Artículos / Opinión
Carlos Malamud

Latinobarómetro y el estado de la democracia en América Latina

(Infolatam ) Fortalecer la democracia latinoamericana, la construcción y el fortalecimiento institucional implica, para comenzar, un mayor equilibrio e independencia de poderes y suficiente vigencia de derechos y libertades, que no sólo reconozcan las exigencias de las mayorías sino también los derechos de las minorías. Estos extremos sólo se podrán alcanzar en la medida en que se consoliden sistemas eficientes de partidos políticos, democráticos y representativos. Sin ellos, con las crecientes concesiones al caudillismo mesiánico de corte movimientista, el fracaso y el consiguiente desastre estarán esperando a la vuelta de la esquina.

Por Carlos Malamud
Twitter: @CarlosMalamud
5 de noviembre de 2013
 

(Infolatam ) La entrega del Informe 2013 del Latinobarómetro pone una vez más su acento en la democracia, aunque sin olvidarse de la desigualdad que sigue siendo el principal problema de la región. No en vano América Latina se mantiene como la región más desigual del planeta.

Quizás la principal conclusión a la que se pueda arribar es que si bien la democracia se ha implantado sólidamente en la región, las dificultades persisten y, también, que cada país intenta resolverlas como puede. La fragmentación observable en otros aspectos de la vida regional es igualmente trasladable al terreno de la democracia.

Entre 2013 y 2016, 17 de los 18 países de la región (salvo México) elegirán presidentes. Si consideramos el período 2009 – 2016 serán 34 elecciones presidenciales en tan sólo ocho años. La región nunca había experimentado una agenda electoral tan intensa e importante en un lapso tan corto, lo que si bien da buena cuenta de su vitalidad política y del predominio de la democracia, también nos debe alertar frente a otro tipo de problemas.

Gracias al crecimiento económico sostenido de los últimos años, más de 50 millones de latinoamericanos (el 8% de la población regional) pudieron salir de la pobreza e incorporarse a las clases medias. Sin embargo, sólo el 30% de la población latinoamericana se sitúa en la clase media, aunque su porcentaje de momento va en aumento, mientras el 68% pertenece a las clases bajas y la mitad de sus integrantes están en situación precaria. Sólo el 2% pertenece a la clase alta.

Es cierto que las demandas políticas y de participación de los sectores emergentes podrían reforzar de modo sustantivo la democracia y sus instituciones en función de los intereses que sostienen, pero también lo es que en la medida en que sus reivindicaciones no sean satisfechas su clamor irá en aumento. Sin embargo, todavía no se sabe a ciencia cierta la forma en que se terminarán expresando, aunque ya se observan importantes diferencias nacionales.

Por un lado tenemos las manifestaciones estudiantiles chilenas y las brasileñas por el transporte y la construcción de infraestructuras, y por el otro las crecientes muestras de desafección ciudadana con los proyectos hegemónicos en Venezuela, Argentina o Bolivia. Al mismo tiempo tampoco debe perderse de vista la inestabilidad de las clases bajas y sus demandas constantes de integración económica, social y política, que también podrían generar fuertes turbulencias si no fueran plenamente satisfechas.

Es en este contexto que el clamor de Marta Lagos, la directora del Latinobarómetro, cobra sentido. En su Informe Lagos señala: “la ciudadanía en América Latina está gritando fuerte escúchame por cualquier medio, porque qué duda cabe que el sistema político no parece escuchar”. Algunas lecturas de la realidad regional apuntan a que los déficits políticos se solucionarán con más participación y menos representación. Un extremo que Ernesto Laclau sintetiza en la fórmula de más populismo en tanto el populismo encarna la voluntad popular contraria al orden establecido.

Aquí tampoco hay recetas únicas, como se puede ver en el apoyo de la democracia en América Latina. Según Latinobarómetro, este apoyo cayó dos puntos respecto a 2011, pasando del 58% al 56%. Sin embargo, si analizamos la evolución por países los resultados son contradictorios. En su edición 2013, el Informe muestra que el apoyo a la democracia creció en once países durante el período 1995/6 – 2013, mientras disminuyó en siete. Donde más ha crecido es en Venezuela (16 puntos) y Ecuador (13), seguido de Chile (8), Argentina (5), Bolivia (5), Brasil (5), Paraguay (5), República Dominicana (5), Colombia (4), Guatemala (3) y Perú (2). Los que más bajan son Costa Rica (16) y México (12), seguidos de Uruguay (7), Panamá (6), Honduras (3), Nicaragua (3) y El Salvador (1).

Resulta muy difícil extraer una conclusión única acorde al comportamiento político nacional. Pese a la creciente polarización política en Venezuela, es ahí donde más avanzó el apoyo a la democracia. Paradójicamente, Costa Rica, que contaba con uno de los sistemas democráticos más reputados y estables, es donde más retrocedió, en un porcentaje similar al ascenso venezolano. También son citables los casos de Chile (la valoración de la democracia aumentó un 8%) y México (un retroceso del 12%). En Chile se produjo en 2009 la alternancia entre un gobierno de derecha y otro de izquierda, mientras en México, en 2000, acabó el dominio hegemónico hasta entonces ostentado por el PRI, que recuperó el poder en las pasadas presidenciales.

Algo similar se puede decir respecto a la satisfacción con la democracia, que si bien a escala regional se mantiene en niveles similares a los de 2011, también evidencia evoluciones dispares según los países. Todo esto confluye en la valoración de la calidad de la democracia latinoamericana, que en líneas generales no puede ser demasiado elevada.

Marta Lagos recuerda en su Informe a José Miguel Insulza, el secretario general de la OEA (Organización de Estados Americanos), quien dijo: “en América Latina hay mucha democracia y poca institución”. Éste es precisamente el camino a recorrer si se quiere fortalecer la democracia latinoamericana, la construcción y el fortalecimiento institucional, lo que implica, para comenzar, un mayor equilibrio e independencia de poderes y suficiente vigencia de derechos y libertades, que no sólo reconozcan las exigencias de las mayorías sino también los derechos de las minorías. Estos extremos sólo se podrán alcanzar en la medida en que se consoliden sistemas eficientes de partidos políticos, democráticos y representativos. Sin ellos, con las crecientes concesiones al caudillismo mesiánico de corte movimientista, el fracaso y el consiguiente desastre estarán esperando a la vuelta de la esquina.

Fuente: Infolatam (Madrid, España)

 
Acerca del autor
Carlos Malamud
Carlos Malamud
Carlos Malamud es Investigador Principal para América Latina en el Instituto Real Elcano.
Twitter: @CarlosMalamud