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Marcos Novaro

Los ricachones kirchneristas vuelven por «lo que es suyo»

(TN) Gerardo Ferreyra se burla de la Justicia: es su forma de seguir luchando contra el Estado burgués. Y Cristóbal López sonríe y prepara su venganza. En la Argentina, ¿capitalismo significa robar y que no te agarren?

Por Marcos Novaro
8 de octubre de 2019
 
 Gerardo Ferreyra, Cristóbal López y Lázaro Báez

(TN) Entre los muchos problemas que ya está generando el regreso del peronismo/kirchnerismo al poder, desde antes de concretarse, se destaca la rehablitación de un buen número de capitalistas enriquecidos alegremente en los años de Néstor y Cristina, a quienes los juicios por corrupción inhabilitaron, pusieron al borde de la quiebra o directamente liquidaron, y ahora están volviendo por sus fueros, reclamando “lo que es suyo”.

Con ellos, regresa un espectáculo económico muy poco edificante, que en nuestro país no ha dejado de acompañarnos casi en ninguna época, y que los Kirchner llevaron al paroxismo: el de la acumulación primitiva sin reglas, la salvajada en que se confirma eso que muchos creen de todo el capitalismo argentino, de todos nuestros grandes empresarios: “detrás de toda fortuna hay un contrabandista, un coimero, un ladrón”, o las tres cosas al mismo tiempo.

Muchas áreas de “negocios” son aún el far west, porque allí vale todo para hacerse de un capital y acrecentarlo. Y esa situación cubre con una pátina de ilegitimidad y discrecionalidad política todos los casos de prosperidad económica. En conclusión, no se discrimina demasiado el caso de quien invierte y produce, que de quien arregla negocios ventajosos con el Estado por debajo de la mesa. Mejor dicho, vale mucho más este último, porque sus negocios pueden prosperar siempre que se mantenga a la sombra del poder, mientras que a aquel una devaluación, un cepo o una regulación aduanera inconveniente alcanzarán para ponerlo fuera de juego.

¿Qué tienen en común Gerardo Ferreyra, Cristóbal López y Lázaro Báez? Todos ellos son criaturas del mismo experimento, la “construcción de una nueva burguesía nacional, una más fiel al proyecto que sus antecesoras”. Experimento que Néstor y Cristina encararon con tanto o más entusiasmo que el de reconstruir el sindicalismo peronista. Porque finalmente aquel era el grupo social del que se sentían más cerca, tan cerca que estaban en verdad a su cabeza, y metidos en todos y cada uno de sus negocios.

Y hay que decir que ninguno de ellos ha defraudado la confianza que en ellos depositó el matrimonio Kirchner: se mantuvieron mucho más leales al proyecto que los ya desde antes muy ricos, y también más que los sindicalistas, los políticos y hasta los jueces “nacionales y populares”. Mientras que muchos de estos defeccionaban, los Ferreyra y los López, aún amenazados y en prisión, siguieron siendo fieles.

Esto se debió no tanto a altruismo o a una fe inquebrantable, como a que siguieron necesitando de los argumentos de legitimación que sólo el proyecto kirchnerista podía proveerles. Según los cuales los grandes empresarios “tradicionales” sólo se diferenciarían de ellos por existir A.N.C. (antes de Néstor y Cristina), es decir, por una cuestión temporal, no por haber hecho su dinero de forma distinta. Como llegaron antes, pretenden tener más legitimidad, y se dan el lujo de ser más “honestos” porque ya no necesitan meter tanto los pies en el barro. Aunque como se ha visto en la causa de los cuadernos, no están siempre libres de la tentación de embarrarse de nuevo, si el premio es grande. De lo que concluyen que las investigaciones de corrupción sólo son una excusa moral cuya finalidad práctica es evitar la competencia. Los ya consolidados saqueadores simplemente lo que quieren es que no surjan nuevas grandes empresas locales, bien argentas, que les hagan sombra y compitan por los negocios. La llamada lucha contra la corrupción no vendría a ser más que una fachada moralista de la reacción conservadora, impulsada por los que quieren la torta para ellos solos.

Ideas de este tenor, es oportuno recordarlo, no son nuevas, ni mucho menos exclusivas de estos devotos de Néstor y Cristina. Han acompañado al peronismo y su “combate contra el capital” desde sus orígenes. Y explican cómo y por qué muchos dirigentes del movimiento, con argumentos anticapitalistas, devinieron luego o simultáneamente exitosos capitalistas.

El ejemplo que dio a este respecto José Luis Manzano en los años noventa resultó aleccionador: se podía ser un líder de la causa, un luchador por la justicia social y el “rostro intelectual de la patota” como él gustaba autodefinirse, y al mismo tiempo un próspero hombre de negocios; porque el peronismo atiende de los dos lados del mostrador, incluye a los excluidos y enseña a los ricos a hacer negocios en el sistema político que administra esa inclusión, convengamos que limitada, así que los ricos no deberían tener tanto que temer, y deberían adaptarse a estas condiciones políticas de buen grado.

Gerardo Ferreyra, tal vez mejor que Cristóbal López, ilustra el modo en que el kirchnerismo adaptó esa pauta de integración entre política y negocios a sus gustos por un intervencionismo estatal mucho más intenso y una lealtad ideológica mucho más firme y radicalizada. Es en este sentido un gran empresario de la causa. Y su desafiante frase sobre el paralelismo entre la causa de los cuadernos y la de la AMIA al ser liberado días atrás lo pinta de cuerpo entero.

Si hubiera querido decir que los cuadernos son una “causa armada” hubiera hecho otra comparación. Lo que quiso decir es que los cuadernos y la AMIA son dos causas “políticas”, porque apuntan contra enemigos políticos, ¿de quién?, de los Estados Unidos, del liberalismo y de sus personeros locales, una élite económica que pretende ser mejor que él, pero en realidad no lo es, es simplemente más vieja y más conservadora.

Recordemos también el argumento de Ferreyra para no arrepentirse: no negó que hubiera “devuelto comisiones” a quienes le dieron los negocios, si no que afirmó que lo había hecho de buen gusto, y no habría delito, según él, porque no hubo coacción. Todo un empresario de la revolución. Están los que hacen la revolución en los barrios, en los gremios, o en las elecciones, y está el empresariado alineado, que cree en Néstor y Cristina. Ahí está él.

Ferrreyra, es bueno recordar finalmente, de joven se educó en el maoísmo, y esa escuela le sirve seguramente pensar que su modelo de capitalismo puede ser más exitoso que el liberal. ¿No crece acaso mucho más China que Estados Unidos desde hace décadas?, ¿por qué imitar lo que ya no funciona, no solo acá, si no en el mundo entero? ¿Por qué no apostar a un capitalismo peronista más parecido al chino que al que hace décadas inútilmente pretenden imponernos políticos y empresarios conservadores, que no entienden la realidad local, que es peronista?

Dos problemas se presentan, de todos modos, para que un capitalismo a lo Mao, o a lo Ferreryra, funcione. Primero habría que liquidar en serio y definitivamente los ruidos y la inestabilidad que generan el pluralismo y la competencia democrática. Y segundo, lo que para el peronismo puede resultar aún más difícil, habría que construir una lealtad firme con el Estado, que ni siquiera en China, con los miles de años de esfuerzo por construir una sólida unidad estatal que llevan sobre sus espaldas, es fácil de lograr. Basta ver lo que sucede con los escándalos de corrupción en el partido y en la administración: suelen estallar casos que dejan en figurillas a Manzano, a Ferreyra y hasta a los Kirchner.

Como sea, conviene tener en cuenta que también Ferreyra y Cristóbal López ganaron las elecciones de agosto, y piensan repetir el 27 de octubre. Así que algo tienen para decir sobre el país que nos espera.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).