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Marcos Novaro

Suba de retenciones: ¿Puede reeditarse la crisis del campo de 2008?

(TN) Una quita de 33% sobre 300 dólares es más dañina para el productor que el 45% sobre 600 dólares que pretendieron aplicar Cristina y Alberto doce años atrás, en marzo de 2008. Pero el contexto es otro.

Por Marcos Novaro
4 de marzo de 2020
 
Suba de retenciones: ¿Puede reeditarse la crisis del campo de 2008?

(TN) Finalmente, el gobierno nacional hizo lo que los agricultores temían: subió aún más las retenciones a la soja. Justo cuando los precios internacionales están cayendo, y con ellos las rentabilidades esperadas al momento de sembrar, la primavera pasada.

Para muchos productores, sobre todo en zonas marginales, ganancias ya escasas se acaban de convertir en quebranto: el fisco, los productores de insumos, las empresas exportadoras, todos ellos seguirán sacando su tajada, pero quienes se ocupan de sembrar van a pérdida, trabajan por nada, o menos que nada; así funciona el perverso mecanismo de las retenciones.

Para moderar el golpe, el gobierno nacional anunció también que va a segmentar el impuesto: los que produzcan menos de 1000 toneladas recibirán una compensación. Habrá que ver cómo funciona el mecanismo: la retención se cobra en el puerto, en dólares, a toda la soja por igual, después tendrán que ir los productores pequeños y medianos a pedir que les devuelvan una parte; ¿cómo lo hará el fisco?, en pesos, claro (obviando el 30% de “impuesto solidario), tomándose su tiempo y poniendo vaya uno a saber cuántas condiciones. Puede que un porcentaje bastante menor de lo recaudado vuelva al bolsillo de sus legítimos dueños.

Además, se establecieron reducciones para otros productos, muchos de los cuales habían dejado de ser del todo rentables con las subas dispuestas en diciembre, apenas llegó al poder Alberto Fernández. Pero el problema es que la soja representa el 70% de la producción agrícola. Se entiende por tanto que las zonas productivas estén soliviantadas, se multipliquen las asambleas y los reclamos por medidas de fuerza. Muchos piensan en los pueblos y ciudades pampeanas que la Mesa de Enlace es demasiado conciliadora, lo mismo que decían en marzo de 2008 los productores “autoconvocados”, recientemente descalificados por el presidente como “militantes del PRO”.

¿Puede repetirse lo sucedido con la resolución 125, una escalada de protestas, que movilice a favor y en contra no solo a la población de las zonas productivas, sino al resto de la sociedad? En términos económicos, la situación es mucho peor que entonces: los alrededor de 100 dólares que se quedará a partir de ahora la AFIP son mucho más necesarios para el bolsillo de los agricultores, y sus clientes y proveedores, que los 200 que ya se quedaba a principios de 2008, y que quiso llevar a casi 300; simplemente porque entonces, aún con esa quita, la enorme mayoría de los sojeros seguía ganando, y podría seguir consumiendo e invirtiendo, mientras que ahora una buena porción de ellos va a quedar por debajo de sus costos, y esa penuria va a extenderse en las ciudades y pueblos donde viven y trabajan.

Sin embargo, como el contexto es ya de penuria generalizada, a diferencia de lo que sucedía 12 años atrás, las posibilidades de que la protesta se extienda son mucho más bajas que entonces.

Primero y fundamental, porque a los propios productores ese contexto los desalienta: en la escasez no hay tantas ganas de pelearla como en la abundancia. Ya lo han probado siglos de experiencia sindical: los gremios de los trabajadores también suelen ser más combativos en un contexto de crecimiento, que en uno de recesión, cuando lo que quieren y necesitan los laburantes es sobrevivir. Así que lo más probable es que los chacareros apuesten a eso, a sobrevivir, y con toda lógica.

Por otro lado, el gobierno de Alberto esto ya lo vivió: sabe que no conviene polarizar con el campo agitando a sus potenciales aliados urbanos, o a los que él pudiera encontrar en la propia coalición oficial. Y, al mismo tiempo, también sabe que hay muchos menos actores políticos dispuestos a escuchar los reclamos del campo que entonces, porque también ellos han pasado de un contexto de abundancia a uno de escasez: en 2008 muchos intendentes y gobernadores, incluso peronistas, podían sentirse libres de solidarizarse con el campo porque descontaban que no iban a tener problemas para pagar los sueldos a fin de mes, así que si había protestas en sus territorios, tendían a solidarizarse con ellas, desafiando al gobierno nacional; hoy en cambio saben que si no sube la recaudación nacional los primeros que van a sentirlo van a ser ellos, y preferirán entonces que haya un corte de ruta antes que una acampe asediando sus despachos. Corren más chance de que sus propios empleados, no los chacareros, los tiren por la ventana, así que privilegiarán los intereses de aquellos por sobre los de estos.

Por otro lado, en su dura puja con los capitalistas por descargarles el “costo argentino”, que no se le pasa por la cabeza reducir, el gobierno de Alberto sabe que solo podrá exprimir a quienes tienen enterrado su dinero en el país, y no pueden escapar de él. Es el caso de los acreedores, quienes no se desprendieron a tiempo de nuestros bonos, frente al resto de los capitalistas financieros que ya volaron lejos de estas costas, y es el caso de los chacareros frente a otros productores y empresarios que, en cuanto pudieron, movieron su capital al otro lado de las fronteras. La tierra no hay forma de llevársela a ningún lado, esa es su gran desgracia. Y como dice un exministro de economía de Kirchner, quienes están atados a ella solo saben sembrar, así que cabe esperar que seguirán haciéndolo, aunque pierdan plata y pataleen.

No será el caso, claro, de los condenados “pools de siembra”, que desde hace tiempo se han estado mudando a Paraguay, y multiplican las barcazas cargadas de soja que bajan por el Paraná. Los que no tuvieron los medios o el olfato para irse, y los que están atados a la tierra, por lazos de propiedad y costumbre, son los que están más sonados. Y tiene su lógica que el gobierno los atienda con “compensaciones”. Está bien a la vista que si algo molesta a los funcionarios de gobierno son los empresarios que producen demasiado y no dependen de su intervención y “asistencia” para prosperar.

Volviendo a la comparación con el 2008, es precisamente esta discusión sobre qué empresarios necesitamos, en qué tipo de economía, lo que hoy parece estar fuera de discusión, a diferencia de entonces, en que todavía había dos modelos igualmente viables y en pugna.

Doce años atrás, no se disputaba solo por unos dólares, como ahora, en que quedan apenas migajas de una fiesta que concluyó hace ya demasiado tiempo. Estaba en disputa el sentido y el futuro del proceso de expansión que siguió a la crisis de 2001: si lo que estaba teniendo éxito y empujando al país hacia delante era la economía productiva y exportadora, abierta y competitiva, que continuaba y a la vez superaba el legado y las dificultades de los años noventa, o si triunfaba un Estado intervencionista y regulador, sobre una economía progresivamente cerrada y asistida, como la que tenía en la cabeza la coalición política que resultara de aquella crisis. Y lo cierto es que aunque pareció que estaba ganando la primera, y sus aliados en la sociedad, lo que terminó imponiéndose fue el modelo cerrado y su coalición política “distributiva” de base peronista. Que languidece y deja a la gran mayoría, incluso de sus propios miembros, insatisfechos, pero se resiste a cambiar, y tras el fracaso del macrismo, tiene todos los medios a la mano para seguir haciéndolo.

Así que lamentablemente si se diera de nuevo un conflicto por las retenciones en las actuales circunstancias, es más bien difícil imaginar que él pudiera disparar una nueva confrontación y nuevos debates sobre el país que queremos; apenas podría aspirar a discutir los márgenes dentro de los que el país político va a seguir esquilmando al país productivo. Porque la otra batalla, por ahora, no hay quién la libre.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).