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Carlos Malamud

Nuevo Papa, política y derechos humanos

(Infolatam) La figura del nuevo papa repercutirá de un modo importante en la política argentina. No hace falta que Francisco intervenga directamente. La iglesia católica y sus múltiples seguidores se sentirán más vigilados y respaldados desde el Vaticano y actuarán en consecuencia. El próximo octubre habrá elecciones legislativas en Argentina cuyo resultado es clave para el proyecto reelectoral de Cristina Fernández para 2015.

Por Carlos Malamud
Twitter: @CarlosMalamud
20 de marzo de 2013
 

(Infolatam) Resulta cuanto menos curioso que el Congreso argentino no suspendiera su sesión tras la elección de un papa argentino. Las autoridades parlamentarias, seguidoras del kirchnerismo gobernante, se negaron a satisfacer la demanda de los diputados que querían ver en televisión al nuevo pontífice. Parece como si de repente un prurito de formalidad hubiera invadido un recinto que en los últimos años se ha caracterizado por la transgresión permanente de las normas, al punto de convertirlo en lo más parecido a un estadio de fútbol.

Al respecto vale recordar la forma en que ambas Cámaras festejaron la aprobación del default a fines de 2001 o las riadas de confeti que en todos estos años vienen saludando las apariciones presidenciales, especialmente al inaugurarse el período legislativo. En realidad, lo que estaba en juego no era la pasión por las formas y los procedimientos sino actuar en sintonía con las manifestaciones de la presidente Fernández y de una parte importante del oficialismo que recibieron con escaso o nulo entusiasmo la elección de Jorge Bergoglio.

Durante el intercambio de opiniones en torno a si suspender o no la sesión, un diputado de La Kámpora, el movimiento ultrakirchnerista, señaló que el nuevo papa había colaborado con la dictadura militar. En los dos o tres primeros días posteriores a la elección de Francisco arreciaron las denuncias de líderes políticos (Luís D´Elía, Juan Cabandié), madres y abuelas de Plaza de Mayo (Hebe Bonafini y Estela de Carlotto), periodistas y medios próximos al gobierno (Horacio Verbitsky y Página 12) contra Bergoglio. Precisamente Verbitsky señaló el pasado fin de semana que la elección del nuevo papa es “una vergüenza para Argentina y Sudamérica”.

Los argumentos en contra de Bergoglio se centraban en que había denunciado a dos jesuitas, posteriormente secuestrados por los militares y encarcelados en ese templo del horror que era la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) o en haber participado en el secuestro de un bebé en ese mismo centro clandestino de detención. Estos argumentos admitían algunas variaciones: el papa no había hecho nada por salvar a sus compañeros de orden o había sido sumamente complaciente con la dictadura, a la que no se había enfrentado abiertamente.

Las denuncias evidencian el modo en que algunos círculos kirchneristas utilizan los derechos humanos como arma política. El discurso oficial recalca de forma insistente que hay un antes y un después tras la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia, eliminándose de un plumazo la labor pionera de Raúl Alfonsín y de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) presidida por Ernesto Sábato. Los juicios a las juntas militares son minimizados por la sanción posterior de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

La proximidad al proyecto kirchnerista de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo sirvieron para legitimar el discurso oficial, reforzado por los recientes juicios y condenas contra los militares represores. Sin embargo, lo que podía haber sido una propuesta consensuada con el conjunto de las fuerzas políticas de la oposición, o al menos con una parte considerable de ella, comenzando por el radicalismo, se convirtió en el eje de un discurso excluyente y polarizador.

Una práctica importante de esa política que tiende a crispar y dividir a la sociedad en partes irreconciliables es el escrache (denuncia pública de un represor, aplicable luego a cualquier enemigo político). En el caso de Bergoglio las denuncias en su contra no son nuevas, ya que el libro de Verbistsky, El silencio, data de 2005. Por eso, y dado el fuerte nivel de enfrentamiento entre los gobiernos kirchnersitas y el ex arzobispo de Buenos Aires, de haber existido pruebas contundentes en su contra éstas ya habrían aparecido y Bergoglio habría sido escrachado hace tiempo. En contra de ese discurso de condena han comenzado a emerger otras voces pertenecientes también al mundo de los derechos humanos pero fuera de la órbita K, como las de Adolfo Pérez Esquivel, Graciela Fernández Meijide o Alicia Oliveira.

Ante el curso de los acontecimientos la presidente Fernández optó por viajar a Roma y estar presente en la entronización de Bergoglio, intentando reducir el nivel de enfrentamiento. Pese a ello, la figura del nuevo papa repercutirá de un modo importante en la política argentina. No hace falta que Francisco intervenga directamente. La iglesia católica y sus múltiples seguidores se sentirán más vigilados y respaldados desde el Vaticano y actuarán en consecuencia.

El próximo octubre habrá elecciones legislativas en Argentina cuyo resultado es clave para el proyecto reelectoral de Cristina Fernández para 2015. En este juego, con una oposición todavía en estado catatónico, habrá que ver cómo responden unos y otros. De ahí el escaso entusiasmo gubernamental por el nombramiento de un papa argentino, inicialmente sólo reconocido como latinoamericano, un pecado capital en el discurso político rioplatense, tan permeado por un fuerte componente nacionalista. En otro contexto, una manifestación como la anterior habría sido imposible.

Fuente: (Infolatam)

 
Acerca del autor
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Carlos Malamud
Carlos Malamud es Investigador Principal para América Latina en el Instituto Real Elcano.
Twitter: @CarlosMalamud