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Antonio Camou

Repliegue táctico y avance estratégico

(Club Político Argentino) La presidenta se propuso retomar la iniciativa perdida marcando muy claramente los tiempos y el territorio de una contienda vital para la supervivencia del kirchnerismo: De aquí a octubre ya comenzó a desplegarse un latente posicionamiento por el poder presidencial; después de las elecciones se tratará de una confrontación manifiesta. En esa todavía incierta geografía el discurso presidencial ensayó un repliegue táctico de la reforma constitucional y definió un avance estratégico en el plano de la reforma judicial.

Por Antonio Camou
4 de marzo de 2013
 

(Club Político Argentino) Lo dice cualquier manual: todo discurso se nos vuelve significativo por “lo dicho”  y por lo “no dicho”; así como todo discurso político despliega sus significados frente a un abanico de varios destinatarios: la propia tropa, los adversarios y los que están en el medio.

Empezando por lo “no dicho” habrá que reconocer que la alocución presidencial del 1 de marzo pasado, al inaugurar el 131 período de sesiones ordinarias del Congreso, fue un verdadero prodigio de oratoria.  Invito a los amables lectores a que pronuncien 25.942 palabras seguidas sobre la Argentina actual, sobre sus problemas y sus desafíos, y no mencionen ni una sola vez, ni por error, la palabra “inflación”. Si no hay nadie que esté dispuesto a escucharlos tanto tiempo, ponga sus ideas en el papel y luego lance las hojas al viento; en tipografía Times New Roman 12, formato A4, a espacio y medio, serán 62 páginas, algo que la UNESCO consideraría un pequeño libro. Piense entonces en un libro de actualidad argentina que no hable de la inflación… Raro, ¿No les parece?

Pues bien, esa rara persona que nos gobierna no realizó ningún balance crítico de su gestión, no evaluó fortalezas y debilidades, ni reconoció errores, ni fallos a enmendar. Abarrotó su arenga con cifras -verdaderas unas, falsas otras, dudosas muchas-  y se enfrascó en su juego político preferido: el corto plazo. Por eso tampoco ofreció ningún horizonte estratégico, ningún plan de vuelo para los tiempos difíciles que se avecinan en los próximos años. Si alguien escuchó a la Sra. de Kirchner con la remota esperanza de saber hacia dónde va la Argentina, se  quedó con las manos vacías; o en todo caso, se llevó la imagen de una presidenta ensimismada en la coyuntura y admiradora de sí misma.   

El eje de “lo dicho”, por su parte, vino envuelto por el cotillón movimientista que acompañó todo el acto: No se trató solamente de la apertura del nuevo año legislativo, sino de la señal de largada de un crucial año electoral. Y el pitazo fue dado en un contexto desfavorable: en el primer aniversario de la tragedia de Once –donde hay involucrados altos funcionarios gubernamentales y poderosos empresarios del círculo íntimo del poder-, después de la votación del oscuro acuerdo con Irán, y en medio de una economía que no despega, una suba generalizada de precios que no se detiene, y una pugna distributiva que amenaza con agudizarse.

Frente a ese panorama la presidenta se propuso retomar la iniciativa perdida marcando muy claramente los tiempos y el territorio de una contienda vital para la supervivencia del kirchnerismo: De aquí a octubre ya comenzó a desplegarse un latente posicionamiento por el poder presidencial; después de las elecciones se tratará de una confrontación manifiesta. En esa todavía incierta geografía el discurso presidencial ensayó un repliegue táctico de la reforma constitucional y definió un avance estratégico en el plano de la reforma judicial.

Como es sabido, después de la muerte de Néstor Kirchner el oficialismo ha jugado con el tema de la re-reelección presidencial un juego simple pero efectivo: mientras sus adláteres (intendentes o intelectuales, gobernadores o artistas) reclaman por la perpetua permanencia de la actual mandataria en el poder, ella lo niega con un gesto simpático o una elegante evasiva. En una estructura de poder verticalista, donde nadie habla sin autorización y nada se ejecuta sin su venia, la mascarada viene rindiendo sus frutos. Entre el clamor de “Cristina eterna” y el mohín de “no se hagan los rulos”, el kirchnerismo se las ha arreglado para colocar o sacar de la agenda el tema re-reeleccionario según sus conveniencias de coyuntura.

En esa lógica, la mención incidental de ayer (“no se va a reformar ninguna Constitución, que se olviden”) busca un objetivo muy concreto: pretende sustraer del debate político en este año electoral un tema que moviliza a mayoritarios sectores de la ciudadanía contra el gobierno y que aglutina a buena parte de la oposición.

Pero ni los observadores políticos ni la dirigencia opositora olvidan las lecciones de una ya larga experiencia de dichos gubernamentales que nunca terminan en hechos. Por de pronto, un hombre que conocía profundamente el paño señaló hace tiempo, al hablar de su propia gestión: “No presten atención a lo que yo digo, sino a lo que yo hago”. En esa misma tónica de degradación de la palabra política, o de los datos de la realidad, el kirchnerismo ha venido acostumbrando a la sociedad, como en la pesadilla orwelliana, a negar a rajatablas lo que luego afirma sin sonrojarse: Se negó que se estaba negociando con Irán, mientras se estaba negociando con Irán; se negaron los problemas de inseguridad –condenándolos a mera “sensación”- hasta que en vísperas electorales se creó un ministerio de la sensación de inseguridad; se negó hasta el cansancio la gravedad de los problemas energéticos, hasta que se nos vinieron encima; y se sigue negando el problema inflacionario o la extensión de la pobreza hasta que la crisis nos alcance.

¿Es creíble en este contexto de enunciación la promesa presidencial de que no se irá por una reforma constitucional? Mientras creyentes y escépticos cruzan sus pareceres, a todos queda claro que el proyecto de re-reelección no se juega ahora en las palabras, sino que se definirá en octubre en las urnas. Si el kirchnerismo obtiene una gran cosecha de votos, el reclamo por eternizarse en el poder volverá como una ola terca. Solamente un muy claro y firme posicionamiento de la dirigencia política, y una sólida articulación de la sociedad civil en torno a la defensa de principios republicanos, pueden evitar lo que ya hicieron en Santa Cruz: modificar la Constitución para habilitar la reelección indefinida.

En paralelo con este intento de sustraer un tema muy negativo para el oficialismo de la agenda pública, el gobierno apuntó sus cañones hacia el único poder del Estado que no controla de manera completa: la ciudadela judicial.

No se le puede negar astucia en el lance: Con un solo tiro el kirchnerismo busca bajar tres pájaros. Por un lado, introduce un tema que puede concitar comprensibles apoyos en un amplio espectro de actores y sectores sociales, más allá de las fronteras oficiales, y que guardan con los proyectos del Ejecutivo una relación de aceptación o de rechazos intermitentes. En tal sentido, suena difícil oponerse a una iniciativa de reforma del Poder Judicial, habida cuenta del mal funcionamiento de la justicia o de la persistencia de injustificables privilegios (exención del impuesto a las ganancias). Sin ir muy lejos, la larga lista de funcionarios kirchneristas beneficiados con dudosos sobreseimientos (Ricardo Echegaray, Néstor y Cristina Kirchner, Amado Boudou, Ricardo Jaime, y siguen las firmas) o la persistencia de jueces como Norberto Oyarbide, defendido a capa y espada por el oficialismo, son apenas algunos botones de vergonzante muestra. Por otro lado, la iniciativa es una excusa perfecta para subordinar el único ámbito institucional que hasta ahora le ha puesto límites a los desbordes autoritarios del gobierno. Con estos antecedentes a cuestas, parece difícil que la reforma vaya orientada a fortalecer un poder republicano, dotándolo de más transparencia, eficiencia y equidad. Más bien, lo que se espera es que los brazos del control político-partidario se extiendan de manera más amplia y directa sobre la cabeza de los jueces. Finalmente, el gobierno le arroja a la oposición una cuestión controversial en momentos en que distintos segmentos emprenden esfuerzos para aunar posiciones de cara a la estratégica competencia de octubre: ¿El debate por la justicia acercará o alejará posiciones en el variopinto universo no-kirchnerista?

En una simetría casi perfecta, la bandera de la “democratización de la justicia” está calcada sobre el modelo de la “democratización de los medios”. Hoy como ayer la redituable ecuación combina un problema real sentido por muchos, unos principios en apariencia loables y una ristra de objetivos espurios.

Después del discurso presidencial de ayer la propia tropa sabe ahora por dónde hay que enfilar el “vamos por todo” y la oposición quedó advertida de que deberá moverse en un nuevo campo minado. Pero gobierno y oposición no agotan el ancho campo de la vida pública. Por eso la presidenta les habló también a todos y todas los que están en el medio.

Fuente: Club Político Argentino

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Acerca del autor
Antonio Camou
Antonio Camou
Sociólogo. Profesor-investigador del Departamento de Sociología de la UNLP y docente de postgrado de la Universidad de San Andrés. Miembro del Club Político Argentino.