Artículos / Opinión
Hugo E. Grimaldi

Encapsulada en su pensamiento, Cristina buscó salir del atolladero político... ocupándose de Venezuela

(DyN) Ha tenido una semana brava la Presidenta, es verdad, pero ella la ha resuelto fugándose a Venezuela, a tratar de copar la parada y ser la difusora del pedido de reconocimiento a Nicolás Maduro de parte de los EE.UU., una causa externa que resulta bastante ajena a las necesidades más perentorias de la gente de por acá. Más bien, hay en la Argentina una preocupación creciente porque se sospecha que los males económicos que hoy la aquejan son del mismo orden que los venezolanos.

Por Hugo E. Grimaldi
Twitter: @HugoE_Grimaldi
22 de abril de 2013
 

(DyN) Aunque ha sido cascoteada a granel por la realidad, Cristina Kirchner sigue siendo la referente número uno de la política en la Argentina y, para bien o para mal, aún no hay quien le haga sombra en materia de atención pública, ni por adentro ni por afuera de la elite gobernante.

Sin embargo, la Presidenta está encapsulada en la manipulación de un relato que alimenta cada vez más con referencias cuasi autistas y no se entiende muy bien si lo hace porque no sabe, porque no quiere o porque ya no puede dimensionar los hechos, sobre todo aquellos que le explotan en la cara y van a contramano de sus deseos, como han sido en estos días las denuncias sobre su amigo Lázaro Báez, el fallo por la Ley de Medios y la movilización del 18-A.

Habrá que ver si le ocurre porque ha perdido el timing político que tuvo en otros tiempos o porque quienes deben aconsejarla la alientan en vez de moderarla y entonces se hace lícito especular que, quizás por todo eso, ya no le importa mucho escuchar ni a propios ni a extraños, a contramano de la frase de monseñor Enrique Angelelli que tuitea, pero que parece no practicar: “Con un oído en el Evangelio y el otro en el pueblo”.

Aislada en sus pensamientos y lejos del espíritu de diálogo fraterno que pareció haberle insuflado el papa Francisco en aquellos pocos días de aparente conversión ideológica rumbo al diálogo, en esta carrera contra las cosas que suceden, que ella parece mirar desde las alturas y verbaliza de modo errático, quizás Cristina no se da cuenta de algunas cosas que más que enamorar, irritan.

Pero, además, la Presidenta no sólo no se hace eco de la indignación que mucha gente expresó el jueves 18 en todo el país, sino que básicamente desprotege a sus militantes bajándoles una línea más bien hueca que no le sirve para que estos elaboren un retruque, cada vez que la “contra” los vapulea con sus demandas.

Con sus silencios y sobre todo con sus ninguneos hacia la otra parte de la sociedad, usando argumentos que quedan flagrantemente expuestos como una venta de “gato por liebre” (motivos de los cambios en la Justicia, Ley de Medios, inflación, bondades del modelo, etc.) progresivamente la Presidenta misma le ha ido quitando mística a su propia tropa, a la que termina mandando al muere dialéctico.

Y aquí no se hace referencia a los funcionarios ultras o a los aplaudidores de ocasión o a los pícaros con sueldos fabulosos que son hoy cristinistas y mañana del que los deje en su puesto, quienes salen a copar cualquier parada (como con la Reforma de la Justicia o la Ley de Medios) con argumentos retorcidos, sino al grueso de aquel 54% que todos sospechan que ya no existe más, la gente del común que ha creído encontrar en las políticas de la última década una cierta esperanza.

A todos estos honestos se les hace muy difícil defender cosas que se escapan de la épica que ha querido construir el kirchnerismo, como el caso Báez, por ejemplo, porque no pueden explicarse a ellos mismos por qué esos millones en danza que atribuyen a lo más oscuro de la política no estuvieron puestos en el tren que mató a trabajadores en Once, en generar infraestructura hidráulica en la ciudad de La Plata, que se llevó más de 50 vidas de gente humilde o en dar más educación, salud o seguridad a los barrios carenciados.

Como tampoco pueden explicarse por qué se avanza a sangre y fuego contra las instituciones y contra la libertad de expresión, situaciones que además atentan contra las inversiones, que no vienen o se retraen y que están destruyendo una cantidad innumerable de puestos de trabajo. Ya el discurso de la victimización no parece alcanzar para generar adhesiones; más bien, hay fastidio de todos lados, ante el mismo argumento de siempre.

También en materia de comunicación, la sociedad le ha tomado el tiempo al kirchnerismo. La operación para deslegitimar la denuncia del periodista Jorge Lanata contra Báez, que incluyó a personajes ligados con la farándula, motorizó una operación que buscó banalizar el caso en los programas de chimentos, haciendo eje en el arrepentido Leonardo Fariña, esposo de Karina Jelinek y en Fabián Rossi, marido de Iliana Calabró.

La historia tuvo cada vez más rating cuando Fariña y Federico Elaskar, el financista que dijo haber trasladado los fondos de Báez al exterior, se desdijeron públicamente, mientras los canales más cercanos al Gobierno bautizaban el hecho como “Fariñagate”, para sacar la mira de Báez. Sin embargo, lo que logró esta estrategia fue hacer cada vez más visible el caso, que entonces llegó a mayor cantidad de televidentes, ya que muchos no habían visto a Lanata.

Ese no fue el único blooper comunicacional de la semana, ya que el 18-A terminó de demostrar que la técnica de la uniformidad no sirve. Ese día, ratings de por medio, se pudo observar con claridad que los zócalos televisivos que rezaban “protesta opositora” parecía que hubiesen sido articulados por un típico centro de censura de regímenes totalitarios.

Por ser tan evidente, esa bajada de línea ayudó para que la audiencia se desplazara hacia otros canales que mostraban mayor independencia de criterio y otro tanto, pasó con los diarios del día después y con algunos conductores radiales, quienes quedaron en evidencia porque, como autómatas, repitieron el mismo concepto.

Pese al fracaso, la reflexión que provoca un hecho como el descripto no pasa por hacer una crítica hacia el modo de encarar la información, ya que la libertad de expresión es sagrada, sino que permite pensar qué difícil sería para los ciudadanos conseguir información certera si todo el espectro de los medios respondiera al mismo cerebro.

Todos estos avances, que dejan en claro la voluntad hegemónica del Gobierno, se han manifestado informativamente en estos últimos días en situaciones que han ocurrido en el Congreso y en los Tribunales, dos ámbitos que le dieron al Gobierno en general y a Cristina en particular alguna alegría y muchos sinsabores.

Por el lado legislativo, hubo media sanción a seis proyectos de ley, que el léxico cristinista dice que son para “democratizar” la Justicia en materia de ingreso de personal y para “agilizarla”, a la hora de tener al día el seguimiento de las causas. En tanto, desde el otro lado se sostiene que es para sojuzgarla, con el nombramiento y cese de jueces a dedo y con la instauración de nuevas Cámaras de Casación que paradójicamente la harán más lenta, aunque allí, para los críticos, el motivo sería colocar jueces amigos del poder que fallen a favor de lo que convenga, ante de que las causas lleguen a la Corte.

También está todo el capítulo de las medidas cautelares, la protección constitucional que tienen los particulares frente al avasallamiento del Estado, que el Gobierno considera que niega el espíritu del nuevo constitucionalismo popular que propugna. Con la excusa de limitarlas en el tiempo, los que se resisten dicen que habrá piedra libre para que el Estado pueda avanzar contra todos los derechos consagrados en la Constitución actual, casi una forma de derogar una buena parte del artículo 14.

Sin embargo, la Presidenta ha considerado que estos cambios son de imprescindible ejecución, con el eufemismo de que haya “una Justicia pareja para todos” y no porque el Grupo Clarín esté defendiendo ante la Justicia sus argumentos mejor que los abogados y funcionarios del Gobierno en materia de Ley de Medios, a partir de un fallo que “dejó sin habla” a la Presidenta.

En una frase de su discurso del jueves, Cristina marcó claramente cómo opera el Gobierno en cuanto a la manipulación del discurso: “¿Alguien puede decir seriamente que la Justicia no necesita ser reformada? Este sería el primer acuerdo y si estamos de acuerdo en eso no (deben) negarse a la discusión y al debate”, señaló para marcar que los culpables de la falta de diálogo eran los demás.

La apreciación presidencial no deja de ser muy interesante porque usó palabras que se oponen al ánimo de llevarse todo por delante que se notó en el Congreso, pero no es para nada el meollo del problema. En ese párrafo, ella no consideró siquiera que existió una orden suya para sacar las leyes a como diere lugar, en el menor tiempo posible. Pero, además, dio por hecho que había un cierto consenso sobre el tema, cuando hubo un unánime rechazo opositor.

Y en el colmo verborrágico de su alambicada justificación alardeó: “creo que es necesario que se debata, como se ha debatido. Decían que no se iba a aceptar reformas, decían que no se iba a debatir, decían que iba a ser a libro cerrado… por favor, nosotros no tenemos esa costumbre, hemos recibido organizaciones, se han hecho modificaciones, porque realmente creemos que toda política, todo acto, toda propuesta es perfectible”. Sólo el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) logró meter alguna baza, tras una interna K que demolió al secretario de Justicia, Julián Alvarez.

Es innegable que el país está irremediablemente dividido y que la Presidenta es aún la única báscula política que existe, pero esa responsabilidad o la necesidad de mostrarse como la más “terca” de los tercos le está jugando en contra en materia de imagen y eventualmente de caudal de votos. No hay peor paciente, dicen los sicólogos, que aquellos que no reconocen su propio mal como preludio de la sanación.

Del otro lado, en la política formal, los opositores no daban pie con bola hasta el jueves para buscar cercanías electorales, con el argumento que no se necesitan liderazgos, ya que las próximas elecciones se cuentan en bancas y lo que se necesitará es hacerle perder las mayorías legislativas al kirchnerismo.

Todo esto funcionaba así, hasta que las demandas de la gente apuró los tiempos y la dirigencia comenzó a darle forma a conglomerados casi naturales. Dentro del PJ no kirchnerista, con dudas sobre todo con el proceder futuro de Daniel Scioli y de Sergio Massa, quien jugó con sus diputados como dador de quórum al kirchnerismo durante la última semana, hay movimientos claros de unión y en este esquema aparece el PRO como apéndice probable. Por el lado de los partidos de centroizquierda hay también convergencias y es probable que buena parte de los dirigentes acerquen posiciones para el armado de listas comunes.

Ha tenido una semana brava la Presidenta, es verdad, pero ella la ha resuelto fugándose a Venezuela, a tratar de copar la parada y ser la difusora del pedido de reconocimiento a Nicolás Maduro de parte de los EE.UU., una causa externa que resulta bastante ajena a las necesidades más perentorias de la gente de por acá.

Más bien, hay en la Argentina una preocupación creciente porque se sospecha que los males económicos que hoy la aquejan son del mismo orden que los venezolanos (inflación, déficits, aislamiento, dependencia de importaciones, fuga de capitales, etc.) y en ese orden, son cada día más los que envidian a Brasil, Chile, Perú o Uruguay.

Fuente: (DyN)