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Loris Zanatta

La política italiana en el espejo argentino: parecidos y diferencias

(Clarín) El parlamentarismo tiene más posibilidades de metabolizar el populismo que el presidencialismo: un presidente populista, siempre tenderá a ser un monarca llamado presidente y poco podrá hacer el parlamento para frenar su arbitrariedad.

Por Loris Zanatta
20 de septiembre de 2019
 
Giuseppe Conte - Matteo Salvini

(Clarín) Hay algo que la reciente crisis política italiana pueda enseñar sobre la crisis argentina? A primera vista, los puntos en común parecen mucho menores que las enormes diferencias. Pero esos pocos puntos son muy relevantes.

El primero se refiere a la economía: ambos países crecen poco o nada y están asfixiados por enormes deudas o déficits fiscales. Esto limita el margen de maniobra. Es fácil prometer “políticas expansivas”; pero es difícil cumplir cuando hay tanto plomo sobre las alas. El riesgo de que los prestamistas no confíen en la solvencia del deudor y dejen de financiar sus deudas o estén dispuestos a hacerlo solo a tasas de interés muy altas, es lógico e inevitable. Quien se escandaliza y arremete contra “el mercado”, vive en la Luna.

El segundo punto en común es que son países muy polarizados y que la cresta alrededor de la cual se organizan los dos frentes no es la línea divisoria habitual entre derecha e izquierda, sino la división aún más pronunciada entre república y populismo, “establecimiento” y “pueblo” , “palacio” y plaza. En Argentina es historia antigua; en Italia es un fenómeno más reciente, pero no menos virulento.

La crisis italiana es difícil de explicar a los no italianos, como la crisis argentina es indigesta para los no argentinos: demasiados árboles para ver el bosque, demasiadas tácticas para entender estrategias, demasiados gallos en el gallinero.

Tiene aspectos grotescos: en las elecciones de 2018, los italianos habían castigado a los partidos tradicionales, el partido Democrático en primer lugar, y premiado a dos movimientos populistas, el Cinquestelle y la Liga: el primero más “social”, el segundo más “nacional”, intolerantes a los vínculos europeos y a la democracia representativa. Nació así un gobierno amarillo-verde, los colores de los dos populismos. Al ser muy diferentes entre ellos, era fácil prever tensiones; por eso eligieron a un desconocido, el profesor Giuseppe Conte, para dirigir el gobierno: cercano al Cinquestelle, pero carente de poder propio; debía mediar, pacificar, nada más.

Ese gobierno duró apenas un año, durante el cual cambió el panorama político: el populismo verde de la Liga canibalizó el populismo amarillo de Cinquestelle al ganar todas las elecciones regionales y triunfar en las europeas. Su líder, Matteo Salvini, se impuso como el hombre fuerte del gobierno, cada vez más radical contra la inmigración y provocador contra Europa. Pero cuanto más popular se hizo Salvini, más débil se volvió el gobierno: economía estancada, desconfianza de los mercados, aislamiento internacional, hostilidad de la Iglesia, conflictos crónicos entre los dos socios. Sintiéndose fuerte pero rodeado, Salvini derrocó a su propio gobierno: quería nuevas elecciones, cobrar en votos la popularidad indicada por las encuestas. ¿Resultado? Quiso pegar, salió pegado; un diletante.

Italia tiene un sistema parlamentario y en el Parlamento había otra mayoría posible: entre Cinquestelle y partido Democrático. Es cierto que se odiaban y durante años se cubrieron de insultos; pero ya se sabe: el enemigo de mi enemigo es mi amigo... De amarillo - verde, el gobierno se ha vuelto amarillo – rojo, sin sonrojarse. ¿Quién lo dirige? Siempre él, Giuseppe Conte, el antiguo desconocido, ahora envuelto en la gloria de haber derrotado a Salvini, del cual había sido fiel aliado. Increíble pero cierto: ahora Europa aplaude, el Vaticano festeja, los mercados celebran; incluso el viento de las encuestas ha cambiado: subir al carro de los ganadores es un antiguo deporte nacional.

Quién sabe cómo terminará y cuánto durará la luna de miel del nuevo gobierno: los Demócratici son proeuropeos, reformistas, fieles a la democracia representativa; encarnan el polo republicano; los Cinquestelle son estatistas, “pobristas” y soñadores de la democracia “directa”: tienen rasgos en común con los populismos latinoamericanos. ¿Pueden gobernar juntos? ¿O sus predecibles peleas le ofrecerán a Salvini en bandeja de plata un retorno triunfal? El éxito se medirá por dos cosas: la reactivación de la economía, la absorción de la carga subversiva de los populismos; los mismos problemas que la crisis argentina.

En ambos casos, la pregunta se impone: ¿el polo republicano “constitucionalizará” los populistas? ¿O el populismo cambiará los rasgos de los republicanos? ¿El partido Democrático “normalizará” el Cinquestelle y derrotará a la Liga? ¿Cambiemos ha “normalizado” el peronismo, forzándolo a una mayor responsabilidad económica e institucional? O al revés: ¿el impulso populista empuja a los partidos republicanos a un estilo plebiscitario y a inflar el gasto público? ¿O todos permanecen como eran y la grieta entre ellos se ensancha cada vez más?

Visto así, Italia disfruta de dos ventajas sobre Argentina: no aseguran su éxito; para nada; pero dan la idea de los obstáculos adicionales que los argentinos tienen ante ellos. La primera se llama Europa. Sé que para los fetichistas de la soberanía sonará escandaloso, pero afortunadamente un vínculo externo le impone a Italia la disciplina económica que le resulta difícil imponerse sola. A los populistas europeos no les está permitido acumular enormes déficits fiscales, arrojando sus alegres gastos sobre las espaldas de las generaciones futuras: deben enfrentarse con la realidad, su gran enemiga. Argentina no tiene restricciones parecidas: es “soberanamente libre” de hacerse daño e hipotecar el futuro.

La segunda ventaja italiana es el parlamentarismo: tiene mil fallas y es la causa de tantas ineficiencias. Pero una ventaja la tiene: obliga al populismo a negociar, pactar, hacer compromisos; a pasar del balcón a las instituciones, de las proclamas a las leyes, de las palabras a los hechos. El parlamentarismo tiene más posibilidades de metabolizar el populismo que el presidencialismo: un presidente populista, siempre tenderá a ser un monarca llamado presidente y poco podrá hacer el parlamento para frenar su arbitrariedad.

Fuente: Clarín (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Loris Zanatta
Loris Zanatta
Doctor e Investigador en Historia de las Americas. Investigador en Historia e Instituciones de América Latina en la Facultad de Ciencias Politicas en la Universidad de Bologna. Licenciado en Historia Contemporánea en la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de Bologna. Es autor de varios libros, entre ellos "Historia de América Latina. De la Colonia al siglo XXI" (Siglo XXI, Buenos Aires 2012).