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Carlos Gervasoni

ANTONIO PALOCCI, O LA INSOPORTABLE FE DE LOS CONVERSOS AL CAPITALISMO

El poderoso ministro de Hacienda de Brasil, Antonio Palocci, ha vivido una profunda transformación política e ideológico desde su juventud de izquierda trotskista. Ahora, como alto funcionario de Estado, sus puntos de vista parecen muy diferentes a los de entonces.

Por Carlos Gervasoni
7 de mayo de 2004
 

Quienes comulgamos con la economía de mercado nos congratulamos cada vez que un antiguo militante de la izquierda radical se transforma en un liberal. Por una cuestión de timing, nos toca vivir una época en el que buena parte de los políticos e intelectuales que promueven la propiedad privada y la competencia son conversos: estas personas, típicamente de entre 40 y 60 años, fueron jóvenes entre las décadas del ‘60 y del ‘80, cuando el “progresismo” estaba de moda, cuando el marxismo y sus variantes conservaban prestigio, y cuando había numerosos países, desde Yugoslavia a Polonia y desde Cuba al Chile de Allende, que vivían bajo diversas modalidades del socialismo. Finalmente, el apoyo material e intelectual de la superpotencia soviética contribuía a crear un clima de época izquierdista.

Ahora bien, estos jóvenes comprometidos políticamente en partidos revolucionarios, movimientos guerrilleros o sectas intelectuales, se encontraron con un mundo nuevo en los ‘90, justo cuando empezaban a tener edad para ocupar posiciones políticas relevantes. Por motivos que van desde el honesto cambio de opinión hasta el más alevoso oportunismo, fueron dejando de lado, una a una, sus principales banderas: quienes creían en la sociedad sin clases viajan ahora sin complejos en costosos autos, quienes luchaban contra el imperialismo aceptan gustosos las becas del Norte, quienes proponían la estatización no dudan en hacerse empresarios y cuidar su salud en sofisticadas clínicas privadas. El hecho es que buena parte de la actual dirigencia (política e intelectual) latinoamericana trocó una juventud de ideales revolucionarios por una madurez burguesa en lo personal y democrático-capitalista en lo ideológico.

La manifestación política de este cambio es particularmente intensa y visible cuando este tipo de líderes obtiene cargos en el poder ejecutivo. Con una rapidez y una facilidad que asombra, suelen cambiar radicalmente de discurso. Actualmente el caso más claro de esta situación en América Latina, por supuesto, es el del gobierno de Lula. Ahora bien, ¿deberíamos realmente congratularnos de que un grupo de líderes, que durante años vivió criticando al capitalismo, a la ortodoxia, al pago de la deuda pública y al FMI, apenas se instala en el Planalto no dude ni un segundo en abrazar el capitalismo, la ortodoxia, el pago de la deuda y el FMI? Claro, desde un punto de vista esto representa una victoria aplastante para los partidarios de la libertad de mercado y la prudencia macroeconómica. Desde otro punto de vista, sin embargo, tales conversiones dejan un sabor amargo, a engaño y a deshonestidad intelectual.

Las políticas y las palabras de Antonio Palocci, el poderoso ministro de Hacienda de Brasil, ilustran muy claramente el punto. El señor Palocci fue trotskista en su juventud y, en consonancia con sus ideas de izquierda, ingresó al PT, donde permanece hasta el día de hoy. Una vez que capturó su actual puesto ministerial, sin embargo, se transformó en un típico converso. Su convicción acerca de las virtudes de los mercados, la ortodoxia fiscal y la prudencia monetaria no tienen paralelo en la región. Sin sonrojarse decidió, entre otras cosas: 1) implementar un ajuste fiscal para generar un superávit en las cuentas públicas superior al solicitado por el FMI, 2) impulsar una política monetaria tan restrictiva que hace que Brasil tenga una de las tasas de interés reales más altas del mundo, y 3) boicotear los esfuerzos para que Argentina y Brasil negocien juntos condiciones más flexibles con el FMI(1). El nivel de apego de Palocci a la ortodoxia económica queda evidenciado también en el origen de las críticas que recibe: no sólo están furiosos con él numerosos miembros del PT (no así Lula, que lo apoya incondicionalmente), sino que su ortodoxia ha sido también atacada por la FIESP (principal central empresaria) y por el vice-presidente Allencar, del derechista Partido Liberal.

Es justo reconocer que Palocci ha tenido éxito. Su apego inquebrantable a la ortodoxia fiscal y monetaria y al cumplimiento con los pagos de la deuda pública, tanto en los hechos como en las palabras, ha permitido superar la crisis del 2002, ha estabilizado la economía y ha reducido sustancialmente el costo del endeudamiento del país. Si la teoría de Palocci se cumple (“primero salud fiscal y monetaria, después crecimiento”), Brasil está a punto e retomar el crecimiento económico que extraña desde hace tiempo. Tal resultado legitimaría sus políticas y su gestión (aunque no hay que descartar que algún imponderable, como una nueva crisis internacional o un aumento sustancial en las tasas de interés estadounidenses, desate el círculo vicioso desconfianza-fuga de capitales-devaluación-caída de los ingresos fiscales-crisis financiera-default, al estilo de lo que ocurrió en Argentina en 2001).

Pero es también justo resaltar la fuerza que el aspecto menos agradable de las conversiones a la fe del mercado tiene en el caso de Palocci. En un reciente reportaje concedido a un diario argentino (La Nación, de Buenos Aires, 6 de abril de 2004), el ministro vierte declaraciones difíciles de digerir. “Si nosotros cuando éramos oposición exageramos en la crítica, eso forma parte del proceso político”. Traducción: decimos tonterías de izquierda para llegar al poder, pero después somos más derechistas que Cardoso. Sin sonrojarse, admite que “quizás en algunas situaciones no colaboramos como deberíamos en relación con algunas reformas que nosotros mismos hicimos después. No tengo problema en asumir eso”. O sea: nos interesaba llegar al poder, y si para eso había que oponerse a cosas que eran buenas para el país, lo hicimos. ¿Es que no queda en Palocci ni una molécula del joven con ideales? La sensación que deja es que nunca los tuvo: a los 20 era conveniente ser de trotskista, a los 30 ser socialdemócrata y a los 40 ser capitalista ortodoxo.

Le quedan dudas. Escuche otras frases del ex revolucionario y ex opositor de izquierda: “No hay magia: el eje de nuestro gobierno es el ajuste fiscal”. ¿El ajuste fiscal? Sí, Palocci no duda en reconocer que la bestia negra del PT, el principal foco del discurso crítico del partido en los ‘90, la supuesta causa de la pobreza de los brasileños, el ajuste fiscal, es “el eje de nuestro gobierno”. Y agrega, “nosotros estamos muy seguros de que respetar los contratos y administrar la deuda de forma adecuada es el camino correcto para Brasil”. Alegra que un ex izquierdista y, más importante aún, que el encargado de una de las mayores economías del mundo, entienda la importancia de respetar los contratos y las deudas. Indigna, al mismo tiempo, el fanatismo con que pregona a los pecadores (esto es, a quienes como Argentina no respetan contratos ni pagan sus deudas) un evangelio que él mismo despreció hasta ayer.

Desde la ética de la responsabilidad, la preeminente en estas cuestiones, uno no puede más que saludar la conversión de Palocci: implementar las políticas que su partido sostenía en la oposición hubiera llevado a Brasil al desastre (y hubiera impactado muy negativamente en sus vecinos y en la economía mundial). La siempre necesaria ética de los principios, en cambio, emite un juicio mucho más negativo: si Palocci es lo que su historia y sus declaraciones a La Nación indican, entonces representa la mentira y el oportunismo aplicadas a la satisfacción de las ambiciones de poder.

 

(1) Para detalles sobre esto, ver: GERVASONI, Carlos y FRANCHINI, Matías (2004): “¿Se aliarán Argentina y Brasil contra el FMI?”, PAPER no. 11, marzo de 2004.

 

 
Acerca del autor
Carlos Gervasoni
Carlos Gervasoni
Profesor-Investigador en el departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella y miembro del proyecto Varieties of Democracy. Obtuvo una maestría en ciencia política en la Universidad de Stanford, y el doctorado en la universidad de Notre Dame. Se especializa en estudios sobre la democracia, política provincial, opinión pública y metodología de la investigación. Sus artículos han aparecido en América Latina Hoy, Comparative Political Studies, Democratization, Journal of Democracy en Español, Journal of Politics in Latin America, y World Politics. Miembro fundador y presidente de CADAL entre 2003 y 2004.