Artículos / Opinión
Hugo E. Grimaldi

La tragedia desnudó la debilidad conceptual del modelo

(DyN) Si no hubiese ocurrido todo eso y las energías se hubieran canalizado en promover el diálogo con todos los sectores para diseñar políticas públicas comunes y los recursos volcados en obras de infraestructura, en trenes seguros, en planificación urbana, seguridad para los ciudadanos o planes de contingencia para atender catástrofes, otro podía haber sido el resultado que ahora explota con todo el dramatismo de la situación y hace que se acreciente la repulsa hacia los dirigentes.

Por Hugo E. Grimaldi
Twitter: @HugoE_Grimaldi
8 de abril de 2013
 

(DyN) Hace años, en una charla mano a mano a bordo de un avión, un Jefe de Gobierno porteño se confesaba de modo informal: “¿Sabe por qué no se hacen subterráneos en Buenos Aires? Porque los va a inaugurar mi sucesor”.

El negligente cortoplacismo como rector de la gestión de gobierno es un clásico de la política que ha contribuido a exacerbar el populismo de tono clientelar y conservador que hoy rige a la Argentina, más preocupado por mostrar asistencia social hacia los pobres que nunca se acaban, que por generar desarrollo.

En este sentido, el emergente impensado de la extrema situación que está viviendo la sociedad debido al temporal que se abatió sobre la Zona Metropolitana con epicentro en La Plata es que, sin que los opositores se hayan dado cuenta siquiera, las vidas que se llevó la tragedia han conseguido poner en debate la construcción política de la última década.

Lo patético del caso es que, a la inversa de la anécdota de los subtes, de haber entendido la immportancia que tienen las inversiones de largo aliento en los países que progresan, el mismo kirchnerismo podría haber capitalizado a su favor el cartel de las obras concluidas.

Si se le ha de creer a la presidenta de la Nación que la última ha sido una “década ganada”, sería lícito preguntarle qué supone ella que hubiese ocurrido si la cuantiosa recaudación conseguida en estos años de “crecimiento a tasas chinas” hubiese sido manejada con un criterio menos coyuntural, destinado en todo caso a fortalecer al Estado, tal como se pregona como dogma y no a difundir a como diese lugar el relato marketinero de su gobierno.

Poco y nada luce de la misma manera cuando se caen los telones pintados que pretenden encubrir la realidad. Lo que sucede siempre es que se desnuda aún más la gravedad de las tragedias.

Tan de profunda es la controversia que surge tras el temporal, que el supuesto Estado-benefactor, paralizado por la falta de planes de contingencia que desnudaron su imprevisión, dejó indefensa a la gente en un primer momento y fue reemplazado de modo rápido y generoso por la solidaridad de los vecinos platenses, primero y del resto del país, luego.

Pablo Bruera / Intendente kircherista de La PlataEn el fondo, estas muertes de hoy, como las del tren de Once, inevitablemente tienen que ser cargadas a las ineficiencias que, a la vez, son hijas de tantos años de “terquedades” aplicadas a instituir a como dé lugar un “modelo de acumulación con matriz productiva diversificada e inclusión social” basado en la demanda agregada y en la supuesta acción de un Estado que no planificó, ni invirtió eficazmente ni controló como es debido a quienes debía controlar.

El calificativo “terca” que instaló el presidente del Uruguay, José Mujica para referirse con otros términos más irrespetuosos a la Presidenta, en contraposición a su esposo “más político”, no es de la cosecha del oriental, ya que la propia Cristina Fernández lo utilizó en su discurso frente a la Asamblea Legislativa en 2011, a la hora de explicar por qué se seguía a rajatabla un modelo distinto al “que se había derrumbado”.

En un ejercicio destinado a evaluar el accionar de la Argentina en la última década bajo las nuevas reglas, bien se podría alinear en una misma raya a todos los países de la región al comienzo del siglo XXI y ver hoy quién, en esta carrera entre liebre y tortuga, tiene más resto.

Al respecto, es probable que si el kirchnerismo no se hubiese peleado con el mundo, ni falseado las estadísticas para encubrir la inflación; si no se hubiese comido con el tiempo los superávits, sin salir siquiera del festival de subsidios; si no hubiera arruinado el negocio petrolero, para tener que importar energía a lo pavote; si hubiese tenido más respeto por las instituciones y creído en la seguridad jurídica como basamento de la competitividad; si hubiese respetado el federalismo sin someter a los gobernadores a la caja central o puesto tanto énfasis para encolumnar a la prensa detrás de un discurso único y otros tantos supuestos de coyunturas mal gestionadas, probablemente la fuga de capitales no habría tenido lugar y no se habría llegado al atraso cambiario, al cepo para viajeros y mercaderías y al congelamiento de precios.

Si no hubiese ocurrido todo eso y las energías se hubieran canalizado en promover el diálogo con todos los sectores para diseñar políticas públicas comunes y los recursos volcados en obras de infraestructura, en trenes seguros, en planificación urbana, seguridad para los ciudadanos o planes de contingencia para atender catástrofes, otro podía haber sido el resultado que ahora explota con todo el dramatismo de la situación y hace que se acreciente la repulsa hacia los dirigentes.

Desde el análisis, el resultado de la tormenta ha mostrado una vez más la provisoriedad de los pronósticos de carácter político, tal como hace unos días lo fue la elección de Jorge Bergoglio como sucesor de Benedicto XVI. Otra vez sorprendido, el Gobierno trastabilló y pretendió girar en el aire, tal como cuando debió aceptar como un trago amargo, después de un primer repudio, la adhesión popular que sumaba el nuevo Papa.

Esta vez, con rechiflas varias, fueron los damnificados quienes cortaron de raíz el intento de los funcionarios por conseguir tapas de diarios antes que brindar soluciones para la gente, repulsas que tomaron mayor cuerpo por ciertas bajezas que salieron a la luz, a partir de mentiras, exageraciones y manipulaciones que surgieron apenas el primer temporal se abatió sobre la Capital Federal.

En esas primeras horas, la planificación kirchnerista sólo se notó en la estrategia de pegarle a Mauricio Macri, a partir de que estaba en Brasil y de los seis muertos porteños. Fue un ejercicio muy penoso leer el sesgo de propaganda que tomó la prensa oficialista del miércoles pasado, a partir de bajadas de línea muy precisas sobre cómo y a quién endosarle la factura. No sabían que en otro distrito, la ciudad natal de la presidenta de la República, iba a haber más muerte y destrucción.

Esa misma mañana, Luis D’Elía siguió en la suya por un buen rato diciendo que se hablaba de muchas personas fallecidas en La Plata y sus alrededores porque la prensa “dominante” quería tapar a Macri. Probablemente, alguien le avisó cómo venía la situación en cuanto a la magnitud de la tragedia y se apuró a pedir “perdón”.

Por supuesto, que entonces las usinas kirchneristas empezaron a poner al gobernador bonaerense en la mira para sacarse el sayo (un clásico) y así, para prevenir algún correctivo similar al de Macri, Daniel Scioli comenzó a dosificar la información bonaerense avanzando el número de muertos primero por canales informales y luego de modo oficial. Quizás haya sido por lo que le contó la madre a la Presidenta, pero el gobierno nacional giró y comenzó a aparecer en la zona.

En el medio, el intendente de La Plata, Pablo Bruera desmentía por Twitter que hubiese estado en medio de la situación la noche anterior, como parecía certificarlo una foto que se publicó y que él tribuyó a un “error” de sus colaboradores. El estaba también en Brasil y quiso hacer pasar gato por liebre hasta que lo descubrieron.

Otro tanto pasó con la ministra de Acción Social, Alicia Kirchner quien estaba en París participando de una actividad de la UNESCO que había terminado el sábado anterior y, si bien se dijo que había regresado el lunes, no se hizo ver por La Plata hasta el jueves, el día en que fue vituperada por los vecinos.

Para defenderse, a la ministra le salió de adentro el gen paranoico del kirchnerismo (otro clásico), que está emparentado con el relato que los patagónicos tenían en su terruño y que luego cambiaron cuando pasaron a ser los campeones de los derechos humanos. A ella le pareció que esta vez quienes la silbaron fueron “agitadores y violentos que no quieren que se los ayude”. Sólo le faltó decir “subversivos”.

El mismísimo Scioli la pasó mal, ese mismo día, con golpes de puño en el baúl de su auto, lo que le hizo decir que la gente, “indignada y con bronca, tiene razón”. Con la filosofía gandhiana que los caracteriza, en el entorno sciolista se piensa que los insultos “ayudan” a rectificar.

En todo este aquelarre de posturas para la foto que la gente critica, quien seguramente se llevó las palmas de los reflejos fue la Presidenta, ya que el mismo miércoles, pese a que ella también pasó días de descanso en El Calafate, llegó a su barrio natal en helicóptero y se mezcló con los vecinos casi sin custodia formal, escuchando y prometiendo. Algunos pocos le gritaron que “se vaya” y ella se trasladó de sorpresa a ver a Scioli, a quien venía ninguneando políticamente y negándole fondos para superar los conflictos de docentes y estatales.

Un par de frases de Cristina en su discurso por cadena nacional del viernes mueve a la esperanza de que haya también algún giro conceptual en su gobierno a partir del diálogo al que instó el papa Francisco. “No es hora de culpas, ni hora de (ser) fiscal de nadie; es hora de ponernos a trabajar juntos para solucionar los problemas que tiene la gente y que cada uno tome la responsabilidad que le cabe en esa tarea”, prometió.

En dos tramos de esa misma alocución, la Presidenta insistió en lo que llamó su “obsesión” porque la ayuda llegue “a los que realmente lo necesitan”. Y en este aspecto, marcó que la solidaridad proviene “del conjunto de la sociedad argentina”, incluido el gran esfuerzo que está haciendo el Estado con dinero de los contribuyentes.

Para ayudar a esa “obsesión” que emocionadamente transparentó Cristina, bien valdría que uno de sus pollos, el diputado camporista Andrés Larroque, autor de la desafortunada frase sobre el “narcosocialismo” de Santa Fe y del “callate atorranta” que le propinó a una diputada del PRO, revise sus conceptos sobre lo que es la solidaridad de todos y lo que es el aprovechamiento político de una circunstancia tan desgraciada.

Cuando el periodista Juan Miceli le preguntó por la TV Pública “¿por qué trabajan con pecheras partidarias con estas donaciones anónimas que se han hecho?”, a Larroque le salió el autoritario de adentro (otro clásico más) y quizás desacostumbrado a que se le hagan preguntas difíciles antes de balbucear una respuesta le preguntó policialmente: “¿Cómo es tu nombre?”. Efectivamente, los jóvenes que en gran número estaban trabajando en el traslado de elementos tenían pecheras azules que decían La Cámpora.

Para zafar, cargado de rabia, Larroque dijo luego que no creía que “aporte mucho” saber quién estaba entregando las cosas, pero 11 minutos de televisión con las pecheras a la vista, como las fotos de aquellas zapatillas firmadas por Carlos Ruckauf, sugerían otra cosa: el uso de la viveza que criticó Cristina.

Debido a este tipo de personajes que llevan en su ADN una carga de intolerancia bien importante, ya se verá cuánto dura la tregua de hecho que impuso el decoro y la preocupación presidencial, aunque en esta historia de traiciones y búsqueda de aprovechamientos políticos nunca se sabe.

Fuente: (DyN)