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Yoani Sánchez

Asunto de cartománticos

(El País) Será difícil encontrar en la historia contemporánea alguien a quien los rumores hayan matado más veces que a Fidel Castro. Una de las razones de esta obsesión de exterminio es el excesivo peso que ha tenido en nuestro último medio siglo cubano, la desproporcionada preeminencia de la voluntad personal del Máximo Líder en cada uno de los acontecimientos que nos han ocurrido, sean estos trascendentales o banales.

Por Yoani Sánchez
Twitter: @yoanisanchez
17 de agosto de 2012
 

Un día mis nietos me preguntarán; “¿Cómo se llamaba abuela… cómo se llamaba?
¿Gastro… Mastro…?”. Y me molestaré con ellos por su olvido, por su ligereza… pero
cuando vire la espalda me reiré aliviada, compensada.

(El País) Con sus larguísimas uñas plásticas, tira las cartas en una esquina habanera para leer el destino a quien le pague un peso convertible por la consulta. Le preguntan acerca de casi todo, sobre casas, amores, viajes al extranjero y problemas con la justicia. Pero durante esta semana sus clientes le repiten en varias ocasiones una misma interrogante: ¿Está vivo Fidel Castro? Le sorprendió, porque hacía meses que nadie indagaba sobre el Ausente en Jefe. Después recordó que había llegado agosto y se acercaba el cumpleaños del otrora Presidente y entonces comenzó a comprender el porqué de tanta curiosidad. El primero que intentó averiguarlo fue un señor canoso que mascaba un tabaco, después la abordó aquella mujer casada con un empresario extranjero y más tarde un muchacho imberbe con pinta de rockero.

Las barajas son esquivas y ningún cartomántico que se respete se lanza a decir un vaticinios sin hacerle caso a su intuición. “Simbólicamente ya no existe, pero aún respira” fue la frase que le salió de los labios como si se la estuvieran dictando desde otra dimensión. A la medianoche, de ese mismo día, interrumpieron la programación televisiva para transmitir un homenaje por el 86 cumpleaños de Fidel Castro. Eran sólo imágenes de archivos, testimonio de sus mejores momentos cuando gobernaba toda una Isla desde la ventanilla de su jeep. Venían acompañados de una música de notas almibaradas y voces muy agudas, que algunos interpretaron como un kiries. A lo largo del día no apareció en vivo y en directo frente a las cámaras de la televisión, ni siquiera envió un mensaje a sus seguidores. La señora de la copa de agua y las barajas respiró aliviada. Su profecía no había estado tan errada. Ese hombre vive, pero todo lo que simbolizaba se está desvaneciendo.

Será difícil encontrar en la historia contemporánea alguien a quien los rumores hayan matado más veces que a Fidel Castro. Una de las razones de esta obsesión de

exterminio es el excesivo peso que ha tenido en nuestro último medio siglo cubano, la desproporcionada preeminencia de la voluntad personal del Máximo Líder en cada uno de los acontecimientos que nos han ocurridos, sean estos trascendentales o banales. Un poema apologético del año 1959, que remedaba la Marcha Triunfal de Rubén Darío, achacaba al joven barbudo la autoría absoluta e indiscutible de todos los logros de la revolución triunfante, los ya consolidados y los por venir. A lo largo de este tiempo la propaganda oficial se encargó de mantener aquella ilusión de que todo se debía a la “genial conducción del invencible Comandante en Jefe”. Recuerdo que en la segunda mitad de los años 90, cuando se abrieron en La Habana varios restaurantes vegetarianos, una periodista del Noticiero Nacional de televisión afirmó ante las cámaras que ahora podíamos disfrutar de esa nueva opción gracias a la idea sugerida por Fidel Castro. Un amigo, que tiene la costumbre de pensar de forma inversa al gobierno, hizo esta sugerente pregunta: ¿Entonces llevamos más de 40 años sin restaurantes vegetarianos por culpa del comandante?

Desde el 31 de julio de 2006, la salud le jugó una mala pasada al dirigente histórico y se vio obligado a transferir el mando a su hermano Raúl Castro. El fidelismo comenzó entonces a diluirse, pero muy lentamente. Eso se debe a que los rasgos que perfilaron la singularidad del proceso revolucionario cubano no fueron fruto del análisis colectivo de un partido, ni siquiera devenían del riguroso cumplimiento de la doctrina marxista leninista, eran en esencia los caprichos de un hombre que supo concentrar en su persona el poder absoluto. Y sus antojos abarcaban todas las esferas de la vida nacional: la ganadería, la industria azucarera, la educación, la salud pública, la cultura, la defensa, el turismo, la religión. En cada una de ellas dejó su impronta con la intromisión y la agresividad de quien cuchilla en mano se dispone a marcar los árboles de un bosque, todos los troncos que conforman un bosque, no importa su grosor ni su tamaño.

Ahora el símbolo se está desvaneciendo, sin aspavientos, más bien con alivio para los muchos que tuvimos que soportarlo en sus momentos de mayor vitalidad. Quizás respire por algunos años más, quién sabe. Pero eso sí, ya se está apagando la curiosidad por saber si su obstinado corazón sigue latiendo.

Fuente: Blogs El País (Madrid, España)