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Carlos Malamud

Presidencialismos monárquicos

(Infolatam) El problema de presidencias fuertes y sin contrapesos institucionales y políticos es su deriva hacia el autoritarismo y la corrupción. Junto a ello el riesgo que supone el personalismo y, en su caso, el caudillismo, que en algunas situaciones orilla el culto a la personalidad. Por eso, en tanto no se refuerce el sistema político con partidos fuertes, estructurados y mecanismos democráticos de gestión, ni las estructuras básicas de la convivencia (parlamento, judicatura, prensa, etc.) no habrá democracia posible.

Por Carlos Malamud
Twitter: @CarlosMalamud
28 de mayo de 2013
 

(Infolatam) El presidencialismo fuerte es una de las tendencias comunes a los sistemas políticos latinoamericanos. En su momento, Juan Bautista Alberdi comparó a los presidentes con monarcas, aunque con un mandato temporal limitado. Sin embargo, hoy encontramos en América Latina algunos sistemas presidencialistas más fuertes que otros. Pero el problema no radica sólo en la mayor o menor fortaleza del ejecutivo, sino en la debilidad del legislativo y judicial, expresada bien en su incapacidad de servir de contrapeso a los restantes poderes, comenzando por la presidencia, bien en su subordinación al ejecutivo.

La reelección, en sí misma, no debería ser un problema en tanto esté correctamente definida. Claridad en las reglas de juego y respeto a las mismas por parte de todos los jugadores son la mejor garantía para el correcto funcionamiento de las instituciones. Las complicaciones comienzan cuando se modifican esas reglas a mitad del partido con el objetivo explícito de beneficiar a uno de los jugadores, generalmente en usufructo del poder e impulsor de las reformas.

Si bien la reelección no debería ser un problema, comienza a serlo cuando desaparecen los límites a su ejercicio. Las dobles o triples reelecciones o las reelecciones indefinidas atentan contra el buen funcionamiento del sistema. Algo similar ocurre cuando para burlar las limitaciones impuestas por el legislador a la reelección se recurre a las relaciones matrimoniales. Lo visto hasta ahora en América Latina ha implicado el paso del testigo, o su intento, del presidente a su cónyuge, pero hay múltiples opciones que podrían desarrollarse. Tanto en el caso de la reelección continuada como en la presentación de parientes directos nos enfrentamos al objetivo deliberado de sacar el mayor provecho posible a los recursos del estado.

El principal argumento para justificar múltiples reelecciones, o la reelección permanente, se vincula con la voluntad popular y el poder de las mayorías. Como señaló Alicia Kirchner, ministra argentina con diez años en el cargo (salvo un breve intervalo en el que pasó por el senado) y hermana de Néstor: “No hay que tenerle miedo a la soberanía popular. El pueblo votando no es un ogro. En la democracia la mayoría gobierna en los tres poderes”. De este modo, cualquier mayoría, por muy exigua que sea, puede imponer sus puntos de vista al conjunto de la sociedad, desapareciendo automáticamente el respeto que deberían tener las minorías.

La tendencia a reforzar y prolongar los mandatos presidenciales en América Latina no es nueva. Personajes aparentemente tan contradictorios con algunos de los actuales mandatarios, como Carlos Menem o Alberto Fujimori, comenzaron a desbrozar en su tiempo un camino que fue transitado incluso por Fernando Henrique Cardoso. A la hora de modificar la constitución ningún presidente tuvo la gallardía de argumentar: la reelección es buena y necesaria porque con un solo mandato no hay tiempo suficiente para desarrollar un programa de gobierno; sin embargo, yo no me beneficiaré de la reforma y ésta comenzará a funcionar a partir del primer mandato de mi sucesor.

Sin embargo, hay un caso que vale la pena mencionar ya que no abundan ejemplos similares en la historia política reciente latinoamericana. Cuando mediaba su segundo mandato, Lula da Silva comenzó a recibir fuertes presiones de amigos y aliados políticos para modificar la constitución y optar a un tercer mandato. Su respuesta fue contundente, entre su continuidad y las instituciones apostaba por éstas últimas. Como dijo recientemente: “Cuando estaba en la presidencia de la República y tenía el 87% de aprobación, prohibí que mi partido, por medio de mis compañeros diputados, presentara cualquier tipo de enmienda proponiendo mi re-reelección… ¿Por qué? Porque me parece que la democracia es un ejercicio de alternancia de poder, no sólo de personas, sino de sectores de la sociedad”.

Estas palabras contrastan con las de Cristina Fernández durante la celebración de los diez años de kirchnerismo, la “década ganada” en el discurso oficial: “A esta década ganada queremos que le siga otra más… No soy eterna, lo he dicho muchas veces y tampoco lo quiero ser. Pero es necesario empoderar al pueblo y a la sociedad de estas reformas y conquistas para que ya nunca nadie más se los pueda arrebatar”.

La idea de las reformas y las conquistas, en algunos casos complementada con la de revolución (bolivariana, ciudadana, multiétnica), es el argumento preferido de quienes buscan reforzar la figura presidencial y prolongar su mandato. En lo que va del mes, junto al festejo kirchnerista hay que sumar la toma de posesión de Rafael Correa para iniciar su tercer mandato consecutivo y la aprobación judicial y parlamentaria que habilita a Evo Morales a presentarse a la re-reelección. El concepto acuñado por Carlos Menem ha terminado por imponerse en buena parte de la región. Como decía un su momento un eslogan gubernamental: “Menem lo hizo”.

El problema de presidencias fuertes y sin contrapesos institucionales y políticos es su deriva hacia el autoritarismo y la corrupción. Junto a ello el riesgo que supone el personalismo y, en su caso, el caudillismo, que en algunas situaciones orilla el culto a la personalidad. Ahora bien, ¿qué hay detrás del líder? ¿Hay un partido político, fuertemente estructurado y cohesionado, capaz de regenerar liderazgos? ¿Hay instituciones sólidas que puedan resistir los embates de grupos de presión determinados?

Por lo general, como está demostrando el caso venezolano, la respuesta es negativa. La muerte de Hugo Chávez dejó en evidencia la orfandad de un pueblo a merced de la discrecionalidad de los poderosos. Mientras estos remen en la misma dirección, o con un rumbo parecido, bien. Pero qué ocurre cuando los caminos se bifurcan. ¿Quién lleva la peor parte? Por eso, en tanto no se refuerce el sistema político con partidos fuertes, estructurados y mecanismos democráticos de gestión, ni las estructuras básicas de la convivencia (parlamento, judicatura, prensa, etc.) no habrá democracia posible. Y sin ella, por más que se insista, ningún pueblo ni sociedad serán empoderados.

Fuente: (Infolatam)

 
Acerca del autor
Carlos Malamud
Carlos Malamud
Carlos Malamud es Investigador Principal para América Latina en el Instituto Real Elcano.
Twitter: @CarlosMalamud