¿Se acabaron las protestas? Una reacción al análisis de L. Eduardo Domínguez
Las protestas no se han acabado, están a la espera de ser articuladas. El reto está en transformar la indignación dispersa en acción organizada, con recursos, dirección y principios que la conviertan en motor de cambio.
El artículo de L. Eduardo Domínguez titulado ¿Se acabaron las protestas? plantea una interrogante de gran relevancia para comprender la dinámica social contemporánea. Durante un período, las calles se llenaron de discusiones, videos y barrios movilizados; algunas manifestaciones fueron pacíficas, otras derivaron en incendios y daños patrimoniales. Hoy, pareciera que la situación se ha calmado. Surge entonces la pregunta: ¿qué ocurrió? ¿La ciudadanía se cansó, se acostumbró, dejó de creer en la utilidad de la protesta?
Domínguez ofrece un análisis sólido desde la psicología, la sociología y la filosofía, apoyándose en teorías como la habituación, la adaptación hedónica, la indefensión aprendida, la eficacia colectiva, la privación relativa y el agotamiento social. Todas ellas ayudan a explicar la parálisis relativa que observamos en la movilización social.
No obstante, la realidad demuestra que las protestas no han desaparecido del todo. Ejemplos recientes en Fontanar y Jaimanita, La Habana, evidencian que la chispa de la movilización sigue viva, aunque sea de manera espontánea y localizada. Esto confirma que los instintos básicos de supervivencia y justicia poseen un enorme potencial de involucramiento.
Más allá del análisis académico, es imprescindible considerar otros factores que Domínguez no abordó:
- La articulación del descontento: sin organización, la energía social se dispersa.
- La institucionalización de la protesta: convertir la indignación en estructuras duraderas es clave para sostenerla en el tiempo.
- El liderazgo transformador: como demostró José Martí en la organización de la guerra necesaria, la capacidad de movilizar y dar dirección puede vencer las fuerzas desmovilizadoras.
- El financiamiento: sin recursos materiales, la estructuración de la protesta se ve limitada, lo que explica en parte su fragilidad actual.
- La filosofía humanista y/o de la Noviolencia: el liderazgo, la organización y la estrategia deben estar acompañados de valores y actitudes, capaces de generar un enrolamiento constructivo y evitar que la protesta derive en mera destrucción.
En el contexto de la atomización social contemporánea, es cierto que las protestas espontáneas pueden disminuir. Sin embargo, la historia enseña que cuando existe liderazgo, disciplina, visión estratégico-táctica y una filosofía basada en valores, incluso sociedades aparentemente pasivas pueden despertar y actuar.
La conclusión es clara: las protestas no se han acabado, están a la espera de ser articuladas. El reto está en transformar la indignación dispersa en acción organizada, con recursos, dirección y principios que la conviertan en motor de cambio.
El artículo de L. Eduardo Domínguez titulado ¿Se acabaron las protestas? plantea una interrogante de gran relevancia para comprender la dinámica social contemporánea. Durante un período, las calles se llenaron de discusiones, videos y barrios movilizados; algunas manifestaciones fueron pacíficas, otras derivaron en incendios y daños patrimoniales. Hoy, pareciera que la situación se ha calmado. Surge entonces la pregunta: ¿qué ocurrió? ¿La ciudadanía se cansó, se acostumbró, dejó de creer en la utilidad de la protesta?
Domínguez ofrece un análisis sólido desde la psicología, la sociología y la filosofía, apoyándose en teorías como la habituación, la adaptación hedónica, la indefensión aprendida, la eficacia colectiva, la privación relativa y el agotamiento social. Todas ellas ayudan a explicar la parálisis relativa que observamos en la movilización social.
No obstante, la realidad demuestra que las protestas no han desaparecido del todo. Ejemplos recientes en Fontanar y Jaimanita, La Habana, evidencian que la chispa de la movilización sigue viva, aunque sea de manera espontánea y localizada. Esto confirma que los instintos básicos de supervivencia y justicia poseen un enorme potencial de involucramiento.
Más allá del análisis académico, es imprescindible considerar otros factores que Domínguez no abordó:
- La articulación del descontento: sin organización, la energía social se dispersa.
- La institucionalización de la protesta: convertir la indignación en estructuras duraderas es clave para sostenerla en el tiempo.
- El liderazgo transformador: como demostró José Martí en la organización de la guerra necesaria, la capacidad de movilizar y dar dirección puede vencer las fuerzas desmovilizadoras.
- El financiamiento: sin recursos materiales, la estructuración de la protesta se ve limitada, lo que explica en parte su fragilidad actual.
- La filosofía humanista y/o de la Noviolencia: el liderazgo, la organización y la estrategia deben estar acompañados de valores y actitudes, capaces de generar un enrolamiento constructivo y evitar que la protesta derive en mera destrucción.
En el contexto de la atomización social contemporánea, es cierto que las protestas espontáneas pueden disminuir. Sin embargo, la historia enseña que cuando existe liderazgo, disciplina, visión estratégico-táctica y una filosofía basada en valores, incluso sociedades aparentemente pasivas pueden despertar y actuar.
La conclusión es clara: las protestas no se han acabado, están a la espera de ser articuladas. El reto está en transformar la indignación dispersa en acción organizada, con recursos, dirección y principios que la conviertan en motor de cambio.
