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Marcos Novaro

El principal problema de Alberto Fernández: él mismo

(TN) Tuvo que rendir cuentas a CFK por el gabinete y navega con dificultad entre las presiones externas y las de una interna endemoniada. Pero la principal dificultad que enfrenta no viene de esos frentes, si no de su propio optimismo.

Por Marcos Novaro
20 de noviembre de 2019
 
Alberto Fernadez junto a Marcelo Tinelli

(TN) Para quienes apostaban a un progresivo distanciamiento entre el presidente electo y el kirchnerismo duro y puro, fue una muy mala noticia verlo concurrir al domicilio de la jefa, el ya icónico departamento de Recoleta, y salir de la reunión con ella y su hijo diciendo que ahora sí, menos mal, “habemus gabinete”. Faltó la señal de humito blanco para que la ceremonia fuera perfecta.

El frente interno cruje en el Congreso, y Alberto no parece querer o poder reaccionar: los senadores que responden a los gobernadores no lograron torcer la voluntad de Cristina de controlar todos y cada uno de los resortes de poder de la cámara alta, así que anunciaron que tendrán bloque propio. Que de poco les va a servir (ya de movida perdieron dos integrantes a manos de la expresidenta, pronto podrían perder varios más), a menos que estén dispuestos a abrir escabrosas negociaciones alternativas con Cambiemos, con las que frenar la voluntad del kirchnerismo. Algo que el presidente electo descarta.

Tan convencido está de que, finalmente, se va a poner de acuerdo en todo con su predecesora, que tampoco hizo nada para evitar que en Diputados Máximo se quedara con la conducción del interbloque próximamente oficialista, y le enchufara encima a Agustín Rossi de ministro. En el colmo de su optimismo respecto al vínculo de amistad eterna que lo une a los Kirchner, acaba de adelantar que ve con entusiasmo que el exhijo presidencial se convierta en un futuro próximo en hijo presidente.

Tampoco fue una buena noticia el cruce entre el Alberto y Kristalina Georgieva. La jefa del FMI logró bastante menos que Cristina cuando conversó con el inminente mandatario argentino por teléfono: descubrió que él no tiene disposición alguna a aceptar que también ella audite sus decisiones. Aún cuando no pueda ignorar que la buena señora se reserva varias cartas en la manga, algunas potencialmente letales para su administración.

Aparentemente, Alberto está pensando en acelerar el trámite de la negociación externa con los acreedores privados, con la ayuda de grandes bancos internacionales que siempre están deseosos de participar de estas tratativas, porque se quedan con jugosas comisiones, y dilatar las cosas con el FMI, “hasta que la economía haya mejorado, vía la reactivación del consumo”. Pero si esto no sucede, y dentro de un año estamos igual o peor que ahora, le va a resultar más difícil aún convencer al Fondo de que él puede cumplir con compromisos de ajuste imprescindibles para devolver alguna vez lo adeudado. Puede que le exijan entonces más reformas de las que le exigirían ahora, y lo hagan justo cuando él ya no tenga el impulso del inicio para convencer a sus aliados de instrumentarlas. Tratando de ganar tiempo, habrá perdido el poco que tenía para hacer un programa de estabilización mínimamente viable.

No es el único aspecto en que el optimismo presidencial está jugando en contra a las posibilidades de evitar una crisis mayor.

Con su llamado al acuerdo social a gremios y empresarios, apostó a conseguir que los primeros recuperaran una mínima cohesión, la CGT volviera a reunir a las distintas facciones en que el gremialismo ha estado dividido durante los últimos años, como en los buenos tiempos de Néstor y de otros experimentos peronistas del pasado. Pero logró hasta aquí bastante poco: Héctor Daer, el candidato a presidir esa unidad, ya de partida quedó debilitado por las objeciones planteadas por “los gordos”, líderes de los gremios más grandes, que no confían en que vaya a respetar sus intereses en caso de aceptar negocie en su nombre, del sector de Barrionuevo, y de los Moyano, que se desmarcaron exigiendo un suculento bono de fin de año.

La pregunta que cabe hacerse es: por qué no lo iban a hacer, si la alternativa que se les ofrecía era un voto de confianza al improbable éxito de un plan de reactivación que nadie conoce, y por cuyo éxito nadie más que el propio Alberto parece estar apostando?

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).