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Tomas Linn

La visita de Maduro nunca debió ocurrir

(Búsqueda) La seguidilla de hechos ocurridos en Venezuela desde las elecciones, muestran un deliberado intento de consolidar un poder absoluto al precio que sea, pasando por encima de los reclamos opositores y despreciando el funcionamiento de las instituciones. Amenazas, prepotencia, la orden de silenciar las bancadas opositoras hasta que no reconozcan a Maduro como presidente, las provocaciones deliberadas de violencia en alguna marcha de protesta, la destitución en masa de empleados públicos que votaron a Henrique Capriles y la violencia ejercida a puro golpes en la propia asamblea, muestran prácticas que no corresponden a una democracia.

Por Tomas Linn
13 de mayo de 2013
 

(Búsqueda) No terminó de acomodar sus cosas (y vaya si tiene cosas para acomodar) cuando ya salió de gira. El presidente venezolano, Nicolás Maduro, estuvo en Montevideo el martes 7 y el miércoles 8 de mayo en Buenos Aires. Algunos de los legisladores opositores venezolanos golpeados en una violenta trifulca provocada por el oficialismo en la Asamblea Nacional, todavía están curando sus heridas. Quizás por desesperación, Maduro necesita que se lo vea legitimado como presidente y qué mejor para ello que una recorrida por países amigos.

Sí, países amigos. Uruguay es uno de ellos mal que le pese a mucha gente y en especial a los partidos opositores que rechazaron tanta cálida bienvenida. Este gesto de recibir con entusiasmo a quien ya parece ser un dictador no le hace bien al país ni a su imagen. La última vez que dos autócratas fueron recibidos con algarabía ocurrió en plena dictadura. Era natural que entre ellos se trataran bien y así sucedió cuando visitaron Montevideo el general argentino Jorge Videla y el chileno Augusto Pinochet.

No se trata de negar la posibilidad de que un gobernante cuestionado en su legitimidad, visite Uruguay. Muchas razones diplomáticas pueden explicar la necesidad de transitar por una situación desagradable. Pero en el caso de Maduro, la visita ocurre demasiado pronto y cuando las cosas no están nada claras.

Para empezar, ni siquiera se sabe si ganó las elecciones. Pudo haber alguna duda en la primera noche, pero la reacción destemplada y agresiva de los días siguientes (y hasta la fecha) no hacen más que corroborar que hubo cosas mal hechas. Nadie que tenga la conciencia limpia respecto a los votos obtenidos, necesita comportarse de ese modo.

Pero no solo eso. La seguidilla de hechos ocurridos en Venezuela desde las elecciones, muestran un deliberado intento de consolidar un poder absoluto al precio que sea, pasando por encima de los reclamos opositores y despreciando el funcionamiento de las instituciones. Amenazas, prepotencia, la orden de silenciar las bancadas opositoras hasta que no reconozcan a Maduro como presidente, las provocaciones deliberadas de violencia en alguna marcha de protesta, la destitución en masa de empleados públicos que votaron a Henrique Capriles y la violencia ejercida a puro golpes en la propia asamblea, muestran prácticas que no corresponden a una democracia.

No se trata de una dictadura militar que impone su poder a punta de fusiles y con los tanques en la calle. Pero una prepotencia bien dirigida y artificialmente alentada, suple los instrumentos clásicos y, aunque cuesta más trabajo y toma más tiempo, consolida de a poco un régimen dictatorial. Civil, pero dictadura al fin.

Un régimen además respaldado por un país cercano que prácticamente copó su funcionamiento. Cuba efectivamente parece ser integrante del gobierno venezolano. Necesitado de un amigo abastecedor, se entromete para que nada de lo ya arreglado, se deshaga. Los que mandan en Cuba parecen soplarle al oído de Maduro el libreto al que debe atenerse. Y estos no son pajaritos celestiales que bajan la línea desde el más allá. Estos son reales y saben cómo hacer su trabajo.

En ese contexto, Uruguay se apresuró en dar un aval tan claro a algo que de claro no tiene nada. Por mucho menos, y haciendo tan solo lo previsto en su constitución, Paraguay fue duramente castigado. A Maduro, en cambio, lo reciben con los brazos abiertos y hasta montan el demagógico espectáculo de hacerle conducir un ómnibus hasta la sede del Pit-CNT.

Quedó claro además que él será quien mande en la Unasur y eventualmente en el Mercosur. Hace unos días el canciller peruano anunció que su gobierno promovería una declaración de la Unasur sobre la situación actual en Venezuela y en la que le solicitaría a Maduro "tolerancia y diálogo". Eso tan solo dijo el canciller peruano. Visto el creciente clima de hostilidad entre las partes, la espiral de violencia y la rigidez intransigente del gobierno, lo propuesto pareció ser de sentido común. No es que el canciller peruano se salió de la línea y actuó de manera inapropiada. Apenas pidió eso: tolerancia y diálogo.

Maduro, a quien los opositores llaman “el ilegítimo”, reaccionó de inmediato y con clara intención de impedir que estas sugerencias e ideas circulen con demasiado facilidad en la región. Llamó al embajador venezolano en Lima de regreso a Caracas y acusó al ministro peruano de ser  "injerencista". Le habló en tono amenazante: “Puede ser usted canciller del Perú, compañero Roncagliolo, yo lo conozco bien a usted, pero usted no puede opinar de Venezuela".

"No acepto esta falta de respeto contra el proceso político y democrático de Venezuela. No la acepto", dijo y repitió: "no aceptamos que nadie se meta en los asuntos internos de Venezuela; a Venezuela se respeta y no nos importa lo que opine el canciller del Perú de Venezuela". Si bien luego el incidente fue superado, el hecho no deja de ser sintomático.

En primer lugar Maduro reforzó un estilo de hacer política exterior. La relación solo puede ser de presidente a presidente; el resto abstenerse. Los cancilleres no cuentan, los otros poderes tampoco, las instituciones que conforman el complejo tramado de una nación, tampoco. Ahora todo se arregla de presidente a presidente. ¿Está dispuesto Mujica, en cuanto la voz de todo un país, a aceptar esas reglas de juego? Es que más allá de lo que haga el presidente, el resto del país no tiene porqué alinearse a esa postura. Ni debe hacerlo.

En segundo lugar, Uruguay no tiene porqué aceptar esto de ir atropellando a los demás países cuando hacen o dicen algo que a Maduro no le gusta. Bastante grave es que mande callar a los propios venezolanos como para además aceptar que lo haga con ministros de otros países. Hoy se tolera lo sucedido con Perú, ¿y mañana dejamos pasar un desaire al canciller Luis Almagro?

Mujica se apresuró. No está claro aún como concluirá este lío en Venezuela. Si Maduro finalmente se consolida en el poder, lo hará al precio de hacerlo como dictador. Por muchos que sean los proyectos venezolanos que benefician a Uruguay, el país no debe aceptar ser cómplice de un régimen dispuesto a pasarle la aplanadora a medio país que piensa distinto. No hay porqué hacer buena letra con un dictador despreciable. No hay porqué dar un apoyo entusiasta y acrítico a quien tiene a medio país sometido y desesperado. No se le puede dar la espalda a los que son perseguidos, así como los uruguayos (en duros tiempos de dictadura) tampoco queríamos que otros países y otros pueblos nos dieran la espalda.

Ahora es tarde. Maduro ya estuvo y se fue. Pero esta visita, en este momento y en este tono de camaradería excesiva, nunca debió haber ocurrido.

Fuente: Búsqueda (Montevideo, Uruguay)

 
Acerca del autor
Tomas Linn
Tomas Linn
Columnista del semanario Búsqueda, Uruguay, y autor del libro "Así concebidas - Nuestras democracias imperfectas" (Editorial Fin de Siglo, 2008).