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Tomas Linn

El destino de los demás «monarcas elegidos»

(Búsqueda) El legado que deja Chávez para la región no podría ser peor. Contagió a toda la región de su pésima valoración de la democracia y la idea de que ella, en América Latina, no tiene demasiado andamiento. Si en los 70, lo que campeó fueron las dictaduras militares, en los comienzos del siglo XXI se impuso este modelo de dictaduras civiles, de autocracias elegidas y monarquías duraderas.

Por Tomas Linn
13 de marzo de 2013
 

(Búsqueda) Venezuela se prepara para afrontar un futuro sin Hugo Chávez. También América Latina debe empezar a imaginar un tiempo venidero donde la poderosa y nociva influencia del caudillo populista venezolano ya no tendrá incidencia en su destino.

El desfile de presidentes, en especial los que fueron incondicionales a Chávez, que han ido en peregrinación a Caracas para las exequias del mandatario fallecido, es una muestra clara del significado profundo que tiene este hecho.

Ahora, tras su muerte, la pregunta es saber si tienen herederos estas monarquías electas que se expandieron por el continente. En particular importa saber qué pasará en Venezuela, en la medida que la presencia imperial de Chávez sobre el resto de la región fue intensa, fuerte y por momentos asfixiante. Se movía por el continente como un Napoleón. Sus tropas eran los petrodólares y con ellos fue marcando territorio.

Hoy, las izquierdas lloran la muerte de una figura que fue una referencia para ellas. Lo cual es paradójico por cuanto Chávez nunca fue de izquierda; más bien expresó un rampante nacionalismo populista y de derecha. Si alguna semejanza cabe, es con Benito Mussolini. Las camisas rojas recordaban a las negras de los fascistas en Italia. Su histrionismo y su oratoria verborrágica era igual a la del dictador italiano. Hasta en el antisemitismo se parecían.

Permitió sí crear la coartada perfecta para todos aquellos que no creyendo en las ventajas de la democracia, tampoco se animan a negarlas. Chávez fue sucesivamente elegido en las urnas, con cómodas mayorías cada vez. Eso le dio un halo de legitimidad a su gobierno que fue usado por sus defensores a lo largo y ancho de América. Pero en realidad detestaba las formas democráticas que garantizan los derechos de los ciudadanos. Reformó la constitución para neutralizar aquellos recaudos. La Suprema Corte se convirtió en un apéndice del poder presidencial y usó esa legalidad, moldeada a su capricho, para ir asfixiando las libertades y en especial la libertad de prensa.

Más allá de los votos, su régimen no tuvo nada de democrático. Chávez fue un déspota arbitrario y autoritario. Sentado sobre la riqueza del petróleo, posó de generoso ante sus vecinos y aplicó políticas sociales asistencialistas hacia adentro. Pero no logró un desarrollo capaz de dar una mejor y más duradera calidad de vida a su gente. Sin embargo, por tener los votos, muchos justificaron cada una de sus arbitrariedades.

Para algunos sectores de la izquierda uruguaya (no toda), Chávez fue un icono comparable solo a Fidel Castro. La militancia radicalizada se encandiló con su seudo “anti imperialismo”. Lo desconcertante es que 50 años atrás ese mismo militar prepotente y demagógico hubiera sido, para los militantes radicales de esa época, el emblema perfecto del dictador “gorila”, como hubo tantos en aquel entonces.

El legado que deja Chávez para la región no podría ser peor. Contagió a toda la región de su pésima valoración de la democracia y la idea de que ella, en América Latina, no tiene demasiado andamiento. Si en los 70, lo que campeó fueron las dictaduras militares, en los comienzos del siglo XXI se impuso este modelo de dictaduras civiles, de autocracias elegidas y monarquías duraderas.

Con matices el modelo se reprodujo en Ecuador, Bolivia, El Salvador y Argentina. Pero además contaminó, para mal, las realidades de países como Colombia y Honduras. También contaminó las relaciones regionales. Envenenó la región con su acercamiento al régimen teocrático y derechista de Irán. Lo degradó al darles fuerza a organismos regionales como la Unasur, que no es más que el club que reúne a los monarcas. Esta lógica se trasladó, por último, al Mercosur, que surgió en otro contexto democrático, pero terminó por desvirtuarse. Ya no son organismos que reúnen a los Estados con el peso de todas sus instituciones, sino apenas una excusa para reunir solo a los presidentes, que se juntan para apoyarse unos a otros, incluso (como sucedió con Paraguay) con desprecio a instituciones también elegidas, como los parlamentos. Todo lo que no son ellos, los afecta.

En este juego entran no solo los monarcas electos, sino también presidentes cuidadosos de las reglas institucionales como los de Chile y Uruguay. El día que Chávez, aún internado en Cuba, debía asumir, el presidente José Mujica viajó a Caracas donde dio un discurso que no solo era una clara intervención en los asuntos internos de Venezuela, sino también en la interna chavista. Tal intromisión pareció su manera de agradecer lo mucho que Uruguay le debía al presidente venezolano. ¿Tanto era?

Con esta forma de hacer política, creció la estrategia de separar a buenos de malos. Están los enemigos del pueblo, no los sectores minoritarios con ideas diferentes. Están los conspiradores de la peor lacra y no los simples adversarios. Están los antipatriotas vendidos al extranjero y no los meros opositores.

Implantaron “el relato” que es reinventar la historia para explicar su razón de ser y gracias a ello, transformarse en los nuevos mesías, los libertadores de la era actual. Basta ver como Chávez se esforzó por ser un segundo Bolívar.

Pocas horas antes de anunciar su muerte, el vicepresidente Nicolás Maduro denunció un gigantesco complot que incluía la posibilidad de que la enfermedad que mató al presidente hubiera sido inducida. El tono del discurso fue amenazante y procuró infundir temor entre los opositores ya que parecía anunciar una indiscriminada caza de “antipatriotas”. Tal vez  el objetivo haya sido el de unir a su gente ante el temor de una conspiración externa. Pero en el fondo, reflejaba el temor propio, la inseguridad general y por lo tanto la necesidad de fabular historias para consolidar adhesión.

En la medida que esta larga década de monarcas elegidos se construyó sobre figuras emblemáticas es difícil saber qué pasará en un mundo sin Chávez. Las instituciones que creó, al igual que en los países de similar régimen, se centraron en su personalidad. Desparecido el líder el vacío es difícil de ocupar. De ahí la incertidumbre. No muere un notable presidente, de gran prestigio y popularidad, pero ceñido a las reglas de juego de una constitución democrática que permitirá una sucesión sin traumas. Muere un presidente que lo era todo: déspota, caudillo, monarca, juez, legislador y mandamás. Hasta su destino, como el de todo rey, era morir en el trono.

Para Venezuela, la situación plantea una disyuntiva compleja. Puede haber un retorno a formas abiertas de democracia. Pero parece obvio que el país se impregnó de esa cultura política “chavista” hasta en los más nimios detalles de la vida cotidiana. Y esto será así por décadas. Tal como pasó con el peronismo. Sería sin duda, el peor desenlace. Pero es, lamentablemente, el más probable.

Fuente: Semanario Búsqueda (Montevideo, Uruguay)

 
Acerca del autor
Tomas Linn
Tomas Linn
Columnista del semanario Búsqueda, Uruguay, y autor del libro "Así concebidas - Nuestras democracias imperfectas" (Editorial Fin de Siglo, 2008).