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Loris Zanatta

Los chilenos quieren mejor democracia, no su incendio

(Clarín) Al mismo tiempo que los buitres voltean sobre Chile olfateando la carroña, Maduro y Ortega siguen sentados, presumidos y tranquilos, en sus tronos; y mientras el mundo se escandalizaba por la “barbarie” chilena, Evo Morales intentaba robar la presidencia en primera vuelta en una de las elecciones más grotescas de los últimos tiempos.

Por Loris Zanatta
24 de octubre de 2019
 
Los chilenos quieren mejor democracia, no su incendio

(Clarín) Y así, mientras esperábamos ver pasar por el río los cuerpos de Maduro y Ortega, se rompió la vitrina chilena. Nadie lo esperaba, no de esta manera. Es inútil darle vueltas, debemos ser honestos: para quienes creemos en la democracia representativa y en el libre mercado, es una píldora amarga; Chile es un modelo.

Y para quienes los odian, y son muchos, las campanas suenan a boda: el modelo chileno es para ellos el diablo. Sin embargo, incluso en días de luto, no hay que perder el norte. No porque hoy la vitrina esté rota, era un espejismo; no porque hoy sus enemigos bailen sobre sus ruinas, podrán hacerlo por mucho más tiempo. La rueda de la historia gira rápidamente y sucede a menudo que quienes celebran hoy lloran mañana; y viceversa.

Pero como hoy los fragmentos de la vitrina están a la vista de todos, debemos esforzarnos por entender por qué. Vayamos por puntos, comenzando por despejar el campo de equívocos. Sebastián Piñera evocó la “guerra” contra “poderosos enemigos”: supongo que aludiera a los “bolivarianos”, a la red “castro-chavista” lanzada al ataque del bastión “neoliberal”. No dudo que algo así exista. Pero es inútil gritar ¡al lobo! mientras la casa está en llamas. Quiero decir: si el “enemigo” logra prender fuego a los pajares, es porque estaba listo para arder. Ahora el presidente se ha disculpado y la clase política ha prometido remediar: más vale tarde que nunca.

Luego está el segundo punto: el “malestar” social, la “dificultad” económica. Si se mira América Latina en general, el éxito chileno parece indiscutible. Si se lo compara con cualquier otro país en el área, la brecha es abismal. No se trata solo de indicadores económicos. También se trata de eficiencia institucional, calidad de vida, seguridad jurídica, libertad individual: ¡ojalá hubiera más, de Chile, en la región!

A un chileno no le puede pasar como a un mexicano de ser rehén de un cartel de drogas, como a un argentino de despertarse con los ahorros devaluados de la mitad del valor, como a un brasileño de ser asaltado mientras va al trabajo; y por mucho que haya crecido la corrupción, sigue siendo ridícula comparada con la de los vecinos.

Pero para los chilenos esto importa poco y es correcto que así sea: es inútil predicar a un joven chileno que a sus pares venezolanos, mexicanos o cubanos les está yendo mucho peor; ese joven no tendrá motivos para consolarse: sus expectativas y sus frustraciones son las del contexto en el que vive.

El tercer punto es la violencia: la que vimos en estos días fue tan repentina y apocalíptica que evocó las jacqueries del pasado, las incursiones de los chalecos amarillos en los Campos Elíseos, corchos de champagne que explotan, volcanes que eructan. Cosas inaceptables, vergonzosas en un país libre que no prohíbe a nadie protestar; de hecho, el grueso de los chilenos lo hizo civilmente, golpeando las vajillas, marchando en paz por las calles; y lo hace votando cada cuatro años por gobiernos de diferentes colores. Ser joven no es una virtud, ni da, como muchos creen, razón a priori; además eran apenas una fracción de la juventud. Y sin embargo el nudo permanece: esos jóvenes no descendieron de Marte, sino que subieron del subsuelo chileno; son hijos del Chile de hoy. Entonces, entre tantos éxitos, algo está mal. ¡Los padres tendrán que cuestionarse a sí mismos!

Este es el punto: ¿qué es lo que en Chile, entre tantas cosas buenas, no funciona? Pregúntenle a diez chilenos y once responderán: la desigualdad. Es cierto, pero no suficiente: ¿qué es la desigualdad? No es solo un dato económico, no está toda incluida en el índice de Gini; es una cuestión de cultura, percepción, expectativas: no todas las sociedades aceptan o rechazan la desigualdad de la misma manera; y la simbólica es a menudo más insoportable que la material. En una sociedad más pobre que la chilena, las expectativas serán bajas y el problema será sobre todo el acceso a los bienes primarios; pero precisamente porque Chile ya no es un país pobre, sus ciudadanos tienen altas expectativas y no toleran la desigualdad simbólica. Me parece bien.

Chile es una democracia liberal sólida y lo seguirá siendo; está muy bien, pero también forma parte del problema: a muchos jóvenes, la democracia les parece chata; los jóvenes tienen impulsos utópicos, buscan horizontes redentores; corresponde a los padres convencerlos de que es mejor que otros sistemas. Chile tiene una economía liberal próspera: debe preservarla, pero expandiendo el libre mercado y reduciendo el poder de los grandes grupos que lo distorsionan.

Pero Chile aún no tiene una sociedad liberal, o la tiene solo en parte; en muchos aspectos, y a pesar de la fabulosa movilidad social de los últimos treinta años, su jerarquía social conserva los rasgos de una sociedad estamental, que en lugar del mérito y del trabajo premia la clase de origen: escuelas privadas y escuelas públicas, hospitales privados y hospitales públicos, barrios altos y bajos; las puertas de la élite quedan cerradas con dos vueltas de llave. ¿Culpa del “neoliberalismo”? ¿O el legado estamental tiene raíces mucho más antiguas y caseras? Liberalizar a la sociedad, romper las barreras sociales, será la mejor manera de superar la crisis y reparar la vitrina rota.

Mientras tanto, al mismo tiempo que los buitres voltean sobre Chile olfateando la carroña, Maduro y Ortega siguen sentados, presumidos y tranquilos, en sus tronos; y mientras el mundo se escandalizaba por la “barbarie” chilena, Evo Morales intentaba robar la presidencia en primera vuelta en una de las elecciones más grotescas de los últimos tiempos. Los militares en las calles de Santiago actuaban por mandato constitucional, pero todos evocaron a Pinochet. Quién sabe por qué. Los militares que pisoteando cualquier forma de legalidad dominan y masacran en Caracas y Managua no parecen molestar a nadie. Quién sabe por qué.

Fuente: Clarín (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Loris Zanatta
Loris Zanatta
Doctor e Investigador en Historia de las Americas. Investigador en Historia e Instituciones de América Latina en la Facultad de Ciencias Politicas en la Universidad de Bologna. Licenciado en Historia Contemporánea en la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de Bologna. Es autor de varios libros, entre ellos "Historia de América Latina. De la Colonia al siglo XXI" (Siglo XXI, Buenos Aires 2012).