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Jessica Ludwig

Estamos subestimando el impacto de China en América Latina: Tres mitos persistentes

(Global Americans) En el análisis sobre la influencia de China en América Latina, hace falta mirar más de cerca el impacto de las relaciones a nivel gobierno, y sus efectos en la gobernanza y democracia en la región. Al respecto, los tres grandes mitos son Los intereses de China en ALC son principalmente—y por lo tanto únicamente—económicos; China no interfiere en los asuntos internos de otros países; y Lo que creemos conocer de China en América Latina.

Por Jessica Ludwig
15 de noviembre de 2019
 

(Global Americans) El acercamiento de China hacia América Latina y el Caribe (ALC) en los últimos años ha captado la atención de legisladores, líderes empresariales, y en general, seguidores de temas de política exterior en toda la región. Tal parece que en estos días, casi todos quieren hablar de la creciente presencia e influencia de China.

Gran parte de esta discusión se ha centrado en las dimensiones económicas de la relación. Ocasionalmente, se ha levantado la preocupación sobre el impacto social y ambiental—a nivel local—en el que participan empresas chinas o bancos de inversión respaldados por el estado. Recientemente, quienes monitorean el tema también se han interesado en la exportación de tecnología china a nivel global, y sus implicaciones sobre el desarrollo de la región.

Pero el gran ausente en la conversación es el impacto normativo de las relaciones a nivel estado sobre la gobernanza en América Latina. En particular, hace falta mirar mas de cerca si una relación más estrecha entre América Latina con las autoridades chinas afectaría los procesos democráticos en una región en la que, al menos en teoría,  existe un consenso sobre democracia. Al mismo tiempo, China ha invertido grandes cantidades en iniciativas diseñadas para reformular la opinión pública en toda la región, que van desde intercambios entre personas, actividades culturales, asociaciones y programas educativos, así como iniciativas dirigidas hacia medios de comunicación y la propagación de información—un fenómeno que es aún más evidente a nivel mundial.

Estas actividades, dirigidas al ámbito de las ideas, a menudo se interpretan como simple diplomacia pública, analizadas bajo la lente familiar del "poder blando". Pero aquí cabe una reflexión sobre si los países de América Latina y el Caribe podrían estar calculando erróneamente el alcance de los intereses de Beijing,  particularmente los del Partido Comunista de China (PCCh) y su presidente, Xi Jinping.

Son tres los mitos sobre los que se sostiene el paradigma de China en América Latina, que vale la pena desmenuzar antes de evaluar como limitado, el impacto de China en las instituciones y la gobernanza en la región.

Mito #1: Los intereses de China en ALC son principalmente—y por lo tanto únicamente—económicos

La suposición de que el interés prioritario de Beijing en ALC es adquirir recursos naturales y generar oportunidades a la inversión extranjera—en condiciones ganar-ganar—ha abierto un campo de investigación totalmente centrado en evaluar si realmente el comercio y la inversión china se traducen en beneficios económicos para la región.  

Esta perspectiva no carece de fundamento, pero tal vez sea hora de reconsiderar si el análisis ha sido demasiado estrecho para sacar conclusiones definitivas sobre el impacto de China en ALC. Si bien los posibles beneficios de un mayor comercio e inversión por parte de China han estado a la vanguardia de las conversaciones bilaterales entre los gobiernos de Beijing y ALC, encontramos perspectivas mixtas sobre los efectos en el desarrollo regional. Los análisis económicos que intentan evaluar el impacto en la gobernanza tienden a centrarse en el comportamiento de China como indicador de medición principal, es decir, si el país asiático mantiene vínculos más estrechos con gobiernos democráticos o anti-democráticos.

Mientras tanto, la falta de transparencia en torno a los acuerdos firmados, hace que sea difícil monitorear si los organismos de inversión respaldados por el estado chino han cumplido con sus compromisos, o si los gobiernos latinoamericanos están cumpliendo con sus propios estándares en materia de adquisiciones, ambientales y de desarrollo social, antes de asumir una deuda para financiar proyectos de infraestructura o establecer acuerdos con empresas chinas.

Sin embargo, en la práctica, la anticipación de posibles beneficios económicos ha producido un grado de opacidad muy preocupante, desencadenando un efecto institucional mejor conocido como de "capital corrosivo". En Argentina, un acuerdo firmado en 2012 por la administración de Cristina Fernández de Kirchner, permitió al Ejército Popular de Liberación de China operar una estación satelital con doble capacidad de investigación científica e inteligencia, y sin ningún mecanismo formal de supervisión gubernamental. En El Salvador, la administración del ex presidente Salvador Sánchez Cerén firmó más de una docena de acuerdos bilaterales en 2018. Al mismo tiempo El Salvador reconoció diplomáticamente a la República Popular de China. Entre los acuerdos se encontraba una propuesta para reservar el 14% del territorio salvadoreño para una zona económica especial, otorgando a las empresas chinas beneficios fiscales. Ambos países firmaron acuerdos en condiciones de total confidencialidad, con pocas personas involucradas fuera de los círculos ejecutivos tanto de Argentina como de El Salvador, mismas que ahora están bajo investigación en sus respectivas legislaturas, bajo sospecha de violación a la soberanía nacional.

Mito # 2: China no interfiere en los asuntos internos de otros países

Asumir que los objetivos globales de los mandatarios chinos son principalmente económicos ha generado, hasta cierto grado, que no se tomen en cuenta los costos no-económicos al comprometerse con un estado autoritario como China. La prioridad de los líderes del PCCh es la de proteger los intereses centrales del partido, que incluyen el desarrollo económico como fuente de legitimidad, pero que se basan fundamentalmente en neutralizar o prevenir cualquier iniciativa que pudiera socavar la autoridad de gobierno del PCCh en China.

Los aliados naturales de Beijing a nivel internacional son otras autocracias, dado que es menos probable que estos gobiernos se manifiesten en contra de la falta de elecciones democráticas en China, la represión interna contra la sociedad civil y los graves abusos de derechos humanos contra las minorías étnicas y religiosas. Por lo tanto, no es sorprendente que China haya desarrollado relaciones más estrechas y financiado gobiernos como los de Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador (bajo el ex presidente Rafael Correa).

Sin embargo, lo que si resulta sorprendente—hasta cierto punto—son los esfuerzos que China ha invertido, y donde está teniendo éxito, en cultivar relaciones en todo el espectro político dentro y entre una variedad de democracias en el hemisferio occidental. Bajo la figura de intercambios entre partidos y entre parlamentos, el gobierno chino ha organizado viajes todo pagado invitando a miembros de partidos políticos y funcionarios de Argentina, Chile, México y Panamá, entre otros. Durante estas visitas, los participantes han destacado el trato de alfombra roja y, a menudo, quedan impresionados por el acceso de alto nivel al liderazgo chino. Pero las experiencias a las que están expuestos se curan con lujo de detalle, limitando cualquier interacción con la sociedad china fuera de la esfera de control del PCCh.

Al mismo tiempo, las autoridades de China aplican presión, en diversos formatos, sobre quienes toman posiciones que desafían el liderazgo o las prioridades del PCCh. En Chile, el embajador de China reaccionó ante un legislador chileno que se reunió con el activista pro-democracia de Hong Kong, Joshua Wong, y le criticó públicamente, calificando como erróneas las demandas de los manifestantes de Hong Kong en un artículo de opinión publicado en uno de los principales medios de comunicación de Chile. Este no es un incidente aislado, ha sido repetido por el núcleo diplomático de China en más de 70 países de todo el mundo, claro indicador de un esfuerzo deliberado y coordinado para manipular, inducir la autocensura y evitar futuras demostraciones de apoyo a las protestas en Hong Kong.

Mito #3: Lo que creemos conocer de China en América Latina

Por diversas razones, existen pocas fuentes de información independientes sobre China en América Latina. Los medios locales generalmente carecen de recursos o de voluntad política para brindar el apoyo necesario a periodistas y editores en el desarrollo de su propia visión sobre China, o bien, para monitorear cómo se comportan las entidades vinculadas al estado chino de forma local. Existe una escasez similar en el sector académico, el nivel de análisis entre universidades y grupos de expertos de la región es aún limitado.

La diplomacia china—manifestada a través de intercambios entre personas—está muy dirigida a las élites políticas latinoamericanas. Los intercambios parlamentarios mencionados anteriormente, representan solo un tipo, entre varias iniciativas, a través de las cuales Beijing está buscando activamente influenciar y manipular las perspectivas sobre China que circulan entre legisladores, expertos y líderes de opinión. El acceso a las oportunidades para el aprendizaje del idioma chino, o los viajes al país, se limitan en gran medida al sector empresarial, o solo pueden ser experimentadas a través de actividades financiadas, organizadas y curadas por el partido y estado comunista chino.

Es por ello que los académicos y analistas que publican críticas contra las autoridades de China, o que expresan preocupación sobre los abusos de los derechos humanos en el país, enfrentan diversas formas de censura. Estos incluyen el riesgo de perder el acceso a futuras oportunidades para realizar o publicar investigaciones en China, participar en foros organizados por instituciones chinas o colaborar con sus contrapartes chinas, truncando sus carreras o limitando la visibilidad de su trabajo dentro de la pequeña comunidad de académicos y expertos en China en ALC.

Teniendo en cuenta esta dinámica, la influencia de Beijing en el ámbito de las ideas tendrá un efecto descomunal sobre los legisladores, los analistas y el público latinoamericano, al entender e interpretar el compromiso y los intereses de China en la región.

Replanteando la conversación sobre la influencia de China en la región

Mirando más allá de la relación económica entre China y ALC—para evaluar la forma, el tono y los efectos de su acercamiento con las sociedades de la región—es evidente que Beijing se basa en la opacidad, en el control de accesos y en discursos manipulados para limitar el espacio de discusión sobre China en la región. Estos esfuerzos, mejor conocidos como “poder agudo” (sharp power),  requieren de un mayor escrutinio, monitoreo y contextualización, contra el nivel de atención que observadores y estudiosos de la región han prestado hasta ahora. Las distintas manifestaciones de “poder agudo” plantean un grave riesgo ante el limitado entorno sobre el que se toma decisiones y se gestionan las relaciones con China.

El núcleo de este problema recae en que tan equipados y preparados están los líderes, legisladores y las sociedades en todo el hemisferio occidental para salvaguardar y promover sus propios intereses nacionales e institucionales, al interactuar con el liderazgo del PCCh.

Sin un completo conocimiento sobre China y las prioridades de su liderazgo político, los países de ALC parten de una posición en desventaja al negociar los términos de la relación. Si las sociedades latinoamericanas no conocen sus propias ventajas estratégicas o no identifican espacios para maniobrar y promover sus propios intereses, ¿cómo pueden asegurarse de que la relación sea verdaderamente beneficiosa para ambas partes? Y lo que es más importante, ¿cómo pueden garantizar que los acuerdos con China no violen el estado de derecho o menoscaben la integridad de sus propios valores e instituciones de gobierno?

Un análisis que considere los tres mitos descritos anteriormente es un buen punto de partida para re-pensar la conversación, desarrollar relaciones transparentes con las autoridades de China, y garantizar la permanencia de la democracia en la región.

Jessica Ludwig es oficial de programas senior en el Foro Internacional de Estudios Democráticos, la sección de investigación y análisis de la Fundación Nacional para la Democracia. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no las de la Fundación y sus empleados. Síguela en Twitter @jesludwig.