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Hugo E. Grimaldi

La vida sigue: El gobierno oscila entre Chávez y ver qué hace con Scioli

(DyN) El escenario abre a futuro un gran interrogante para evaluar estos años de modelo K, salvo los cambios de paradigmas que se instalaron en la mente de muchos argentinos, fundamentalmente en materia institucional y de relación con la oposición, la Justicia y el periodismo, en los que las ideas hegemónicas y autoritarias de Chávez han sido también preponderantes.

Por Hugo E. Grimaldi
Twitter: @HugoE_Grimaldi
13 de marzo de 2013
 

(DyN) Se dice a menudo que la presidenta de la Nación ha sido fría con la tragedia de Once, que primero se aisló y que la negó durante un año, mientras que se critica que ahora haya puesto el aparato del Estado al servicio del dolor, cuando salió corriendo para ir a expresar su sentimiento de “compañera y amiga” ante la muerte de Hugo Chávez. Las transmisiones de Fútbol para Todos de aquellos días no mostraron como ahora crespones por los 51 muertos, aún después de haber terminado el período de duelo nacional.

Sin embargo, la sociedad parece ser igual a ella: no se le mueve un músculo cuando el Ejecutivo acorrala a la Justicia, apenas salió a la calle hace unos días por Once y la AMIA y ha revelado el Washington Post que la Argentina es el país de América latina donde Chávez más admiradores cosechó. Haciendo apenas una lectura lineal de estos comportamientos, a muchos ultras envalentonados les resulta bien fácil soñar, entonces, con una “Cristina eterna”.

Pero, atención, que esa preferencia por el venezolano que sugieren las encuestas se ha quedado también en la retórica, porque más allá de la concurrencia masiva a la Meca caraqueña haciéndose los revolucionarios y otras dolidas manifestaciones por Twitter a favor del Comandante de parte de dirigentes kirchneristas interesados en figurar, que suelen acompañar el proyecto mirando de reojo lo que hace y dice la Presidenta, tampoco se registró en las calles del país la presencia de la militancia K, como se hubiera deseado en Olivos, ni una sola marcha multitudinaria de dolor. Sólo siguiendo la TV bolivariana calmaron sus conciencias.

Este segundo dato sobre la pasividad de la opinión pública, en este caso la propia, que contrapesa aquel otro de la menor adhesión a hechos conmocionantes por parte de los eventualmente opositores que había estallado en las manifestaciones callejeras de setiembre y noviembre, revela que la interna entre radicalizados y moderados que, tal como ocurre en todo gobierno, está a la orden del día hoy en Olivos, se rige por la lectura que se hace de los humores de la sociedad.

Estas visibles dicotomías ponen en cabeza de la Presidenta la necesidad de laudar a favor de su propia continuidad o a la de la continuidad del proyecto. El 1 de marzo, en el Congreso, se la vio propensa a profundizar el “vamos por todo”. Ahora, tras el golpe que le asestó una vez más la muerte, aunque ella misma se dio tiempo para contribuir a la instalación venezolana del Chávez-mito, se la vio visiblemente afectada.

Su abrupto regreso es otro capítulo que da para disímiles interpretaciones. El calor y la baja presión ha sido su propia explicación. Cristina iba a ser la oradora elegida frente al medio centenar de jefes de Estado que despedía a Chávez y eludió el convite, aún sabiendo lo que a ella le gusta ser el centro de las miradas. Entonces, cobra relevancia, la tesis de la no foto con el presidente de Irán, Mahmud Amadinejad quien lloró junto al féretro y se abrazó de modo vehemente a Evo Morales, el presidente de Bolivia que, según el discurso presidencial en el Congreso, expropió “hasta el pasto”.

Pese a todos esos devaneos de la opinión pública y al traspié emocional de la Presidenta, las usinas más radicalizadas del proyecto la siguen embarcando en el juego de 2015 y ya se verá si lo hacen por instrucciones o por sus propias ambiciones. Otros en el Gobierno prefieren esperar que el humor presidencial decante y contrastar la situación con la realidad.

Para los más acérrimos cristinistas, el muñeco a voltear es Daniel Scioli y no parece que las adhesiones que éste podría cosechar en la provincia de Buenos Aires sean el dique que contenga el aluvión reeleccionista que pretenden instalar, una vez más a partir del marketing del luto. Por eso, han resuelto mojarle la oreja al bonaerense para dirimir quién es el verdadero dueño de los votos en el distrito, retándolo con internas para sacarlo, en primera instancia, de lo que mejor hace: manejar los tiempos del combate.

En el entorno del gobernador dicen que la no ruptura explícita es una cuestión de “responsabilidad”, ya que el gobierno nacional tiene como gran aliado el recurso de la caja, que está pisada desde hace mucho tiempo. Mientras tanto, docentes y estatales lo esmerilan sin asco y resolver estos conflictos será una prueba de fuego para el gobernador: los mismos porcentajes que la Nación no quiere convalidar a nivel nacional, esos gremios se lo exigen a Scioli, aunque los chicos de la provincia no hayan podido comenzar las clases siquiera.

En tanto, el gobernador de Santa Cruz acaba de anunciar que llevará listas propias en las Primarias provinciales y eso mismo le piden muchos dirigentes del PJ al gobernador, quienes se encolumnarían gustosos en un proyecto diferente al actual, que exceda inclusive al gatopardista y a la vez contradictorio eslogan sciolista de “continuidad con cambios”. En este sentido, Francisco de Narváez y Sergio Massa hacen su juego, que incluye como posibilidad concreta apuntalar el salto de cerco sumándose a la corriente del gobernador con miras a 2015, junto a otros intendentes no peronistas del Norte del Conurbano, incluido Jorge Macri, del PRO.

Scioli sabe que desde la Casa Rosada le quieren llenar las listas nacionales y provinciales de legisladores ajenos a su sentir, quienes traicionarían al instante su pretensión de ser Presidente. Entonces, se propone resistir hasta dónde pueda, ya que si no lo hace su carrera política estaría terminada, aunque se deba tragar los sapos de quienes lo critican por “hacer la plancha”. Mientras tanto, se chuzean de forma recíproca.

En el pase de mensajes y cuidado de los gestos, el gobernador es un campeón: se sacó fotos en Expoagro con quienes más irritan a la Casa Rosada (miembros de la Sociedad Rural y directivos de Clarín y La Nación, organizadores de la muestra), aunque evitó instruir a sus diputados actuales para que retaceen el quórum en el caso del Tratado con Irán y avaló la situación sin pronunciarse de modo contundente en contra, como se dice que opina en la intimidad. En tanto, se lo observó protocolar y distante en el caso de la muerte de Chávez.

Por su parte, casi como una agresión y para sacudir esa tibieza que los exaspera, los cristinistas le están pidiendo a Scioli que Karina Rabollini, su esposa, sea la candidata número 2 de la lista de diputados de Alicia Kirchner, mientras que algunos otros gurkas fantasiosos del kirchnerismo extremo sugieren que sea el propio gobernador el que renuncie para acompañar el modelo desde el Congreso.

En el pináculo de la presión, desde algunos sectores del gobierno nacional lo corren a Scioli con la intervención federal a la provincia, mientras que él asusta con la emisión de patacones, una forma de mostrar cómo la política económica kirchnerista ha sido un periplo que fue de la recuperación, que lideró Néstor, quien ayudó a rescatar las cuasimonedas como algo simbólico, a la posterior caída en tiempos de Cristina. De paso, quedará demostrado que las finanzas nacionales están exhaustas.

La pasividad popular con el caso Chávez, le ha dado aire además a muchos opositores, quienes dejaron pasar un par de días de luto y decidieron comenzar a criticar la política venezolana con mayor o menor virulencia y unanimidad dentro de sus fuerzas políticas, pero haciendo referencias ineludibles a lo que se identifica como una copia local del chavismo en lo económico e institucional.

En primer lugar, marcan lo que creen ha sido un desvío estratégico de la Argentina: privilegiar los negocios de importación de petróleo y eventualmente los financieros con Venezuela. Sospechan corrupción y lo dicen. Pero, además, ha sido casi unánime destacar la comparación con Brasil, sobre todo en materia económica, donde todos los ítems dejan al país caribeño demasiado lejos del gigante durante la última década.

En una compulsa numérica con un mismo punto de partida a comienzo de siglo, queda claro que Chávez dilapidó por miles de millones los recursos de la renta petrolera, algo que la oposición venezolana define como demagogia. Dicho de otra forma, y cerca de la realidad argentina de estos años, en Venezuela importó más el corto que el mediano y largo plazo.

En lo social, la velocidad de la inclusión de los más postergados fue el único ítem donde el bolivariano se despegó notoriamente del tándem Lula-Dilma, aunque a la larga Brasil, pese a tener el peor índice de distribución de la riqueza de América latina, con un modelo menos heterodoxo logró sacar de pobre a mayor porcentaje de gente que su vecino del norte.

Con recetas económicas bien diferentes, sin inflación ni expropiaciones rimbombantes, relacionándose con el mundo, con seguridad jurídica y atrayendo capitales, el avance brasileño fue locomotora de arrastre de Perú, Uruguay y Paraguay, con las “derechas” de Chile y Colombia jugando de privilegiado sustento, mientras que Venezuela circulaba por otra vía, junto a Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Cuba. La tercera opción, la de privilegiar la coquetería que tuvo la Argentina con ambos países mientras pasaba el tiempo, resultó ser una penosa vía muerta que a la hora del balance.

En materia diplomática, si de verdad la Argentina jugó de contrapeso para moderar a Chávez en lo económico, con la zanahoria del Mercosur y a pedido de Brasil y si hizo lo mismo en lo político para atender sugerencias de EEUU en cuanto a la provocativa relación con Irán, algo ha fallado durante esos años, porque el país se ha quedado sin el pan y sin la torta.

Por decantación, la oposición y hasta el peronismo federal concluyen que la “década ganada” de la que tanto presume el kirchnerismo, ha sido en verdad un espejismo en materia de desarrollo por mirar demasiado a Chávez, sustentado en estadísticas cuestionables y en la inyección de fondos al consumo, que ahora se manifiesta en inflación creciente (que ha desplazado precisamente a Venezuela del primer lugar), déficits gemelos, cepo cambiario, cierre de importaciones y tipo de cambio atrasado.

El escenario abre a futuro un gran interrogante para evaluar estos años de modelo K, salvo los cambios de paradigmas que se instalaron en la mente de muchos argentinos, fundamentalmente en materia institucional y de relación con la oposición, la Justicia y el periodismo, en los que las ideas hegemónicas y autoritarias de Chávez han sido también preponderantes.

En este aspecto, el bolivariano ha sido un experto antecesor a la hora de llevar los ataques hasta la prensa hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, el gobierno argentino, con Guillermo Moreno como ariete visible, ha roto todos los moldes con el boicot publicitario que le ordenó hacer a las empresas, dirigido hacia los diarios que no les resultan afines, para asfixiarlos económicamente.

Nadie había llegado tan lejos en comprometer tanto la supuesta honorabilidad de los empresarios hasta transformarlos en cómplices. Aunque como está de moda la terminología bolivariana, bien valdría que muchos de ellos revisen la definición de “cipayos”.

Fuente: Agencia DyN, Argentina