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Marcos Novaro

¿A qué viene la reivindicación de Montoneros?

(TN) Hay quienes en el Frente de Todos entienden que “volver mejores” es hacer lo mismo que antes, pero en dosis mayores. Horacio González es uno de ellos: su desprecio al liberalismo lo alienta ahora a reivindicar abiertamente la violencia.

Por Marcos Novaro
25 de septiembre de 2019
 
Horacio González

(TN) En los últimos días, a varios kirchneristas duros se les soltó la cadena. Le pasó a Gisela Marziota con la Conadep del periodismo, y a Juan Grabois le pasa cada dos por tres. No por nada se ganó una reprimenda de Hebe Bonafini, que será brutal pero también es disciplinada, y entiende las ventajas de dejar que los candidatos hagan su mascarada de moderación para mejorar los rendimientos electorales, como siempre hicieron en beneficio de Néstor y Cristina.

El caso de Horacio González, sin embargo, es peculiar, porque lo suyo no es atribuible al fallido arranque de espontaneidad de una neófita, ni a los malos hábitos de un ya contumaz zarpado. Su invocación a una reivindicación pública, oficial e historiográfica de la guerrilla de los años setenta sonó, por tanto, más bien como un plan de acción, una meta que, después de una detenida reflexión, se asume vale la pena levantar como bandera.

¿A qué se puede atribuir esa pretensión y, sobre todo, la decisión de anunciarla en este preciso momento? Tal vez en parte al hecho de que se da por ganada la elección, y por tanto habría dejado de valer el criterio de Bonafini de hacer silencio para no espantar a los votantes, no avivar a la gilada, y habría empezado a correr el tiempo de disputar internamente el sentido de la victoria: de ahí el interés de González por marcarle la cancha a Alberto Fernández, a quien tilda de “conservador progresista”, degradándolo apenas sutilmente, pues ya no sería el equivalente a Cámpora, sino apenas a Solano Lima. Es que las advertencias e González para esos socios conservadores indeseables son cualquier cosa menos sutiles: la victoria es de Cristina y no suya, ella es la auténtica jefa espiritual, nadie podrá disputarle ese rol, y la política que ahora hace falta no es la que pueden pergeñar gente como Fernández y sus “socios de traje”, sino una que responda a la calle, donde González dice sentirse cómodo, y que no casualmente hace unos días Fernández pidió desactivar.

Pero hay más que ese contrapunto con quien ya se ve sentado en la Rosada, gracias al voto popular, “a la voz de la calle”, que González cree es la suya, y se teme que, a diferencia de Néstor, deje sus convicciones en la entrada del edificio, o peor, se revele que nunca las tuvo.

Hay, más allá de todo eso, también un interés por hablarle al resto del peronismo y, por su intermedio, del país, para que se entere de alguna de las condiciones no escritas pero sí irrenunciables que existen para completar la reconciliación supuestamente en curso: la reunificación del peronismo que Cristina puso en marcha el año pasado no puede ser solo un negocio electoral, y tampoco puede ser sólo una consigna el “reencuentro de los (buenos) argentinos” (no con los “malos”, claro: el “fallido humano”, como González define al macrismo, no estará invitado a la fiesta, por si hacía falta aclararlo). Todos hablan de unidad en estos tiempos, pero nadie explica para qué serviría. González cree tener una idea del para qué. Ella parte de reconocerle de una vez por todas a su sector, el peronismo de izquierda, el rol glorioso, sacrificado y orientador que habría tenido en esta gesta. Porque sólo en esos términos se justifica que un Alberto Fernández se convierta en presidente en su nombre.

Es curioso de todos modos que González haya ido directamente a la raíz, el núcleo duro de la desconfianza que durante décadas ha venido dificultando el diálogo entre su sector y el resto de la política argentina, y de la sociedad: no habló de “la generación de los setenta”, de “los jóvenes idealistas” de aquel entonces, ni usó ningún otro de los habituales eufemismos, si no abiertamente de “guerrilla”. Le faltó poco para decirlo con todas las letras: Montoneros.

Hasta ahora solo Bonafini y algunos pocos más se habían atrevido a tanto. ¿Será que también González está aprendiendo el lenguaje directo de la época, la exaltación de la identidad en su versión más irritativa e inconciliable que han puesto de moda Trump y Bolsonaro? Así como Bolsonaro pide un aplauso para el torturador, González pretende que aplaudamos a sus héroes de juventud, los asesinos de Aramburu, los que hicieron volar por los aires el comedor de Superintendencia de la Policía Federal, ese tipo de cosas.

Pretende seguramente también, y al mismo tiempo, que olvidemos los peculiares rasgos que tuvo la guerrilla de Montoneros: no fue simplemente un grupo más de los muchos que en esos años, en distintos países de América Latina y del mundo, creyeron legítimo usar las armas para conquistar el poder político en nombre de la revolución. Si los consideráramos “uno más”, juzgar a los montoneros bien o mal desde el presente no dejaría de ser un ejercicio un poco extemporáneo, y, por sobre todo, dejaría en la oscuridad lo esencial, lo enormemente destructivo de su papel: lo mucho que hicieron por consagrar el asesinato como instrumento primario y regular de la lucha política, por hacer invivible el intento de democratización de 1973, la complicidad que establecieron con Isabel y López Rega contra los sindicatos y los (pocos) esfuerzos moderadores del propio Perón, su contribución en la ordalía de violencia a partir de 1974, el hecho, finalmente, de que se comportaron en todo momento como una banda de matones y gangsters, con más similitudes con las SA nazis que con cualquier otro experimento guerrillero latinoamericano.

Si, debe ser todo eso lo que González pretende que olvidemos, ahora que se restriega las manos imaginándose de nuevo al frente de un ministerio de propaganda, por qué no de cultura, o de educación.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).