menudo los presidentes creen que mandan. Grave error. Al menos en Uruguay esto no es así. Nunca lo fue. Acá gobiernan los partidos. Ni el presidente ni sus ministros tienen las manos libres. Alcanza con que un diputado o un senador oficialista no acompañen una propuesta del Poder Ejecutivo para que el trámite parlamentario se frene. El presidente, por supuesto, puede disciplinar a los ministros (él los nombra, él los remueve). Pero no tiene cómo disciplinar a la bancada.

Por Adolfo Garcé
27 de agosto de 2015
 

(El Observador) Gobernar es realmente muy difícil. Mucho más complicado, todavía, cuando las vacas empiezan a adelgazar. Analizar desde la platea es fácil. Con el diario del lunes, o del miércoles, más sencillo todavía. Pero, escuchar el rumor de la tribuna puede ayudar a los que toman decisiones dilemáticas, siempre bajo presión, con un ojo puesto en lo que pasa en la cancha y con el otro en la tabla de posiciones. Es con ese espíritu que escribo estos renglones, desde luego, sobre el gran tema de la semana: el impactante decreto que acaba de firmar el Poder Ejecutivo a instancias del Ministerio de Educación y Cultura, que declara a la educación "servicio esencial" y restringe, en consecuencia, por el plazo de treinta días, el derecho de huelga.

El telón de fondo del conflicto es la distribución de recursos en el presupuesto. Aunque no conocen los detalles de la propuesta elaborada por el Poder Ejecutivo (que recién empezará a ser discutida en el parlamento la semana que viene), los gremios de la educación ya venían movilizándose y aumentando la presión. La sorpresiva promesa electoral de Tabaré Vázquez, en enero de 2014, de llevar a 6% del PIB el presupuesto para la educación, por un lado, y las resonantes señales recientes respecto a la necesidad de tener "cautela" (simbolizados en la suspensión de la construcción del ANTEL Arena), por el otro, ilusionaron (primero) y alarmaron (después) a los sindicatos de la enseñanza. La sospecha de una "reforma a lo Rama", circulando con disimulo dentro del extenso articulado de una ley presupuestal, agrega más leña al fuego de la desconfianza. El precedente de la frustración experimentada por los sindicatos de la educación durante la primera gestión de Vázquez, cuando el Frente Amplio aprobó una nueva Ley de Educación que, en aspectos importantes (como el de la "autonomía"), tomó distancia de la posición histórica de los sindicatos, vuelve más difícil todavía el diálogo entre las partes.

Es en este contexto que el Poder Ejecutivo acaba de decretar la esencialidad de la educación. Las reacciones fueron en el sentido exactamente opuesto del que, un observador poco informado, podía esperar. La oposición, que se esfuerza por plantarse en la vereda de enfrente, tendió a apoyar (es comprensible: colorados y blancos sufrieron en carne propia, mucho tiempo, la férrea resistencia de los sindicatos a sus proyectos de reforma educativa). El partido de gobierno y la cúpula del movimiento sindical (su gran aliado), en cambio, tendieron a discrepar. Varios parlamentarios del "ala izquierda" del FA (desde Gonzalo Civila del Partido Socialista, a Sebastián Sabini del MPP, pasando por la senadora Constanza Moreira) cuestionaron la decisión. Los principales referentes de la dirección de la poderosa central sindical, Fernando Pereira y Marcelo Abdala, de inmediato criticaron con dureza la decisión del gobierno. Dicho de otro modo: el gabinete de Vázquez acaba de ganar apoyo en la oposición (y probablemente, y en una parte importante de la opinión pública), pero de perderlo en el "ala izquierda" del FA. En términos de gobernabilidad es un resultado sorprendente por no decir peligroso: el funcionamiento del gobierno no depende del apoyo de la oposición sino de la cohesión del partido de gobierno y de la buena voluntad de la cúpula sindical.

Estamos muy lejos del Frente Grande con el que, reinterpretando a Raúl Sendic (padre) a su manera, soñaba José Mujica. Vázquez no está armando una gran coalición reformista para facilitar la reforma educativa como intentó, sin éxito, su predecesor. Está recorriendo, supongo que a sabiendas, el camino opuesto. En vez de un Frente Grande está armando un Frente Chico. El Frente Chico está en el gabinete, donde predominan (como he venido escribiendo desde el comienzo de este gobierno) los "leales" al presidente. Es como si Vázquez pensara que un pequeño equipo, cohesionado, experimentado, competente y fiel, munido de los nada desdeñables recursos institucionales inherentes a estos cargos, puede llevar adelante la agenda presidencial. Es como si creyera que alcanza con un liderazgo enérgico, firme y decidido, para llevar adelante políticas polémicas y vencer las resistencias emergentes.

Desde mi punto de vista, aunque viene siguiendo un camino completamente distinto, Vázquez corre el riesgo de cometer el mismo error que Mujica: olvidarse del Frente Amplio. A menudo los presidentes creen que mandan. Grave error. Al menos en Uruguay esto no es así. Nunca lo fue. Acá gobiernan los partidos. Ni el presidente ni sus ministros tienen las manos libres. Alcanza con que un diputado o un senador oficialista no acompañen una propuesta del Poder Ejecutivo para que el trámite parlamentario se frene. El presidente, por supuesto, puede disciplinar a los ministros (él los nombra, él los remueve). Pero no tiene cómo disciplinar a la bancada. O negocia y construye apoyos con los legisladores de su propio partido o apuesta las fichas de la gobernabilidad a las preferencias y cálculos estratégicos de los legisladores de la oposición. Me parece obvio que esta alternativa tiene un costo demasiado alto. En suma: ni Frente Grande ni Frente Chico. No hay forma de encarar los problemas de la educación si los presidentes frenteamplistas prescinden... del Frente Amplio. l

Fuente: El Observador (Buenos Aires, Argentina)

Gobernar es realmente muy difícil. Mucho más complicado, todavía, cuando las vacas empiezan a adelgazar. Analizar desde la platea es fácil. Con el diario del lunes, o del miércoles, más sencillo todavía. Pero, escuchar el rumor de la tribuna puede ayudar a los que toman decisiones dilemáticas, siempre bajo presión, con un ojo puesto en lo que pasa en la cancha y con el otro en la tabla de posiciones. Es con ese espíritu que escribo estos renglones, desde luego, sobre el gran tema de la semana: el impactante decreto que acaba de firmar el Poder Ejecutivo a instancias del Ministerio de Educación y Cultura, que declara a la educación "servicio esencial" y restringe, en consecuencia, por el plazo de treinta días, el derecho de huelga.1
El telón de fondo del conflicto es la distribución de recursos en el presupuesto. Aunque no conocen los detalles de la propuesta elaborada por el Poder Ejecutivo (que recién empezará a ser discutida en el parlamento la semana que viene), los gremios de la educación ya venían movilizándose y aumentando la presión. La sorpresiva promesa electoral de Tabaré Vázquez, en enero de 2014, de llevar a 6% del PIB el presupuesto para la educación, por un lado, y las resonantes señales recientes respecto a la necesidad de tener "cautela" (simbolizados en la suspensión de la construcción del ANTEL Arena), por el otro, ilusionaron (primero) y alarmaron (después) a los sindicatos de la enseñanza. La sospecha de una "reforma a lo Rama", circulando con disimulo dentro del extenso articulado de una ley presupuestal, agrega más leña al fuego de la desconfianza. El precedente de la frustración experimentada por los sindicatos de la educación durante la primera gestión de Vázquez, cuando el Frente Amplio aprobó una nueva Ley de Educación que, en aspectos importantes (como el de la "autonomía"), tomó distancia de la posición histórica de los sindicatos, vuelve más difícil todavía el diálogo entre las partes.
Es en este contexto que el Poder Ejecutivo acaba de decretar la esencialidad de la educación. Las reacciones fueron en el sentido exactamente opuesto del que, un observador poco informado, podía esperar. La oposición, que se esfuerza por plantarse en la vereda de enfrente, tendió a apoyar (es comprensible: colorados y blancos sufrieron en carne propia, mucho tiempo, la férrea resistencia de los sindicatos a sus proyectos de reforma educativa). El partido de gobierno y la cúpula del movimiento sindical (su gran aliado), en cambio, tendieron a discrepar. Varios parlamentarios del "ala izquierda" del FA (desde Gonzalo Civila del Partido Socialista, a Sebastián Sabini del MPP, pasando por la senadora Constanza Moreira) cuestionaron la decisión. Los principales referentes de la dirección de la poderosa central sindical, Fernando Pereira y Marcelo Abdala, de inmediato criticaron con dureza la decisión del gobierno. Dicho de otro modo: el gabinete de Vázquez acaba de ganar apoyo en la oposición (y probablemente, y en una parte importante de la opinión pública), pero de perderlo en el "ala izquierda" del FA. En términos de gobernabilidad es un resultado sorprendente por no decir peligroso: el funcionamiento del gobierno no depende del apoyo de la oposición sino de la cohesión del partido de gobierno y de la buena voluntad de la cúpula sindical.
Estamos muy lejos del Frente Grande con el que, reinterpretando a Raúl Sendic (padre) a su manera, soñaba José Mujica. Vázquez no está armando una gran coalición reformista para facilitar la reforma educativa como intentó, sin éxito, su predecesor. Está recorriendo, supongo que a sabiendas, el camino opuesto. En vez de un Frente Grande está armando un Frente Chico. El Frente Chico está en el gabinete, donde predominan (como he venido escribiendo desde el comienzo de este gobierno) los "leales" al presidente. Es como si Vázquez pensara que un pequeño equipo, cohesionado, experimentado, competente y fiel, munido de los nada desdeñables recursos institucionales inherentes a estos cargos, puede llevar adelante la agenda presidencial. Es como si creyera que alcanza con un liderazgo enérgico, firme y decidido, para llevar adelante políticas polémicas y vencer las resistencias emergentes.
Desde mi punto de vista, aunque viene siguiendo un camino completamente distinto, Vázquez corre el riesgo de cometer el mismo error que Mujica: olvidarse del Frente Amplio. A menudo los presidentes creen que mandan. Grave error. Al menos en Uruguay esto no es así. Nunca lo fue. Acá gobiernan los partidos. Ni el presidente ni sus ministros tienen las manos libres. Alcanza con que un diputado o un senador oficialista no acompañen una propuesta del Poder Ejecutivo para que el trámite parlamentario se frene. El presidente, por supuesto, puede disciplinar a los ministros (él los nombra, él los remueve). Pero no tiene cómo disciplinar a la bancada. O negocia y construye apoyos con los legisladores de su propio partido o apuesta las fichas de la gobernabilidad a las preferencias y cálculos estratégicos de los legisladores de la oposición. Me parece obvio que esta alternativa tiene un costo demasiado alto. En suma: ni Frente Grande ni Frente Chico. No hay forma de encarar los problemas de la educación si los presidentes frenteamplistas prescinden... del Frente Amplio. l
1. El texto completo del decreto puede leerse en: http://www.mtss.gub.uy/web/mtss/noticia-ampliada/-/asset_publisher/PC7v/content/mtss-declara-esencialidad-en-servicios-de-educacion-publicos(El Observador) Gobernar es realmente muy difícil. Mucho más complicado, todavía, cuando las vacas empiezan a adelgazar. Analizar desde la platea es fácil. Con el diario del lunes, o del miércoles, más sencillo todavía. Pero, escuchar el rumor de la tribuna puede ayudar a los que toman decisiones dilemáticas, siempre bajo presión, con un ojo puesto en lo que pasa en la cancha y con el otro en la tabla de posiciones. Es con ese espíritu que escribo estos renglones, desde luego, sobre el gran tema de la semana: el impactante decreto que acaba de firmar el Poder Ejecutivo a instancias del Ministerio de Educación y Cultura, que declara a la educación "servicio esencial" y restringe, en consecuencia, por el plazo de treinta días, el derecho de huelga.1

El telón de fondo del conflicto es la distribución de recursos en el presupuesto. Aunque no conocen los detalles de la propuesta elaborada por el Poder Ejecutivo (que recién empezará a ser discutida en el parlamento la semana que viene), los gremios de la educación ya venían movilizándose y aumentando la presión. La sorpresiva promesa electoral de Tabaré Vázquez, en enero de 2014, de llevar a 6% del PIB el presupuesto para la educación, por un lado, y las resonantes señales recientes respecto a la necesidad de tener "cautela" (simbolizados en la suspensión de la construcción del ANTEL Arena), por el otro, ilusionaron (primero) y alarmaron (después) a los sindicatos de la enseñanza. La sospecha de una "reforma a lo Rama", circulando con disimulo dentro del extenso articulado de una ley presupuestal, agrega más leña al fuego de la desconfianza. El precedente de la frustración experimentada por los sindicatos de la educación durante la primera gestión de Vázquez, cuando el Frente Amplio aprobó una nueva Ley de Educación que, en aspectos importantes (como el de la "autonomía"), tomó distancia de la posición histórica de los sindicatos, vuelve más difícil todavía el diálogo entre las partes.

Es en este contexto que el Poder Ejecutivo acaba de decretar la esencialidad de la educación. Las reacciones fueron en el sentido exactamente opuesto del que, un observador poco informado, podía esperar. La oposición, que se esfuerza por plantarse en la vereda de enfrente, tendió a apoyar (es comprensible: colorados y blancos sufrieron en carne propia, mucho tiempo, la férrea resistencia de los sindicatos a sus proyectos de reforma educativa). El partido de gobierno y la cúpula del movimiento sindical (su gran aliado), en cambio, tendieron a discrepar. Varios parlamentarios del "ala izquierda" del FA (desde Gonzalo Civila del Partido Socialista, a Sebastián Sabini del MPP, pasando por la senadora Constanza Moreira) cuestionaron la decisión. Los principales referentes de la dirección de la poderosa central sindical, Fernando Pereira y Marcelo Abdala, de inmediato criticaron con dureza la decisión del gobierno. Dicho de otro modo: el gabinete de Vázquez acaba de ganar apoyo en la oposición (y probablemente, y en una parte importante de la opinión pública), pero de perderlo en el "ala izquierda" del FA. En términos de gobernabilidad es un resultado sorprendente por no decir peligroso: el funcionamiento del gobierno no depende del apoyo de la oposición sino de la cohesión del partido de gobierno y de la buena voluntad de la cúpula sindical.

Estamos muy lejos del Frente Grande con el que, reinterpretando a Raúl Sendic (padre) a su manera, soñaba José Mujica. Vázquez no está armando una gran coalición reformista para facilitar la reforma educativa como intentó, sin éxito, su predecesor. Está recorriendo, supongo que a sabiendas, el camino opuesto. En vez de un Frente Grande está armando un Frente Chico. El Frente Chico está en el gabinete, donde predominan (como he venido escribiendo desde el comienzo de este gobierno) los "leales" al presidente. Es como si Vázquez pensara que un pequeño equipo, cohesionado, experimentado, competente y fiel, munido de los nada desdeñables recursos institucionales inherentes a estos cargos, puede llevar adelante la agenda presidencial. Es como si creyera que alcanza con un liderazgo enérgico, firme y decidido, para llevar adelante políticas polémicas y vencer las resistencias emergentes.

Desde mi punto de vista, aunque viene siguiendo un camino completamente distinto, Vázquez corre el riesgo de cometer el mismo error que Mujica: olvidarse del Frente Amplio. A menudo los presidentes creen que mandan. Grave error. Al menos en Uruguay esto no es así. Nunca lo fue. Acá gobiernan los partidos. Ni el presidente ni sus ministros tienen las manos libres. Alcanza con que un diputado o un senador oficialista no acompañen una propuesta del Poder Ejecutivo para que el trámite parlamentario se frene. El presidente, por supuesto, puede disciplinar a los ministros (él los nombra, él los remueve). Pero no tiene cómo disciplinar a la bancada. O negocia y construye apoyos con los legisladores de su propio partido o apuesta las fichas de la gobernabilidad a las preferencias y cálculos estratégicos de los legisladores de la oposición. Me parece obvio que esta alternativa tiene un costo demasiado alto. En suma: ni Frente Grande ni Frente Chico. No hay forma de encarar los problemas de la educación si los presidentes frenteamplistas prescinden... del Frente Amplio. l

1. El texto completo del decreto puede leerse en: http://www.mtss.gub.uy/web/mtss/noticia-ampliada/-/asset_publisher/PC7v/content/mtss-declara-esencialidad-en-servicios-de-educacion-publicos

Fuente: El Observador (Buenos Aires, Argentina)
 
Acerca del autor
Adolfo Garcé
Adolfo Garcé
Doctor en Ciencia Política - Investigador del Departamento de Ciencia Política (Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de la República). Autor del libro “Donde hubo fuego: El proceso de adaptación del MLN-Tupamaros a la legalidad y a la competencia electoral (1985-2004)”. Co-autor del libro “La Era Progresista. El gobierno de izquierda en Uruguay: de las ideas a las políticas”. Líneas de investigación: Ideas, discursos y política; tecnocracia y democracia; Ideologías y adaptación partidaria.