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19.06.26

El socialismo cubano: de la utopía guevarista al capitalismo de Estado extemporáneo

La historia económica de Cuba desde 1959 ha sido un proceso camaleónico de mutaciones constantes —pasando del idealismo guevarista al pragmatismo soviético, luego a las reformas de supervivencia del Periodo Especial y hoy a un capitalismo de Estado tardío inspirado en China y Vietnam— con el único fin de garantizar la supervivencia de la élite gobernante sin democratización.

La historia económica de Cuba desde 1959 hasta la actualidad es la de un sistema que ha mutado constantemente en busca de legitimidad y supervivencia, pero que nunca ha logrado superar sus problemas estructurales de baja productividad, ineficiencia y atraso relativo. El "proyecto revolucionario" comenzó con un modelo idealista, inspirado por la visión de Ernesto Che Guevara, que pretendía eliminar los mecanismos de mercado y sustituirlos por incentivos morales y la movilización del “hombre nuevo”. La economía debía funcionar como un gran presupuesto centralizado, con un plan perfecto que reemplazara al mercado. Sin embargo, la realidad fue otra: desajustes financieros, caída de la productividad y el fracaso emblemático de la “zafra de los 10 millones” en 1970 marcaron el límite de aquel experimento.

Tras ese fracaso, se impuso un modelo más pragmático, defendido por Carlos Rafael Rodríguez, que aceptaba un uso limitado de mecanismos de mercado y buscaba estabilidad financiera. En la década de 1970, Cuba adoptó plenamente el esquema soviético clásico: planificación rígida, incentivos materiales y racionalización del capital y del trabajo. Este modelo permitió cierto crecimiento y una mejora en el consumo, pero a costa de una dependencia absoluta de la Unión Soviética. Incluso dentro del campo socialista, Cuba se mantuvo como el país más atrasado en términos de productividad y competitividad.

El colapso del bloque socialista en 1991 obligó a una apertura parcial. La reforma constitucional de 1992 introdujo la inversión extranjera, la legalización del dólar y un conjunto de medidas de emergencia para sobrevivir al “Período Especial”. Fue una etapa de reformas de supervivencia, no de transformación estructural. La economía se sostuvo gracias al turismo, las remesas, algunos nichos de inversión y, de manera creciente, la exportación de servicios profesionales, especialmente en el sector de la salud, que se convirtió en una de las principales fuentes de divisas del país. Sin embargo, los problemas de fondo persistieron: bajos ingresos reales, pobreza relativa y una infraestructura productiva obsoleta.

En la actualidad, bajo el tutoría de Miguel Díaz-Canel, Cuba transita hacia un modelo que se asemeja a un capitalismo de Estado, inspirado en las experiencias de China y Vietnam. Se han aprobado medidas de descentralización hacia los municipios, apertura a pequeñas y medianas empresas privadas —incluso con más de 100 trabajadores—, reducción del papel del Estado en sectores no estratégicos y cierta liberalización en política monetaria y financiera. Estas reformas fueron discutidas primero en el Comité Central del PCC y luego en la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde no se registró una sola objeción. La aprobación explícita del General Raúl Castro funcionó como contención de cualquier intento de oposición, reivindicando la “dirección histórica” y el marxismo-leninismo como marco ideológico. Este mecanismo disciplinario refleja la ausencia de debate político real y la continuidad de una élite que controla el poder sin democratización.

El problema central es que, a lo largo de todas estas mutaciones, nunca se ha resuelto la baja productividad, la falta de competitividad y los ingresos reales deprimidos. Cuba fue el país más atrasado dentro del campo socialista y ahora, en su intento de emular a China y Vietnam, arrastra las mismas deficiencias estructurales. La apuesta por un capitalismo de Estado llega de manera extemporánea: en un mundo globalizado y competitivo, Cuba carece de las condiciones para replicar el éxito asiático. Pretender que este nuevo programa merece otro “cheque en blanco” es ignorar la evidencia histórica de un sistema que ha sobrevivido gracias a la adaptación pragmática, pero nunca ha logrado transformar su base productiva ni mejorar sustancialmente el bienestar de su población.

En conclusión, el socialismo cubano ha sido un proceso camaleónico que pasó del idealismo radical al pragmatismo soviético, luego a reformas de emergencia y hoy a un capitalismo de Estado tardío. Lo único que permanece inmutable es la élite política, que ha preservado su poder sin democratización. Más que una revolución en constante transformación, lo que se observa es un sistema que se reinventa para sostenerse, pero que nunca logra superar su atraso económico. La falta de democracia y libertad política explica en parte el fracaso de los programas anteriores y condiciona el presente: las reformas actuales no deberían ser vistas como una solución definitiva, sino como otro intento de prolongar un modelo agotado.