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Fernando J. Ruiz

Cuba: de la revolución y del socialismo sólo quedó la dictadura

El gobierno cubano ha impactado en marzo y abril del 2003 el escenario internacional hasta casi convertirse en la segunda noticia, después de la guerra de Irak. El régimen de Fidel Castro aprovechó la ‘distracción’ mundial para arremeter contra decenas de militantes de la sociedad civil cubana, que pacífica y democráticamente iban ganando espacio en el interior y en el exterior de la isla. El 18 de marzo inició la detención de alrededor de ochenta personas, entre las que había 28 periodistas independientes, y alrededor de cincuenta promotores del denominado Proyecto Varela, coordinado por el disidente Osvaldo Payá.

Por Fernando J. Ruiz
Twitter: @fejaruiz
28 de junio de 2003
 

El gobierno cubano ha impactado en marzo y abril del 2003 el escenario internacional hasta casi convertirse en la segunda noticia, después de la guerra de Irak. El régimen de Fidel Castro aprovechó la ‘distracción’ mundial para arremeter contra decenas de militantes de la sociedad civil cubana, que pacífica y democráticamente iban ganando espacio en el interior y en el exterior de la isla. El 18 de marzo inició la detención de alrededor de ochenta personas, entre las que había 28 periodistas independientes, y alrededor de cincuenta promotores del denominado Proyecto Varela, coordinado por el disidente Osvaldo Payá.

El Proyecto Varela tiene como objetivo convocar un referéndum para que el parlamento cubano vote una amnistía de los presos políticos, convoque a elecciones, otorgue los derechos de expresión y asociación, y permita el emprendimiento económico particular. En mayo del 2002, a pesar de la dureza del régimen, se pudieron presentar alrededor de once mil firmas –más de las necesarias- para que el parlamento cubano trate ese proyecto.

La reciente reacción de la dictadura parece demostrar que tanto la prensa independiente como el Proyecto Varela fueron palancas democratizadoras que lo perturbaron, más allá de las permanentes declaraciones sobre la irrelevancia de ambos caminos iniciados por la disidencia. Un centro de estudios de la disidencia, cuyo director ahora también está preso, calculó que hacia fines del 2002 había alrededor de veinte mil personas que ya habían asumido una ruptura pública con el régimen. Los sucesos de marzo y abril del 2003 parecen haber sido un nuevo intento por degollar a la emergente sociedad civil. La impresión es que cada vez el régimen deberá pagar costos políticos internacionales más altos para frenar la oposición interna, y cada vez esta podrá más rápido reconstruirse. Por eso la tendencia a la transformación del régimen político puede ser inexorable.

No han ocurrido disidencias públicas entre los funcionarios del régimen. El régimen ahora prácticamente es personalista, y está ligado a la figura única de Fidel Castro. No parece nada probable que este tipo de régimen pueda trascender a su creador, sino que más bien está desarrollando un ciclo vital similar a él. El sucesor designado, Raúl Castro, no parece tener el carisma ni los apoyos necesarios para sostener una férrea dictadura como la que hoy está vigente. Entre los sectores más conservadores del régimen y posiblemente también de los Estados Unidos, la alternativa más deseable es una transición lenta, en la cual el Partido Comunista de Cuba se transforme de partido único en partido hegemónico y luego se inicie un lento y gradual aterrizaje hacia el pluralismo partidario, y se expanda hacia el resto de las esferas sociales y económicas.

Las decenas de disidentes detenidos han sido castigados con penas de cárcel que oscilan entre los 10 y 28 años de cárcel, y esa severidad produjo conmoción en la comunidad internacional de naciones democráticas que tenían una relación cada vez más estrecha con los disidentes. Desde hacía por los menos una década, estos disidentes habían ido anudando relaciones con las principales organizaciones de la sociedad civil mundial, y con las más importantes embajadas de las naciones democráticas de América y Europa. De hecho, varios diplomático europeos quisieron presenciar los supuestos juicios públicos en los que condenó a los disidentes, aunque no fueron autorizados a hacerlo. Durante el mes de abril también ocurrieron sucesivos casos de secuestros de aeronaves y barcos para escapar de la isla. Cuando una embarcación que realizaba un viaje local desde La Habana fue secuestrada, y posteriormente los secuestradores fueron capturados, tres de ellos fueron fusilados sumariamente y eso amplió a una nueva dimensión la ola de reacción internacional frente a la dictadura cubana.

Por la guerra de Irak, la sensibilidad internacional con respecto a los derechos humanos no parece haberse ‘distraído’ sino que más bien se sensibilizó, y resultó contraproducente seguramente para la dictadura castrista, a pesar de sus cálculos tácticos. El resultado fue que veteranos simpatizante de los sectores de la izquierda internacional comenzaron a dudar de su apoyo a la dictadura cubana, y comenzaron a realizar apoyos más ambiguos o directamente a repudiarla en forma explícita. Entre las críticas ambiguas se encuentran las de los escritores Gabriel García Márquez, Mario Benedetti o Eduardo Galeano; y entre las críticas más explícitas están las de los escritores José Saramago, Susan Sontag y Carlos Fuentes. Una mayoría de los partidos de la izquierda europea han expresado su rechazo a los sucesos de marzo y abril perpetrados por la dictadura castrista, pero en la región latinoamericana la actitud de esas corrientes políticas aún está mucho menos generalizada.

La dictadura gana apoyos cuando el gobierno de Estados Unidos la ataca, y por eso Castro intenta centrar allí su disputa principal, a pesar de que la Unión Europea está cuestionando tan severamente como aquel a la dictadura. Parte del éxito internacional de la dictadura consiste en que no se pueda desligar la cuestión cubana de la política exterior de los Estados Unidos, la que, después de la guerra, es una de las cosas más impopulares del mundo. Mientras sea el gobierno de Estados Unidos quien lidere la agresión retórica contra la isla, el dictador logrará sus objetivos: que su pequeño país luche por su soberanía frente al gigante que lo quiere anexar. Esa frase forma parte de la ficción política, pero ha logrado que se internalice en centenares de pensadores y políticos del mundo entero.

La democracia tendrá más posibilidades de instalarse en Cuba cuando sean los países latinoamericanos y los países europeos los que lideren la presión internacional contra la dictadura. La particular presencia hegemónica de Estados Unidos hace que cuando ellos ingresan a la presión internacional, se dispersan otras fuerzas que realizarían presiones democratizantes más efectivas.

 
Acerca del autor
Fernando J. Ruiz
Fernando J. Ruiz
Profesor e investigador tiempo completo de Periodismo y Democracia e Historia de la Comunicación en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral (Argentina). Doctor en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra y Licenciado en Ciencias Políticas, Universidad Católica Argentina (UCA). Es autor de los libros “Las palabras son acciones: historia política y profesional del diario La Opinión de Jacobo Timerman, 1971-77”, “Otra grieta en la pared: informe y testimonios de la nueva prensa cubana”, “El señor de los mercados. Ambito Financiero, la City y el poder del periodismo económico”. Es vicepresidente del Foro de Periodismo Argentino (Fopea).
Twitter: @fejaruiz