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Pablo Díaz de Brito

Laboristas y populistas en América latina: el efecto espantapájaros y un antecedente histórico

(Análisis Latino) Luego de los años 90 y su hegemonía global pro-mercado cambió el escenario en el que se deciden las políticas económicas. Es imposible no señalar que el boom de commodities que la región exporta permitió políticas que antes eran prohibitivas, imposibles de financiar, se fuese de izquierda o no. En este contexto de bonanza y de amplio dominio de gobiernos de centroizquierda, los programas de los partidos de centroderecha, casi todos en la oposición, se corrieron hacia la izquierda.

Por Pablo Díaz de Brito
Twitter: @pablodb1
26 de noviembre de 2012
 

(Análisis Latino) Lula se ha vuelto la estrella de cuanto congreso empresarial se hace en el mundo. Pasó por Argentina en octubre pasado y fue la figura central del coloquio anual de IDEA. Que Lula sea loado por grandes empresas da una idea de cómo se ha corrido el centro de gravedad de las políticas económicas y del debate sobre ellas en poco más de una década.

Este señalamiento no es nuevo, al contrario, ya es generalizado. Aunque cuando se hace desde cierto progresismo radicalizado viene acompañado de descalificaciones -generalmente referidas a la paleontología- para quienes presuntamente "se quedaron en los 90". Pero, efectivamente, desde que cambió el milenio los gobiernos y los empresarios (en Latinoamérica, cuidado, no en todo el mundo, mucho menos en Asia, que es el motor de la economía mundial que alimenta a Latinoamérica) han debido remodelar sus políticas y resignar posiciones. Su poder de veto disminuyó mucho respecto de lo que un gobierno puede o no hacer. Lula y su heredera Dilma Rousseff son vistos en este contexto como el mal menor en Brasil, o poco menos que eso: no reciben por cierto un tratamiento benigno ni elogioso de los medios brasileños, como ocurre en el exterior. A diferencia del entusiasmo mostrado por sus colegas argentinos, los empresarios brasileños han decidido al parecer conformarse con Lula y su pupila, y los chilenos con Bachelet (a la que ya casi todos ven de vuelta en La Moneda en un par de años). Al parecer, piensan algo así como "mejor resignarse a esto y no que se nos aparezca un Chávez". Después de todo, con los socialdemócratas o laboristas (eso son Lula, Dilma, Bachelet, Mujica) se puede hablar y acordar.

Conviene al respecto rescatar algunas anécdotas que pintan bien el asunto. Durante el primer verano de su presidencia, el uruguayo Pepe Mujica se presentó en un congreso de empresarios en Punta del Este. El público era casi exclusivamente argentino. Pepe fue, como siempre, llano y directo: "Tráiganla acá, que no se van a arrepentir, su inversión va a estar segura", les dijo sin vueltas el viejo tupamaro devenido león herbívoro. Seguramente Tabaré Vázquez o Bachelet hubiesen dicho lo mismo pero con un vocabulario más elaborado.

En Brasil, país de dimensión continental, con recursos naturales de todo tipo y una población que asegura un gran mercado interno, son más exigentes, al punto que frenan el ingreso de capitales para evitar en lo posible el fortalecimiento del real. Pero los equipos de Dilma y Lula están formados con gente como el ministro Guido Mantega y el presidente del banco central, Alexandre Tombini, gente que conoce a los mercados y sintoniza con ellos. Los dirigentes del PT se guardan sus cuadros radicales para otras áreas, preferiblemente las relaciones exteriores, ese vasto mundo que está allá afuera, lejos de la economía real. A la vez, debe recordarse que, al llegar al poder en enero de 2003, Lula no tardó en desinflar las grandes expectativas que había puesto en él la izquierda radical de todo el continente. La misma que asistía a los Foros de Porto Alegre que convocaba, precisamente, el PT de Lula. Este decidió, como se sabe, seguir con la política económica de Fernando Henrique Cardoso y así lo hizo durante toda su primera presidencia. Crecimiento moderado y consolidación fiscal fueron los nortes de esa primera gestión.

En agosto de 2003, la publicación América Economía registraba esta inesperada conducta de Lula y la rebelión del PT contra su ministro de Hacienda, Antonio Palocci: "Da Silva, que ha concedido escasas entrevistas desde que asumió el poder en enero, calificó de ‘falsas’ las recientes conjeturas sobre una posible renuncia de Palocci: ‘Aquellos que apuestan en contra de Palocci perderán’, afirmó. El ministro ha puesto en marcha una estricta política económica que tiene el fin de reducir la inflación y aumentar la confianza de los consumidores a través de altos tipos de interés y una disciplina fiscal que es más rígida que la establecida por el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Mientras los inversores aplaudían la ortodoxia económica de Palocci, algunos empresarios y numerosos miembros del PT han criticado lo que consideran una continuación de las políticas neoliberales aplicadas en los últimos años".

Como anticipaba la nota periodística, la ortodoxia inicial de Lula tuvo poco después costos políticos, y hubo varias purgas y hemorragias en el PT. Con los campesinos del Movimiento Sin Tierra la ruptura fue total. Lo mismo ocurrió luego con los ecologistas. Sin embargo, hoy ha quedado registrado en la memoria colectiva el Lula de la segunda presidencia, el que se retiró en enero de 2011 a toda orquesta con un país creciendo como una locomotora y con la inflación que superaba el 6%.

Como se sabe, la sucesora de Lula, Dilma, ordenó desde su primer día en el gobierno podar aquellos excesos de Lula con planes de restricción monetaria y presupuestaria. Recién cambió estas políticas ante la brusca caída de la actividad en 2012.

Los propagandistas regionales que quieren ver una unidad sin fisuras entre los populismos autoritarios y los gobiernos laboristas-socialdemócratas, obvian estas diferencias de primer orden. Han borrado aquella primera presidencia de Lula, y soslayan la "ortodoxia" fiscal y monetaria de Dilma. Tratan falazmente de homologar a unos con otros, cuando es manifiesto que son especies diferentes: socialdemócratas a la latinoamericana, unos; populistas, los otros. Los primeros reciben una lluvia de inversiones extranjeras, los segundos ven cómo los capitales huyen de sus países. El único punto que da cierta verdad o asidero a quienes operan esta homologación propagandística es la política exterior de los laboristas y socialdemócratas, sobre todo la practicada por Brasil, aunque también el FA uruguayo recurre a este dualismo compensatorio. Como se dijo, las RREE son el territorio donde el PT suele compensar su total falta de radicalismo con la economía de mercado a nivel doméstico.

Pero el modelo lulista es además "ortodoxo" y hasta de "derecha" en otros terrenos: por ejemplo, con motivo del próximo Mundial, Dilma privatizó aeropuertos y piensa hacer lo mismo con estadios tan emblemáticos como el Maracaná. Algo impensable para sus amigos populistas del ALBA y la Argentina.

También merece señalarse la política de seguridad brasileña, especialmente la referida a las favelas y sus narcos. Allí Lula envió poco antes de las elecciones que ganó Dilma nada menos que al Ejército y la Infantería de Marina. Mandó, literalmente, "a los tanques", para que se entienda. Hace poco, Dilma envió nuevamente al ejército a ocupar favelas en Río, ya que la ciudad debe estar "presentable" para el ya próximo Mundial. Estas políticas parecen propias de un gobierno de derecha, y de derecha en serio, a decir verdad. Pero nada dicen de esto los propagandistas homologadores, que insisten en ver identidades entre Chávez y Dilma, entre Evo Morales y Pepe Mujica.

La conclusión de todo este asunto es doble: por un lado, es obvio que luego de los años 90 y su hegemonía global pro-mercado cambió el escenario en el que se deciden las políticas económicas. Es imposible no señalar que el boom de commodities que la región exporta permitió políticas que antes eran prohibitivas, imposibles de financiar, se fuese de izquierda o no. Recordemos que la principal exportación de Brasil no son los autos de San Pablo ni la soja: es el mineral de hierro, que va casi todo a Asia.

En este contexto de bonanza y de amplio dominio de gobiernos de centroizquierda, los programas de los partidos de centroderecha, casi todos en la oposición, se corrieron hacia la izquierda. El PRO argentino, por ejemplo, se declara desarrollista y admirador del presidente

Arturo Frondizi. Pero exactamente lo mismo, aunque en sentido inverso, había pasado en los años 90. Eran los tiempos de la Tercera Vía de Tony Blair como nuevo modelo de referencia de la socialdemocracia, de los demócratas centristas de Bill Clinton ... y de Chacho Alvarez, líder del Frepaso argentino y gran amigo de los mercados. También, del gobierno solo nominalmente socialista de Ricardo Lagos en Chile.

Efecto pedagógico: el espantapájaros del Siglo XXI

Por otra parte, esa otra izquierda, que Chávez representa mejor que nadie, tiene un involuntario valor pedagógico. La existencia de Chávez y los pésimos resultados económicos y por tanto sociales que logra sirven de eficaz advertencia a todos en la región: no sólo a los empresarios que eligen al "mal menor" de Lula, Mujica o Humala. La advertencia llega también a las bases y cuadros medios del PT brasileño y del FA uruguayo, que se ratifican en su opción socialdemócrata al ver los desastrosos resultados de la gestión chavista (inflación de dos dígitos, desabastecimiento de bienes básicos de consumo, crisis energética, eliminación del 80% de las empresas privadas en 14 años de gobierno, etc.). Chávez actúa así, involuntariamente, de "cuco": tanto para políticos socialistas y laboristas como para los empresarios. Funciona, contra su voluntad, como un espantapájaros del siglo XXI, mucho más que como heraldo del socialismo del siglo XXI.

Algo semejante sucede con la desastrosa gestión económica de la Argentina K. Inflación de dos dígitos y espiralizada, falsificación de encuestas públicas, estancamiento de la producción industrial y ahora un rebrote de la crisis de la deuda en default por un fallo judicial en Nueva York que espantan a sus vecinos. El último y severo dictamen del juez Thomas Griesa es algo que cualquier gobierno equilibrado hubiera sabido evitar, manejando el tema con sobriedad, jamás con la jefa de Estado, su ministro de Economía y su canciller (a este último se lo olvida) afirmando a los gritos que no pagarían un centavo, fallare como fallare el juez. Una persona razonable les podría preguntar a los gobernantes argentinos: y entonces, ¿para qué litigan, por qué gastan dinerales en honorarios si no aceptan la autoridad del tribunal? Está claro que este episodio, junto con el de la fragata secuestrada en un puerto africano son vistos en Brasilia, Montevideo y otras capitales regionales como ejemplos de manual de mal manejo gubernamental, de lo que nunca debe hacerse. Ni una palabra de "solidaridad latinoamericana" ha surgido en respaldo de la Argentina desde las cancillerías, ni tampoco del Mercosur y la UNASUR. Un silencio más que sintomático.

Antecedente histórico

Este cuadro regional, en el que gobiernos de izquierda radical actúan como "malos ejemplos" a no seguir recuerda muchísimo la situación que se dio luego de la II Guerra Mundial en Europa Occidental. Allí los grandes partidos de centroderecha (Democracia Cristiana en Alemania e Italia, el gaullismo en Francia) construyeron el Estado de bienestar y la llamada "economía mixta", con múltiples empresas estatales (el conservador De Gaulle llegó a nacionalizar la banca). La vecindad del gigante comunista soviético y la existencia de grandes partidos comunistas y socialistas radicales-marxistas (se socialdemocratizaron unos años después), en sus propios países, impulsaron sin dudas esas políticas. Recordemos que en Francia, apenas terminada la guerra, muchos veían como inminente una rebelión y toma del poder por parte del PCF y sus partisanos. Algo casi idéntico se vivió en Italia. La convicción personal de que

construir el Estado de bienestar era la política correcta fue estimulada por la intimidante vecindad de Stalin y sus aliados locales. Hoy pasa algo en cierta forma parecido en América latina, y es bastante seguro que si un gobierno de centroderecha llega al poder en Brasil o Uruguay en los próximos años, continuará las principales políticas sociales del PT y el FA. La muy mala experiencia de Sebastián Piñera en Chile sirve también de ulterior advertencia.

 
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