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Bernardo Sorj

¿Qué nacionalismo es ese?

La derrota en una copa naturalmente deja a un país triste, especialmente los que tenían (o pensaban que tenían) chances de ganar. Pero pocos países, fuera del Brasil y de la Argentina, sienten que su reconocimiento por el resto de los países depende del fútbol. Como si la gran y única virtud que nos caracteriza fuese el fútbol. En el caso del mundial la lección fue dada por los alemanes, una lección de trabajo serio y civilidad, de la cual, tanto brasileños y argentinos, tenemos mucho que aprender.

Por Bernardo Sorj
18 de julio de 2014
 

La rivalidad entre países vecinos es normal. Mismo, como en el caso entre Brasil y Argentina, que no se fundamenta en pasados de guerras, ocupación, litigios territoriales, como infelizmente es tan común en otras regiones. Lo preocupante, por lo menos los que convivimos algunas semanas con los "hermanos" argentinos, es la forma en que esta rivalidad se expresó en la hinchada que vino al Brasil para apoyar su selección.

Aquí no fue una rivalidad que lleva a buscar ser mejor, donde se afirman las virtudes propias, o mismo se ridiculizan ciertas características del otro.  Parte  de los argentinos que paseaban por las calles del país huésped,  ciertamente –es importante recordar-  no todos, cantaban y gritaban slogan ofensivos en relación al país, su futbol y su ídolos, en particular Pelé. Como si la genialidad futbolística de Maradona necesitase empujar otros ídolos para abajo. En pocas semanas una opinión pública brasileña que estaba dividida, algunos empujados por la rivalidad queriendo "que gane cualquiera menos Argentina", pero muchos otros dispuestos a apoyar un país latinoamericano, se volcaron mayoritariamente contra Argentina.

Viendo los acontecimientos de vandalismo en el Obelisco de Buenos Aires la noche de la final, queda en el aire la pregunta: ¿qué nacionalismo es este que se asoció al futbol? No estoy hablando solamente de las barras bravas, que es un fenómeno socialmente delimitado, sino aquel que toma en cuenta a la mayoría de la población. Ciertamente estamos frente a un fenómeno mediático, financiado por las mayores corporaciones del mundo que asegura que los canales de televisión bombardeen a la población meses antes del evento  con las más diversas propagandas asociadas a la Copa. También es verdad que vivimos en una época sin causas  capaces de movilizar la población en torno a símbolos colectivos. Pero creo que en el caso del Brasil y de la Argentina, si bien como veremos en forma diferente, lo que se trata es de afirmar frente a sí mismos y al mundo una identidad nacional.

La derrota en una copa naturalmente deja a un país triste, especialmente los que tenían (o pensaban que tenían) chances de ganar.  Pero pocos países, fuera del Brasil y de la Argentina, sienten que su reconocimiento por el resto de los países depende del fútbol. Como si la gran y única virtud que nos caracteriza  fuese el  fútbol.  

Aquí creo que los caminos del Brasil y de la Argentina se bifurcan. Al Brasil le queda, en su búsqueda de espacios de reconocimiento en el concierto internacional, la imagen del carnaval y su imagen de paraíso tropical con su gente alegre y, para algunos todavía, sus mujeres. Pero esta imagen comenzó a cambiar en los últimos años. El Brasil pasó a ser proyectado por los medios como uno de los grandes países emergentes que está consiguiendo enfrentar sus problemas históricos de pobreza, con la inclusión de una gran masa de nuevos consumidores, erróneamente llamados de clases medias.  Y los brasileños, con las enormes dificultades de una ciudadanía apática a la vida política, pasaron a querer que la imagen del país se refleje también en la calidad de sus instituciones. En junio del año pasado decenas de miles de personas salieron a la calle para criticar la realización de la Copa en el país: la prioridad son hospitales y escuelas, no estadios.

En la medida que la Copa se aproximaba y después con los primeros triunfos de su selección, parte del humor crítico se evaporó (de 30% de la población que apoyaba la realización de la Copa el porcentaje pasó a 60), pero muy pocos se llevaron a serio la posibilidad de ganarla.   Al contrario,  demasiado al contrario, después de la derrota contra Alemania, las redes sociales fueron invadidas por chistes auto-denigratorios, sea sobre los jugadores, el técnico o mismo los locutores. Demasiado al contrario, porque es un mecanismo de defensa típicamente brasileño,  de ridiculizar personas e instituciones que le desagradan. Pero tampoco se trata de substituir esta actitud por la "bronca", que solo piensa en "enojarse" y destruir el objeto de su desagrado.

Frente a la realidad no se trata de reír o llorar, pero sí comprender y aprender las lecciones que ella nos ofrece. En el caso del mundial la lección fue dada por los alemanes. Una selección que se construyó no con cracks excepcionales, sin Peles o Maradonas,  Messis o Neymares, pero con un trabajo serio, de largo plazo, a partir de divisiones juveniles e incentivos al deporte  en cada pueblito y escuela.  Y que vinieron al Brasil con la disposición de agradecer a sus huéspedes, produciendo videos donde festejaban la selección alemana y la cultura y el pueblo brasileño. En la final vistieron una camisa donde agradecían al Brasil por su hospitalidad. En suma, una lección de trabajo serio y civilidad, de la cual, tanto brasileños y argentinos, tenemos mucho  que aprender.

Bernardo Sorj es sociólogo y reside en Río de Janeiro.

 
Acerca del autor
Bernardo Sorj
Bernardo Sorj
Es director del Centro Edelstein de Investigaciones Sociales y profesor de sociología de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Formado en Historia y Sociología por la Universidad de Haifa y Ph. D. en sociología por la Universidad de Manchester. Fue profesor visitante en varias universidades europeas y de los Estados Unidos, ocupando entre otras posiciones las cátedras Sérgio Buarque de Holanda de la Maison des Sciences de L'Homme y Simón Bolívar del IHEAL/París. Autor de libros publicados en varias lenguas, sobre temas de teoría social, América Latina, democracia y judaísmo. Entre los libros más recientes se incluyen: 'El Desafío Latinoamericano' (con Danilo Martuccelli, siglo XXI, 2008); 'La Democracia Inesperada' (Prometeo/Bonagno, 2004) y 'Judaísmo para Todos' (Siglo XXI, 2009).