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Hugo E. Grimaldi

Terremoto K: Sólo con su elección, el Papa Bergoglio dinamitó las bases del kirchnerismo y lo fraccionó

(DyN) El dato político de todas estas divergencias que fueron desde el mal humor de la Presidenta hasta el virulento cruce por los derechos humanos que provocó la designación papal es que, quizás por primera vez en una década, se ha producido un serio debate interno que, por ser ideológico, podría llegar a tener impensadas consecuencias rupturistas en el seno del kirchnerismo. Bergoglio lo hizo.

Por Hugo E. Grimaldi
Twitter: @HugoE_Grimaldi
18 de marzo de 2013
 

(DyN) Más allá de los apoyos y de las divergencias que expresa la sociedad sobre los instrumentos y las maneras que han regido en lo político, lo económico y lo institucional durante la última década y sobre sus resultados, hay una verdad incontrastable que la propia presidenta de la Nación acaba de marcar: el kirchnerismo impuso un cambio cultural notable en la Argentina. Y lo hizo, a partir de una controvertida ideología y de una ejecución de cirujano que dejó desparramada por el campo, hecha jirones, a toda la oposición.

Pues bien, en estos lamentables tiempos de egoísmo, crispación y violencia que conmueven a diario al país, con la sorpresiva designación del primer Papa connacional, nada menos que el nada apreciado por el Gobierno, Jorge Mario Bergoglio, todo ese armado acaba de saltar olímpicamente por el aire a varias puntas. Alguien le ha arrebatado el centro de la escena al kirchnerismo y, lo que es peor, lo dividió.

Pese a que la trascendencia de Francisco excede largamente al ombligo local, esta afirmación se sostiene visto desde lo formal, pero también desde la raíz del kirchnerismo, ya que la irrupción universal del nuevo Papa le asestó a la militancia populista más radicalizada y a quienes piensan en la perpetuidad del régimen un primer golpe en el mentón que los dejó dando vueltas como un trompo.

En primer lugar, tuvieron que tomar nota de modo traumático que el impensado voto cardenalicio ha determinado que de ahora en más, Cristina Fernández ya no será más el eje exclusivo de todas las miradas en la Argentina y que tampoco su palabra será la que resuelva todos los dilemas. Además, el discurso único no será tan único, ya que aparece con mucha más fuerza a los ojos de la sociedad otra visión muy profunda que se contrapone a las teorías de la división permanente y a la crispación de los mensajes de las que el kirchnerismo suele hacer gala.

En este aspecto, hay una gran diferencia de concepto entre los valores de humildad, moderación y armonía que ya se le han visto a Francisco desde el minuto uno de su papado, así como la serenidad y sencillez con que transmite su mensaje, con el estilo agresivo y acusatorio que habitualmente parte del poder en la Argentina para destratar a todos los que no piensan igual.

Justamente, una de las claves para entender el porqué de lo que expuso públicamente la propia Presidenta es el significado de la palabra “diálogo” asociada al “consenso”, elementos sobre el que el otrora arzobispo porteño y hoy Papa hizo hincapié muchas veces a través del micrófono. En cambio, el kirchnerismo entiende que esos conceptos no existen y que la legitimidad de la imposición surge de las mayorías circunstanciales de las urnas. Por lo tanto, no hay que hablar con nadie para hacer valer las ideas.

La tarde del miércoles, cuando cuatro o cinco horas después de la designación el país vibraba de emoción ante la noticia, CFK apuntó a ironizar sobre el concepto de “diálogo” que siempre propició Bergoglio y se colocó, quizás como nunca antes, bien distante del sentimiento de la gente, como si no le importara el calibre de lo que se estaba viviendo en la Argentina y ella y su discurso partidario fuesen el centro del mundo.

Frialdad, bronca o sangrar por la herida, lo cierto es que Cristina hizo ese día el discurso más desajustado que se pudiera pedir, ya que dejó en descarnada evidencia los tironeos interiores que estaba viviendo.

Ya han relatado las crónicas que recién en el último tramo de la alocución, como de casualidad, casi para no olvidarse y como si fuera un apéndice de lo había ido a hacer a Tecnópolis, con el adverbio “también” por delante, dijo: “hoy es un día –y no puedo dejar de mencionarlo y no quiero dejar de mencionarlo- histórico”.

Y en su casi sermón de muy pocas palabras para lo que la situación requería, la Presidenta hizo todo lo necesario para marcarle la cancha a Francisco, nunca manifestó su alegría porque se trataba de un argentino, sino que lo enmarcó en Latinoamérica y hasta le deseó una “muy buena misión pastoral”, no sea cosa que ahora, desde el trono de Pedro, se le ocurriese hacer declaraciones políticas.

Por supuesto, que se notó claramente su mal humor, cuando para recordar amargamente aquello del “diálogo que tanto pregonan” lo mandó al nuevo Santo Padre a “convencer” a los poderosos del mundo para que, en obvia alusión a Malvinas, “ninguna cuestión se resuelva por la fuerza, sino que se resuelva por los canales diplomáticos”.

El panorama se ensombreció aún más, cuando el gentío, quizás para acompañar la desazón presidencial, comenzó a silbar en el momento que Cristina intentó transmitir su mensaje: “y que le deseamos (silbidos)… y que le deseamos (silbidos)… y que le deseamos (silbidos) y que le deseamos de corazón (silbidos)… y que le deseamos de corazón a Francisco I…”, tuvo que repetir la Presidenta como un viejo disco rayado. Por supuesto, que la versión oficial eludió estas referencias, tal como generalmente recoge la de los aplausos, pero el video muestra claramente cómo la Presidenta, con algo de pudor, intentó disimular lo indisimulable.

No se recuerda un discurso más descolgado de la realidad que éste, ya que Cristina se pasó tres cuartas partes del mismo hablando de cuestiones auto referenciales que sólo pretendían darle aire político a su cuñada, Alicia Kirchner (además, una muy mala locutora de su propio video institucional), en su posible enfrentamiento con Daniel Scioli, mientras que la emoción del país iba por otro lado.

Los desencuentros K con Bergoglio tienen su historia porque cada vez que “el cardenal” se refirió en el pasado a temas que irritaban al poder, desde el kirchnerismo se lo invalidó quizás porque la cola de paja amenazaba incendiarse. No sólo porque continuamente pedía “diálogo”, sino porque los términos “privilegios”, “pobreza”, “democracia”, “inseguridad”, “austeridad”, “riqueza excesiva”, “discurso único” o “corrupción” pronunciados a cada rato lo colocaron en el altar gubernamental del lado de los réprobos. Hasta el ex presidente Néstor Kirchner sacó la sede del Tedeum de la Catedral Metropolitana para evitarse molestos sermones.

Tras este primer cimbronazo, desde el ala más ortodoxa del kirchnerismo al día siguiente se sacaron a la luz supuestos trapos sucios del pasado del nuevo Papa, en relación a su actuación en tiempos de la dictadura militar, mientras que aparecieron muchas voces, aún de simpatizantes K y representantes de organizaciones de derechos humanos, para decir que él había trabajado para salvar muchas vidas.

Carteles con la inscripción “Francisco, argentino y peronista” y voces de amigos de otros tiempos, incluidos militantes de Guardia de Hierro, la agrupación donde recaló la centro-derecha peronista en los ’70, contaron cómo el ascendente por entonces cura de Flores, quien siempre se reprochó no haber hecho “lo suficiente”, arriesgó su vida y cómo los jesuitas salvaron por entonces a cientos de personas. Ante tantas evidencias, a los más furiosos anti sólo les quedó como argumento decir que la complicidad provino de “la jerarquía eclesiástica”.

Tras la primera y fría carta que la propia Presidenta le dirigió diplomáticamente al nuevo jefe de la Iglesia Católica en aquel primer día de confusión, parte del kirchnerismo empezó a pensar de modo pragmático que habrá que convivir de ahora en más con Bergoglio y que no quedará otro remedio que seguir carriles más diplomáticos, inclusive aprovechando la visibilidad internacional que ha recuperado el país, por primera vez en décadas.

El dato político de todas estas divergencias que fueron desde el mal humor de la Presidenta hasta el virulento cruce por los derechos humanos que provocó la designación papal es que, quizás por primera vez en una década, se ha producido un serio debate interno que, por ser ideológico, podría llegar a tener impensadas consecuencias rupturistas en el seno del kirchnerismo. Bergoglio lo hizo.

Luego, hay que hurgar en la influencia que podrá tener de ahora en más la palabra del Papa en la Argentina, en los gobernantes y en la sociedad. Si bien los analistas políticos no están del todo de acuerdo sobre si localmente habrá que tomar en cuenta o no cada referencia que haga Francisco, ya que estarán dirigidas a los 1.000 millones de católicos del mundo (la Argentina sólo representa 3,5%), hay dos cuestiones que resultan una combinación letal, a la hora de pronosticar futuros y desencuentros.

En primer lugar, el alambicado modo que tiene el hoy Papa para decir las cosas, propias de su educación jesuítica, ya que siempre sus referencias merecen segundas lecturas. El rabino Sergio Bergman dice con humor que a Bergoglio hay que leerlo “subtitulado”. Por otro lado, está la paranoia que acompaña de por vida a todos los políticos, que es un lastre que los kirchneristas tienen metido hasta la médula, ya que siempre ven fantasmas detrás de los cortinados. Aún, si las partes se decidieran a hacer borrón y cuenta nueva, no se puede dejar de pronosticar nuevas explosiones en cualquier momento.

Es verdad que la palabra del Papa es universal, pero cuando Karol Wojtyla fue elegido como Juan Pablo II, su presencia en Polonia a pocos meses de haber asumido en 1979, en un país con una población mucho más comprometida con el catolicismo que la argentina, cambió la historia: apuntaló al líder de los sindicatos, Lech Walesa; barrió con el comunismo; generó una identidad común; sumó orgullo a los polacos y se dio a la tarea de poner a su país en el mundo.

Cuando el Papa llegue por primera vez a la Argentina, será posiblemente conmocionante e inolvidable. Más allá del orgullo nacional, la hilera de argentinos que le hará escolta por la ruta, el vendaval humano que seguirá sus misas y la atención a su prédica será de modo incontrastable la preferencia por valores que marchan a la inversa de aquellos que se han tratado de inculcar a la sociedad durante estos años de cambio cultural. Cómo lo tomará el kirchnerismo cuando suceda es una incógnita.

En ese marco, deberá verse entonces el temple de los políticos y se podrá observar cabalmente quién es quién, sobre todo a pocos días de las elecciones legislativas. Por el lado opositor, la presencia papal no podrá reemplazar a lo que ellos deberán hacer de ahora en más para que no se considere que se han colgado de su sotana.

En tanto, la Presidenta y el kirchnerismo todo tendrán que demostrar que están dispuestos a escuchar, ya que sólo ese camino, como una oportunidad impensada, les puede permitir hacer rectificaciones que ellos mismos hoy no saben cómo realizar. Con esta aparición que tanto les molesta, paradójicamente el Gobierno tiene una oportunidad para salir por arriba del laberinto en que se ha metido solo, en materia de modelo.

Por otro lado, la fugacidad de los liderazgos y la provisoriedad de los sucesos ha quedado demostrada. Hace una semana, esta columna se nutría de Hugo Chávez y de la pasión kirchnerista por venerarlo. Hoy, la realidad impone que hasta los más rabiosos tengan que mirar a Roma antes que a Caracas, mientras que en su interior les cuesta resolver la crisis que les ha provocado la figura de Jorge Mario Bergolio, hoy Francisco, el Papa.