Artículos / Opinión
Andrés Molano Rojas

2013: Año electoral y desafíos democráticos para América Latina

(Perspectiva) En términos de democracia electoral es mucho lo que ha avanzado América Latina durante las últimas décadas, desde que empezara a recorrer el camino de la transición, primero, y la consolidación democrática, después. En ello jugó un papel importante (no siempre reconocido con justicia) el sistema interamericano, a través de la Unidad para la Promoción de la Democracia de la OEA y de las Misiones de Observación Electoral. No obstante, queda todavía mucho por hacer: inveteradas prácticas de clientelismo y corrupción electoral todavía afectan, con mayor o menor intensidad, la transparencia y credibilidad de los procesos electorales.

Por Andrés Molano Rojas
14 de febrero de 2013
 

(Perspectiva) Con las elecciones generales (presidenciales y legislativas) que tendrán lugar en Ecuador, este domingo 17 de febrero, se abre el calendario electoral latinoamericano para el año 2013.  Este calendario incluye elecciones generales también en Paraguay, Honduras y Chile; y elecciones legislativas parciales en Argentina.

La regularidad en la celebración de elecciones es un síntoma de buena salud de  las democracias y una garantía que, aunque puramente formal en apariencia, constituye en realidad una condición necesaria del proceso político democrático.  A fin de cuentas, una definición mínima de democracia remite a la idea de que en ella los gobernantes son elegidos para mandatos limitados a través de elecciones periódicas, libres y competitivas en las que virtualmente todos los ciudadanos adultos están llamados a participar.

Libertad, competitividad e inclusión son otras condiciones de validez y legitimidad de los procesos electorales democráticos.  Sin libertad de información, expresión y opinión, o sin libertad de asociación, no hay democracia (aunque haya, como en Cuba, elecciones).  Tampoco la hay en ausencia de competencia política, librada por definición entre partidos y movimientos organizados a través de los cuales se materializa la representación (y la responsabilidad) política y se canalizan las demandas sociales.  Y mucho menos hay elecciones democráticas allí donde amplios sectores de la población son sistemáticamente excluidos del derecho al sufragio y de los demás derechos asociados a la ciudadanía.

En términos de democracia electoral es mucho lo que ha avanzado América Latina durante las últimas décadas, desde que empezara a recorrer el camino de la transición, primero, y la consolidación democrática, después.  En ello jugó un papel importante (no siempre reconocido con justicia) el sistema interamericano, a través de la Unidad para la Promoción de la Democracia de la OEA y de las Misiones de Observación Electoral.  No obstante, queda todavía mucho por hacer: inveteradas prácticas de clientelismo y corrupción electoral todavía afectan, con mayor o menor intensidad, la transparencia y credibilidad de los procesos electorales, y en años recientes, en algunos países de la región, se han deteriorado los indicadores relativos a ciertos derechos, libertades y garantías en ausencia de los cuales cualquier comicio acaba siendo un espejismo nugatorio.

El contexto específico en que se darán los procesos políticos de este año electoral en América Latina varía sustancialmente de un país a otro y está determinado por diversos factores.  En Ecuador, el éxito político cosechado por el presidente Rafael Correa y su proyecto de “Revolución Ciudadana” probablemente sea refrendado con su reelección, lo que implicaría para esa nación dar vuelta a la página de inestabilidad endémica que durante tanto tiempo padeció su sistema político.  Honduras y Paraguay, por su parte, vienen de atravesar episodios políticos críticos (el “zelayazo” y la destitución constitucional de Fernando Lugo) que afectaron no sólo el clima político interno, sino también el relacionamiento de estos países con el entorno regional.  Chile, por su parte, parece transitar positivamente en el camino de la consolidación democrática mediante la alternancia política y el desmonte del modelo de concertación nacional que jugó un papel fundamental en la transición post-dictadura pero que difícilmente podría mantenerse indefinidamente en el tiempo.  Y en Argentina, un escenario de crisis económica cada vez más acuciante y el personalismo del gobierno de Cristina Fernández, constituyen el telón de fondo de una renovación parcial del legislativo en la que la oposición apenas tiene expectativas mínimas para reconfigurar ese poder de manera tal que pueda hacerse un contrapeso efectivo al gobierno kirchnerista.

La democracia no es nunca un producto terminado, y por lo tanto, es siempre perfectible.  No cabe duda de que uno de los instrumentos de constante perfeccionamiento democrático es el proceso electoral: en este sigue teniendo la democracia latinoamericana uno de sus grandes desafíos, pero también una de sus mayores esperanzas.

Andrés Molano Rojas es Director académico de OPEAL.

Fuente: Revista Perspectiva