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Carlos Gervasoni

KIRCHNER BUSCA AGREGAR MÁS PROBLEMAS A LOS QUE YA TIENE

Las recientes tendencias positivas en la economía y también en la política argentina ocultan que la situación del país, después del derrumbe de 2001-2002, es aún dramática. Kirchner ha avanzado en varios frentes, pero con una velocidad y una energía menor a la deseable, y peor aún, no se notan iniciativas de largo plazo tendientes a sentar las bases de un proceso de desarrollo económico, social y político sostenido.

Por Carlos Gervasoni
9 de julio de 2004
 

Frecuentemente la evolución positiva o negativa de un país oscurece su situación “absoluta”. Las recientes tendencias positivas en la economía y también en la política argentina ocultan que la situación del país, después del derrumbe de 2001-2002, es aún dramática. En lo económico, Argentina está lejos de recuperar el PBI per cápita real de antes del inicio de la recesión en el segundo semestre de 1998. A la vez, medido en dólares, el PBI argentino es algo más de la mitad que el registrado durante la segunda mitad de la década del ’90. En lo social se observan niveles de pobreza y desempleo muy superiores a los anteriores a la crisis. Y continúan sin resolverse cuestiones importantísimas para el desarrollo del país, como la renegociación de la deuda pública, la crisis del sistema financiero, la modificación del perverso sistema de reparto de impuestos entre la nación y las provincias, el reestablecimiento de las inversiones en energía e infraestructura, la recuperación del orden público afectado por la ola de crimen y la creciente actividad piquetera, y la normalización del sistema político y del sistema de partidos, fuertemente golpeados por lo hechos de fines de 2001.

Kirchner ha avanzado algo en varios de estos frentes, pero con una velocidad y una energía mucho menor a la deseable. Peor aún, no se notan iniciativas de largo plazo tendientes a sentar las bases, no sólo para salir de las crisis económica y política, cosa que en buena medida se logró entre los últimos meses de Duhalde y los primeros de Kirchner, sino para generar desarrollo económico, social y político rápido y sostenido por muchos años.

Durante sus primeros meses el mandatario argentino se dedicó en parte a resolver problemas y en parte a afirmar y acrecentar su poder. Para un mandatario elegido con pocos votos, desconocido y relativamente marginal dentro de su propio partido, aprovechar la luna de miel para solidificar las bases de su gobierno parecía inteligente. Los analistas consideramos en general razonable que Kirchner dedicara a estas cuestiones de política agonal buena parte de su atención durante los primeros meses de su gestión, coincidentes con las elecciones de casi todos los gobernadores, de la mitad de los diputados y de un tercio de los senadores. Kirchner tuvo éxito en la tarea y, a poco de asumir, era reconocido por la opinión pública y la clase política como un líder con poder, iniciativa, decisión y personalidad.

Contrariamente a lo que muchos creíamos y esperábamos, el presidente argentino no volcó, luego del fin del período electoral en noviembre de 2003, su atención y su acción a resolver los problemas del país, a diseñar e implementar las políticas públicas necesarias para que la Argentina comience a dejar detrás décadas de estancamiento. Por el contrario, continuó priorizando la política agonal o de poder por sobre la política arquitectónica o de gobierno, mediante iniciativas tales como la construcción de un movimiento “transversal” de apoyo a su gobierno, la utilización de la política exterior y la política militar para afirmar su apoyo en la opinión pública y, lo más grave de todo, el desafío del indiscutible poder de su predecesor (y artífice de su llegada al poder), Eduardo Duhalde, en el peronismo y en el país.

El problema es que los recursos con los que cuenta un gobierno son siempre limitados. Kirchner y los miembros de su administración, como cualquier otro elenco gubernamental, tienen a su disposición una dotación limitada de energía, talento, recursos económicos, recursos burocráticos y tiempo. Esta claro que todos estos activos resultan escasos frente a la enorme magnitud de los desafíos que enfrenta la Argentina, aún asumiendo que serán enteramente usados para la acción gubernamental. Ocurre, sin embargo, que el presidente Kirchner decidió buscarse nuevos problemas, no porque le agraden sino porque son necesarios para satisfacer sus ambiciones políticas.

El mayor de los problemas mencionados es la disputa con Duhalde. El ex presidente, ex vice-presidente, ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, ex senador y ex diputado es, además, el líder el Partido Justicialista (peronista) de la mayor provincia del país. No sólo controla lo que es indiscutiblemente la máquina política más poderosa de la Argentina, el peronismo bonaerense, sino que cuenta con la lealtad de casi un tercio de los diputados nacionales justicialistas, con el apoyo de varios senadores y gobernadores, y con un no despreciable apoyo de la opinión pública. Contra lo que muchos creían, Duhalde cumplió la promesa de dejar la presidencia antes del 10 de diciembre de 2003 (día en que vencía el mandato de De la Rúa, que él completó parcialmente) y de no presentarse como candidato. Como era de esperar, Duhalde usó los recursos del peronismo bonaerense y del gobierno para combatir a su enemigo principal, el ex presidente Carlos Menem, y para impulsar a un candidato razonablemente afín a sus intereses. El elegido, después de fallidos intentos con los gobernadores Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota, fue Kirchner. Y Kirchner aceptó este respaldo. Saltó en las encuestas del cuarto o quinto lugar al segundo, gracias al explícito apoyo de un líder que empezaba a poner orden en la política y la economía nacionales. Por si quedaban dudas acerca de que era el candidato de Duhalde, Kirchner aceptó un compañero de fórmula afín al presidente saliente, y heredó cuatro miembros claves de su gabinete: los actuales ministros Roberto Lavagna (Economía), Aníbal Fernández (Interior), José Pampuro (Defensa) y Ginés González García (Salud).

Kirchner, después de su inicial construcción de poder, pudo haber aceptado su génesis duhaldista y haberse dedicado a gobernar en alianza con su predecesor. Tal alianza le habría garantizado, junto con el apoyo del peronismo y de la mayor parte de la opinión pública, una formidable base de poder. Pero Kirchner quiere más; no desea compartir el poder ni con Duhalde ni con nadie. Es así que desde hace meses buena parte de la energía del presidente y de sus hombres más cercanos se dedica a planear esquemas para minar el poder del bonaerense. En los últimos meses el presidente ha comenzado a jugar con la idea de competir contra Duhalde en las elecciones bonaerenses de 2005 mediante la candidatura de su popular esposa, la senadora Cristina Fernández de Kirchner. Sea esto un globo de ensayo, un instrumento de negociación para lograr que Duhalde incorpore más kirchneristas a la larga lista de candidatos a diputado de su provincia, o una real jugada para obtener el control del aparato bonaerense, lo cierto es que implica un suerte de declaración de guerra. Ni siquiera Menem en sus mejores años intentó disputarle a Duhalde el control de su provincia (aunque sí lo traicionó cuando, luego de haber conseguido su apoyo para una reelección en 1995, intentó una segunda reelección en 1999 y jugó en contra de su candidatura cuando no la obtuvo).

La decisión de desafiar a Duhalde es un gran error por varios motivos. El primero ha sido planteado: los problemas del país necesitan un gobierno enteramente dedicado a resolverlos. La utilización de los escasos recursos del gobierno y del Estado argentinos para obtener supremacías políticas implica que muchos aspectos de la gestión se retrasarán y/o fracasarán, perjudicando tanto al país como a Kirchner. En segundo lugar, el mensaje que envía Kirchner es peligroso (para él mismo): algo así como “puedo aliarme contigo para conseguir mis objetivos, pero no dudaré en volverme en contra tuyo para conseguir mis siguientes objetivos”. En estas condiciones, Kirchner obtendrá sólo el apoyo interesado y desconfiado de quienes necesiten el calor del poder, pero no logrará cimentar un liderazgo auténtico ni perdurable. En tercer lugar, ocurre que el presidente tiene escasas chances de ganar el pleito. Sus bases de poder son frágiles y volátiles. Habiéndose ganado la antipatía a buena parte de los principales actores políticos (importantes sectores empresarios, la Iglesia, las Fuerzas Armadas, los partidos políticos de oposición, e incluso de poderes internacionales clave como el FMI y relevantes funcionarios de la administración Bush), el fundamento de su poder reside fundamentalmente en su popularidad. El tiempo, los inevitables problemas de todo gobierno, la acción de una oposición cada vez más activa y una economía que comienza a desacelerarse han erosionado y continuarán erosionando la popularidad presidencial. Las bases del poder de Duhalde, en cambio, son mucho más estructurales.

Un cuarto error en la búsqueda del conflicto con Duhalde reside en la estrategia comunicacional vinculada al mismo. Kirchner intenta presentarlo en términos de la lucha contra la “vieja política”. Pero el presidente deja demasiados flancos vulnerables en su pretendido papel de adalid de la renovación: gobernó su provincia con escaso apego a las normas de la democracia y el pluralismo, cuenta con un patrimonio notable para un abogado y político de provincia, existen importantes dudas sobre la transparencia del financiamiento de su campaña, realizó varios nombramientos ampliamente cuestionados desde el punto de vista ético (como el de la esposa del Ministro de Planificación Federal De Vido en la SIGEN, un organismo de control administrativo del Poder Ejecutivo), fue denunciado por ejercer presiones sobre periodistas críticos y ha buscado alianzas con políticos cuya integridad está fuertemente cuestionada (por ejemplo varios intendentes de municipios de la provincia de Buenos Aires, a quien Kirchner ha estado cortejando para sumarlos a su cruzada anti-duhaldista). ¿Es Duhalde parte de la “vieja política”? Sin duda. Pero Kirchner llegó al poder en alianza con él y, tanto en su trayectoria política anterior, como en sus meses como presidente, ha dado muestras de ser también parte de ella.

Los ciudadanos argentinos han aprendido  mucho en los últimos tiempos, y sus niveles de tolerancia y paciencia han descendido. El último supuesto renovador de la política, Fernando De la Rúa, fue linchado por la opinión pública cuando fracasó en la gestión y cuando se revelaron aspectos turbios de su administración. Kirchner podría estar sobreestimando la solidez de su apoyo popular, y apuntando a objetivos que están más allá de sus posibilidades reales. Es muy posible que su gobierno termine pagando por tales errores. Más grave aún, el país ya está sufriendo, y podría sufrir mucho más, los resultados de un gobierno que invierte sus recursos más valiosos en obtener la primacía política y no en gobernar.

 
Acerca del autor
Carlos Gervasoni
Carlos Gervasoni
Profesor-Investigador en el departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella y miembro del proyecto Varieties of Democracy. Obtuvo una maestría en ciencia política en la Universidad de Stanford, y el doctorado en la universidad de Notre Dame. Se especializa en estudios sobre la democracia, política provincial, opinión pública y metodología de la investigación. Sus artículos han aparecido en América Latina Hoy, Comparative Political Studies, Democratization, Journal of Democracy en Español, Journal of Politics in Latin America, y World Politics. Miembro fundador y presidente de CADAL entre 2003 y 2004.