Artículos / Opinión
Luis Alberto Romero

Dictadores calvos

(Diario Río Negro) Un régimen cuyo fundamento democrático no puede discutirse avanza más allá de lo que podría denominarse autoritarismo democrático. ¿Se cruzó el umbral que lo separa de la dictadura? ¿Cuándo? No tengo respuestas a esas preguntas, como no la tiene quien ve, a lo largo de diez años, cómo una persona pierde día a día una pequeña porción de su pelo.

Por Luis Alberto Romero
20 de febrero de 2013
 

(Diario Río Negro) ¿Cuándo se dice que una persona es calva? Al golpe de vista es fácil: lo es o no lo es; o algo intermedio, como semicalva. Lo difícil es cuando la vemos cotidianamente y va perdiendo cuatro o cinco pelos por día. ¿Cuando hablamos de calvicie? ¿Al cabo de un mes? Seguramente no. ¿Luego de un año, de cuatro, de diez?

Puede pensarse, por analogía, en el caso de las dictaduras. Hay algunas que nacen como tales: un día los militares deponen a las autoridades constituidas y suspenden la vigencia de la Constitución. Todo claro. Es más difícil en el caso de gobiernos que han sido elegidos bajo un régimen institucional y que día a día van alterando las leyes o violándolas gradualmente. Como con la calvicie, para los gobernados es difícil decir cuándo su gobernante se ha convertido en un dictador.

No es exactamente una cuestión de democracia. En este campo existen distintas variantes que legítimamente se inscriben en el mínimo común denominador democrático: un gobierno que se legitima en la expresión de la voluntad, preferentemente expresada en el sufragio. Por eso la democracia exige un adjetivo que, dentro del género, precise la especie.

Están las democracias de líder, conductor, duce, führer o compañero presidente. Lo que Max Weber llamó el liderazgo carismático de masas. El pueblo, homogéneo y unánime, les entrega a estos jefes, a través del sufragio, toda la autoridad, más allá incluso de la ley; quienes disienten sólo muestran que no pertenecen auténticamente al pueblo. Por otro lado están las democracias institucionales, encuadradas en la ley, que limita a los gobernantes, y basadas en una ciudadanía plural que resuelve sus diferencias en el debate. Ambas son democracias. Cada uno elige una u otra de acuerdo con sus valores.

Guillermo Moreno

El problema de la dictadura es un poco distinto. El término no alude a regímenes y a legitimidades sino a los derechos del individuo y de la sociedad frente a cualquier tipo de gobierno, surgido del sufragio o de un golpe militar. Estos derechos son el fruto de una elaboración histórica que remonta a las monarquías. En la época de la Carta Magna preocupaban sobre todo los impuestos y las variadas libertades sectoriales, que no se distinguían bien de los privilegios. Luego, una idea más general de libertad se asoció con el Estado de derecho y la igualdad ante la ley. Cualquier Constitución de inspiración liberal contiene una lista de esas libertades. Hoy solemos llamarlas "derechos humanos", resumiendo la aspiración a una garantía amplia frente a la creciente presencia del Estado y, sobre todo, a su arbitrario manejo por los gobiernos.

La dictadura es lo contrario de un sistema de libertades garantizado por las instituciones. Las dictaduras militares comienzan habitualmente suspendiéndolas. ¿En qué momento un gobierno surgido democráticamente, dentro de un sistema institucional, se convierte en dictatorial? Tenemos un caso extremo: el fascismo italiano. En 1922 llegó al poder por las vías institucionales correspondientes y desde allí comenzó a desmontar las instituciones y a instaurar lo que Mussolini llamaba con orgullo "el totalitarismo". En 1924, luego del impune "delito Matteotti", nadie dudó de que el Rubicón dictatorial había sido cruzado.

Nuestro país nos desafía hoy con un proceso que, aunque afortunadamente muy lejano de la forma final del fascismo, tiene alguna similitud con sus comienzos. El régimen democrático institucional, restablecido en 1983, experimentó desde 1989 un proceso de concentración del poder en el presidente. No hubo ruptura institucional, pues los avances fueron avalados por los otros poderes del Estado o resultaron de una interpretación de la ley, quizás excesiva y selectiva, que no fue refutada por ellos.

Desde el 2003 la concentración se acentuó y, además, se la ha formulado en términos doctrinarios: la mayoría electoral entrega todo el poder al presidente, que a la vez es el conductor del proyecto. Desde el 2011 el discurso contra las instituciones se ha hecho más rotundo. Muchas leyes, de propósitos diversos, han colocado en manos del gobierno nuevos instrumentos de poder, que usa para controlar a las personas y para reprimir las voces disidentes.

No son los instrumentos de entreguerras –policías políticas o grupos partidarios intimidantes o punitivos–, aunque algo de eso se esboza. Pero los servicios de inteligencia del Estado tienen un aire de familia con aquéllos. Y una institución por definición virtuosa, la agencia recaudadora fiscal, ha sido convertida en instrumento de intimidación. Son ejemplos de una lista que cada uno sabrá ampliar.

El gobierno aplica sus instrumentos de intimidación sobre dos categorías extensas: quienes pueden perder su puesto en la administración pública y quienes pueden perder un negocio en el que interviene el Estado. Y también con cualquiera que se le cruce, sea un agente inmobiliario o un prestigioso actor. Los avances sobre los medios de comunicación y la Justicia son muy conocidos y combinan la presión y la extorsión con un discurso que hace de la democracia un instrumento para la unanimidad.

En suma, un régimen cuyo fundamento democrático no puede discutirse avanza más allá de lo que podría denominarse autoritarismo democrático. ¿Se cruzó el umbral que lo separa de la dictadura? ¿Cuándo? No tengo respuestas a esas preguntas, como no la tiene quien ve, a lo largo de diez años, cómo una persona pierde día a día una pequeña porción de su pelo.

Algunos creen que este gobierno todavía está contenido por las instituciones y que éstas, en definitiva, marcarán los límites. No confían en el Parlamento pero sí en la Corte Suprema. Otros lo ven lanzado al futuro, sin nada que perder, sin frenos ni límites ni contrapesos, decidido a arrasar con quien quiera limitar la autoridad del conductor.

No es fácil definir por dónde pasa exactamente el Rubicón: la línea tras la cual es ya es imposible hablar de "democracia autoritaria" y hay que empezar a hablar simplemente de dictadura, o de "cesarismo democrático", como se decía a comienzos del siglo XX. Son procesos, y las palabras y los conceptos están hechos para hablar de cosas estables. Así como los hombres se van quedando calvos, los gobiernos se van poniendo dictatoriales. No sabemos en qué estación de su camino está el nuestro hoy pero presumimos hacia dónde va, a menos que alguien lo detenga.

El autor es profesor de Historia, investigador y miembro del Club Político Argentino.

Fuente: (Diario Río Negro)