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Marcos Novaro

El tironeo entre Mauricio Macri y Alberto Fernández no terminó

(TN) Hay dos variables críticas que los enfrentan, más allá de los votos: las reservas del Central que quedarán en diciembre y el retraso cambiario que habrá para entonces.

Por Marcos Novaro
3 de septiembre de 2019
 
Alberto Fernandez - Mauricio Macri

(TN) Alberto Fernández se salió con la suya. Logró que haya al menos dos malas noticias que ya dio Mauricio Macri, y que no va a tener que dar él cuando, eventualmente, lo reemplace el 10 de diciembre. Argentina ya incumplió sus pagos de deuda, empezó el camino de la reestructuración, reperfilamiento o como se lo quiera llamar. Y ya existe nuevamente control de cambios entre nosotros, que no es tan extendido ni arbitrario como el cepo que inventaron Cristina y Kicillof y mantuvieron por cuatro años, pero es una restricción de la libertad cambiaria y financiera que pronto puede agravarse. Y que tal vez Alberto quiera o esté obligado a extender en el tiempo.

Hasta aquí, entonces, puede decirse que el candidato opositor le ha torcido el brazo al Presidente, lo obligó a hacer lo que no quería, y a pagar al menos parte de los costos políticos por las dificultades económicas derivadas, frente a la sociedad y el mundo, más allá de que pueda seguir insistiendo en que todo habría salido bien de no ser por el éxito electoral del kirchnerismo.

¿La pulseada terminó acá? No. Porque lo esencial está todavía en veremos: aún con los controles impuestos, el Gobierno puede seguir vendiendo reservas para que el dólar “no vuele como un barrilete”. Es más, desde su perspectiva, esta fue la razón de ser de las medidas adoptadas, no tanto darle el gusto a AF: necesitaba sacar de la mesa a los bancos, los acreedores y parcialmente a las empresas, de modo que las reservas alcancen para los ahorristas en dólares y el público menudo, porque para todos no iban a ser suficientes.

 

Obviamente, para el oficialismo lo preferible es que el billete verde cotice lo más bajo posible cuando entregue el poder. Aunque sea a costa de reducir las reservas a niveles mínimos. Mientras que para la oposición eventualmente ganadora pasa lo contrario, prefiere que en diciembre haya el máximo posible de reservas, aún al precio de un dólar mucho más alto que el actual.

La parte de los anuncios que a AF no debió gustarle nada, en consecuencia, fue el momento en que Hernán Lacunza afirmó que con estos instrumentos le va a ser posible defender un tipo de cambio a 60. Es decir, incluso un poco más bajo que el nivel en que quedó tras la corrida de la semana pasada. El mensaje implícito del ministro de Hacienda fue “recurrimos a instrumentos que impuso la crisis y la oposición, pero no para seguir cediendo, si no para recuperar algo de control sobre la situación y frenar el ajuste cambiario”. Dicho en buen romance, para poder volver a usar reservas con cierta eficacia, ante todo, para sostener el actual tipo de cambio.

Lacunza tiene a su favor que también Fernández dijo hace unos días que este valor del dólar era “adecuado”. Así que ya no puede repetir lo que dijo antes del 11 de agosto, que el dólar está atrasado.

Seguro que el candidato opositor ya se arrepintió varias veces de haber dicho eso, de haberse mostrado tan colaborativo e interesado en calmar la situación. Porque sabe que aunque hoy no exista tal retraso, muy probablemente él vuelva en diciembre si la inflación continúa consumiendo día tras día la ventaja que el dólar les sacó a los demás precios. Y sabe también que eso va a suceder en mayor medida si el Gobierno usa el mercado cambiario como ancla para moderar la suba de los otros precios.

¿Qué necesita entonces Fernández? Que el Gobierno deje que el tipo de cambio se “deslice”, o dé algunos saltitos. Y si no logra convencerlo, intentará obligarlo como hizo con la deuda. Ya se está preparando para hacerlo: apenas conocidas las nuevas medidas, Emmanuel Álvarez Agis, economista cercano de AF, advirtió al público, como quien tiene la bola de cristal de las malas nuevas, que habrá un dólar paralelo por las nubes, mucho más caro que el oficial. Es decir, más o menos lo que sucedía cuando Macri llegó al Gobierno y recibió el cepo como regalo.

¿Será ese el dólar al que se acomodarán los demás precios, en una nueva aceleración inflacionaria? Depende de la importancia que tenga el mercado paralelo, cuánto dinero mueva, cuántas empresas y personas lo usen para sacar su dinero del mercado oficial y burlar los controles. Una importancia, acotemos, que ya están ensalzando opositores como Álvarez Agis. Quien también de paso empezó a abrir el paraguas: dijo que “la herencia que recibirá Alberto Fernández será peor”. Y eso que su jefe prometió que no iba a echarle la culpa a la herencia de los problemas que tuviera para gobernar.

 

Este apuro de Alberto y su círculo por presionar al Ejecutivo se entiende, además de por el impulso prepotente de los que se sienten ganadores y descargan por adelantado los costos de sus decisiones en los demás, por una cuestión de tiempo y de plazos que les preocupa: tienen solo hasta el 27 de octubre para hablar sin pagar por los efectos de sus palabras, porque paga Macri; después de la elección la situación cambiará, si ganan, porque ya no podrán lavarse las manos tan frescamente. Y en cambio el Gobierno saliente podrá compartir la mochila que hoy carga en solitario, y el tiempo comenzará a correr a su favor: cada día que pase los problemas serán menos suyos y más de Alberto. ¿Por qué no entregar el total de las reservas en esos días a quienes quieran comprarlas, con tal de que el dólar no se descontrole?

Finalmente, si así lo hiciera estaría cometiendo una imprudencia, pero también un acto de justicia: Macri también encontró en cero las cuentas del Central, y con la desventaja extra de cuantiosas deudas escondidas por la contabilidad creativa que practicó el kirchnerismo. Porque no solo el Indec falseó las cuentas en aquellos años, lo hizo todo el Estado en todo tipo de asuntos.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).