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Gabriel Palumbo

El miedo a gobernar

(Bastión Digital) Desde que el kirchnerismo gobierna, nunca existieron como la noche del 24.04 las condiciones para armar una opción opositora. Sin embargo, al menos por ahora, la oposición política profesional-tradicional optó por un festival de “límites”. Debería dejar a la ciudadanía armar las listas parlamentarias y la fórmula presidencial en unas primarias en donde compitan todos los líderes de la oposición.

Por Gabriel Palumbo
Twitter: @gabrielpalumbo
26 de abril de 2013
 

(Bastión Digital) Escena 1.

Conferencia de prensa de la oposición, una mesa larga, varias sillas y micrófonos. Enfrente, periodistas de los principales medios a la expectativa de algún anuncio novedoso. El hipotético dirigente, con firmeza, pero también con calma y hasta con prudencia, señala:

“No estamos de acuerdo con las modificaciones introducidas en nuestra vida institucional por esta ley. Hemos decidido que no vamos a convalidar esto y que no presentaremos candidaturas al Consejo de la Magistratura. En cambio, queremos hacer un amplio acuerdo con la ciudadanía basado en un fuerte compromiso de nuestra parte. Le pedimos a los hombres y mujeres argentinos que nos acompañen a formar una mayoría parlamentaria que nos permita, como primera medida, derogar estas leyes antirepublicanas, y luego, que nos posibilite restaurar los sentimientos democráticos vulnerados por el ejercicio de más de una década de populismo, con sus consecuencias de atraso y desigualdad.”

Escena 2.

Uno de los más importantes asesores de Bill Clinton, Benjamin Barber, escribió un muy bonito libro que lleva el sugestivo título de “Un lugar para todos”. En la introducción, el profesor Barber trabaja un concepto interesante: el miedo al gobierno.

Este miedo es recursivo y se potencia en esa recursividad. Por un lado, la sociedad civil le teme al gobierno porque desconfía de su debilidad frente al mercado y las corporaciones. Por el otro, las fuerzas políticas le tienen miedo a gobernar por la posibilidad de fracaso en esa misma lucha. La tesis práctica de Barber, un estudioso de las relaciones entre la política y el arte, es que una de las formas de vigorizar la democracia y convertir las sociedades pos-estructuralistas en lugares habitables para todos reside en potenciar la capacidad creativa individual rearmando la relación entre el trabajo, el ocio y los tiempos de involucramiento público.

Escena 3.

Abro con una pregunta, cargada de candidez. ¿Cómo es posible que a mí, encerrado en mi escritorio, ajeno de toda capacidad de intervención política de una escala razonable, se me ocurra qué hacer y que a los políticos profesionales no se les ocurra nada novedoso ni nada concreto? Una respuesta es que yo sea un verdadero fenómeno a la espera de ser descubierto pero, francamente, no lo creo.

La otra, más cercana a la textualidad barberiana, es que la oposición argentina le tiene un miedo pavoroso a la idea de gobernar. Es muy difícil imaginar otra respuesta después de la noche del 24 de abril. Nada se inauguró ese día, ni los torpes ademanes antidemocráticos del kirchnerismo ni la falta de sensibilidad, talento e inteligencia de la oposición. Pero sí sucedió algo esa noche, o la mañana siguiente, que muestra desde el costado de la ausencia un rostro sombrío para el futuro. Desde que el kirchnerismo gobierna la Argentina, nunca existieron como la noche del 24.04 las condiciones para armar, más por espanto que por amor, una opción opositora.

Estaba la gente en la calle, activa. El oficialismo se mostraba en esa desnudez cruda que tienen los autoritarios cuando se sienten amenazados por las multitudes y la justicia. Había una serie de iniciativas llevadas adelante por los partidos que no tenían el recelo habitual de los ciudadanos. Flameaban banderas partidarias distintas en un radio muy estrecho sin el menor problema. Era una pequeña demostración de las condiciones de posibilidad de una democracia normal. Convivencia, diálogo, diferencias y acuerdos, nada extraordinario, ninguna necesidad épica, nada de emancipaciones o lógicas antiimperialistas. Estaban allí porque las instituciones de la república están en riesgo, porque lo que es tan trabajoso puede perderse, y porque el hartazgo puede ser también una categoría política más fácil de aprehender que el progresismo o la derecha.

Sin embargo, y al menos por ahora, -siempre hay que dejar abierta la puerta a la sorpresa- la oposición política profesional-tradicional optó por otra cosa. Demostrando que le tiene miedo a gobernar eligió separar lo que la ciudadanía había unido. Algunos prefirieron enlodar a todos de un modo irresponsable, otros amenazaron con romper alianzas electorales y hubo un festival de “límites”, ese nuevo exorcismo discursivo que sirve para anatemizar al resto al mismo tiempo que se cuida el espacio propio.

Escena 4. Excurso optimista.

Si se mira bien, el miedo al gobierno que muestra la oposición tiene un componente optimista. Tal vez resulte de una mirada nada complaciente que los coloca en un lugar de realismo en relación a lo que se pudo hacer hasta ahora frente al populismo kirchnerista. Tal vez el miedo al gobierno responda al reconocimiento de sus propios límites. Eso sería un rasgo de inusual inteligencia.

Tal vez la oposición advierta que le faltó iniciativa, sensibilidad y talento como para construir un acontecimiento político a partir de la noche del 24 de abril. Aunque la ciudadanía le mostró el camino una y otra vez, no logró mejorar. No es cierto que la oposición no tenga responsabilidad sobre los abusos de poder y el empequeñecimiento democrático argentino. Pero tal vez nos salve ese miedo combinado al gobierno que existe entre los ciudadanos y la oposición. La política ha abandonado hace mucho tiempo la dimensión docente que alguna vez tuvo. Pero puede recuperarla si se decide a escuchar la voz prudente de la gente en la calle.

Las personas que no viven de la política nos están dando una lección. No están exagerando, no están pidiendo gestos desmedidos, no quieren héroes, ni individuales ni colectivos. Quieren personas que hagan bien su trabajo.

Creo que esa gente merece un crédito adicional, decidir los liderazgos para la Argentina que viene. En lugar de las mezquindades especulativas de contarse las costillas para quedar medio milímetro por encima de otro, en lugar de fijar límites que sólo existen en su cabeza y que demostraron no tener sentido alguno, la clase política argentina podría mostrar un rasgo de humildad y osadía .

Por un lado, debería perder el temor y querer ser gobierno hablando claro y sin complejos sobre lo que va a hacer y sobre la idea de sociedad que sostiene su práctica política. Por el otro, debería dejar que los que mostraron el camino terminen su tarea armando las listas parlamentarias y la fórmula presidencial en unas primarias en donde compitan todos los líderes de la oposición. En tiempos de su bastardización cotidiana, este sería un gesto claro en el sentido de la democratización.

Gabriel Palumbo es profesor de teoría sociológica en la UBA y de Arte y Política en el programa IFSA-Butler University. Ensayista político y editor de QUILT.

Fuente: (Bastión Digital)

 
Acerca del autor
Gabriel Palumbo
Gabriel Palumbo
Profesor en la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires.
Twitter: @gabrielpalumbo