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Marcos Novaro

Derechos humanos para avalar la corrupción

(TN) Referentes de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo actuaron como fuerza de choque «moral» para respaldar a Cristina Kichner. El desafío de la izquierda.

Por Marcos Novaro
27 de mayo de 2019
 

(TN) Días atrás la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini de Madres y otros referentes de los derechos humanos en Argentina se prestaron a actuar como fuerza de choque “moral” contra las investigaciones de la Justicia por delitos de corrupción que involucran a su líder máxima, Cristina Kirchner.

A raíz de críticas alzadas contra ese papel, que profundiza la fosa que se han venido cavando durante largos años, Carlotto escribió una réplica, en la que afirmó, entre otras cosas, que “es lamentable que quienes desde el periodismo u otras profesiones tienen la posibilidad de ser leídos o escuchados, se dediquen a juzgar y ofender a los integrantes de los Organismos de Derechos Humanos….no se “gasten” en desprestigiarnos sino más bien júzguense a ustedes mismos”. Dicho más claramente: métanse sus opiniones donde ya saben. Muy democrática y abierta la señora.

La brutal descalificación iba dirigida, entre otros, a Beatriz Sarlo, que había sido muy dura con ese enésimo uso de los derechos humanos para avalar a un sector político. Para peor, cuando los líderes del mismo son acusados de graves delitos.

Y el debate iluminó así algo que ha estado sucediendo en los últimos tiempos: no pocos referentes de izquierda que hasta 2015 trazaron una frontera con el kirchnerismo tanto por la corrupción como por el abuso de los derechos humanos, vista la resiliencia del liderazgo de CFK y su predominio en la oposición, dejaron de lado sus objeciones y se sumaron o avalan al Frente Patriótico.

¿Es esto señal de que fracasa una vez más la posibilidad de construir en Argentina una izquierda moderada y republicana, mínimamente respetuosa de las instituciones y los principios del liberalismo político? ¿A qué se debe, a errores de los dirigentes, a urgencias o conveniencias electorales o a algún otro factor más estructural? Gente como Beatriz Sarlo, y también Margarita Stolbizer o Norma Morandini, seguramente seguirán batallando para probar que esa no es la auténtica izquierda, o al menos no es toda la izquierda. Pero la verdad es que reman contra la corriente. ¿Es inútil que lo intenten? Tener presente el origen del problema sería de ayuda.

Ante todo advirtamos que la izquierda democrática, reformista y moderada es débil entre nosotros desde hace mucho tiempo. Algo parecido podría decirse de la derecha, pero no en la misma medida. Y el problema que estamos considerando lo demuestra: ¿por qué, sino, la salida del populismo radicalizado de los Kirchner se produjo a través de una coalición de centroderecha? ¿Por qué a la izquierda en cambio le costó evitar que ese experimento se apropiara de sus banderas, y luego le costó aún más aprovechar su declive, y hoy es más débil que antes? Hay avatares de la coyuntura actual que ayudan a entender la cuestión (lo mal que hizo las cosas el macrismo, que para algunos relegitima a los K, entre ellos). Pero como situaciones no muy distintas se vienen repitiendo a lo largo de los años, es evidente que responde a algunos problemas más estructurales y más difíciles de corregir.

Llama la atención, ante todo, la reiteración. Raúl Alfonsín intentó construir una versión socialdemócrata del radicalismo que, recordemos, duró un suspiro. Aunque fue muy importante para sentar las bases de la democracia que disfrutamos, como proyecto partidario fue un completo fracaso. Años después sectores del peronismo enfrentados a Menem intentaron algo parecido desde las fronteras de ese movimiento y aliados con otros grupos de izquierda, y también terminó en fracaso. Más cerca en el tiempo lo intentaría un conglomerado de ex radicales y socialistas con varios frentes y alianzas (FAP, UNEN, etc.) ninguno de los cuales sobrevivió más que una temporada electoral.

La explicación más tradicional que se ha dado de estos problemas alude a la distancia entre la base social que estos proyectos necesitan y la que consiguen: como sus representados ideales son los asalariados y estos se referencias mayormente en el peronismo, todas las construcciones de este tipo tienen pies de barro, apenas alcanzan a sectores medios ilustrados y franjas móviles del electorado, que se dejan seducir por sus propuestas en momentos de entusiasmo cívico y distributivo, pero a poco de andar se arrepienten y vuelven a sus cabales, es decir, a apostar por el centro a la derecha, dejando a la izquierda democrática sometida a internismos y reproches, que se agravan con los consecuentes trastazos electorales.

Esto empeora aún más por la distorsión que introduce el federalismo en el sistema electoral: los distritos peor representados son en los que estos proyectos logran hacer pie, grandes urbes y el centro del país. Por más que sus líderes lleguen a ser muy populares allí, no logran formar mayorías sólidas por sí mismos y dependen en demasía, para formar una mayoría, de líderes territoriales que tienen menos votos pero más poder institucional, y no comparten sus preferencias de izquierda democrática o las abandonan en cuanto cambia el viento. Le pasó a Alfonsín en la segunda mitad de los ochenta, a Carlos Chacho Álvarez a fines de los noventa y a los socialistas y Stolbizer en los últimos años.

Pero hay también rasgos de las ideas dominantes en la izquierda argentina que es importante destacar. Porque la vuelven poco compatible con el reformismo y la formación de coaliciones amplias y plurales.

En primer lugar, el peso de la tradición leninista. Que está asociado paradójicamente a una muy escasa gravitación de su formación política clásica, el PC. Una coyuntura crítica ilustra bien este punto: la caída del muro de Berlín. Argentina fue de los países occidentales en que esa crisis época tuvo menos repercusión política e intelectual: no se produjeron cismas en los partidos de izquierda doctrinaria, no hubo debates ni producciones académicas ni políticas de significación; en fin, el derrumbe del bloque soviético pasó de largo entre nosotros. ¿Por qué? En gran medida porque ni siquiera el PC argentino se presentaba a esa altura como leninista, estaba en proceso de rebelión interna, en lo que se llamó el “giro del XVI Congreso”. Que significó abrazarse al castrismo y converger con otros grupos políticos que ya habían dado ese paso antes. Hermanándose en la reformulación, no la revisión ni la crítica, de los principios leninistas y estalinistas, para adecuarlos a las “condiciones latinoamericanas”. Gracias a ese disfraz muy pocos se sintieron obligados a una autocrítica por el derrumbe de la URSS. Y el leninismo sobrevivió, bajo nuevo ropaje, tanto dentro como fuera de la estructura del PC, pululó en el Frepaso,quedó latente en la izquierda peronista y radical, y estuvo listo para florecer y multiplicarse con la llegada del kirchnerismo.

En segundo lugar esta sobrevivencia y gravitación fueron facilitadas por otro factor fundamental, que a la vez ofreció fuerza moral a las izquierdas argentinas y las volvió impermeables al liberalismo político y la fe constitucional: el movimiento de derechos humanos y su victimismo heroico.

Está ampliamente instalada la idea de que estos ofrecen a las izquierdas locales una “ventaja estratégica” frente a sus enemigos. Les aseguran una base identitaria, dan legitimidad a sus planteos en infinidad de asuntos, en suma, son su recurso más preciado. En parte esto es cierto, pero se pasa por alto la enorme carga que al mismo tiempo ponen sobre sus espaldas: de su mano, les resulta imposible, y a la vez les pareceinnecesario y hasta indeseable, procesar sus planteos en una clave más acotada y adecuada para la convivencia y la cooperación política, y se vuelve tentador relativizar y hasta ignorar los preceptos constitucionales, incluidos los derechos individuales, civiles y políticos, de raíz liberal.

Dicho de otro modo, los derechos humanos actúan como un buen argumento para ignorar todos los demás derechos, los que están sostenidos en la legitimidad del Estado y la Constitución, y que en un ambiente político como el nuestro, tan cargado de desconfianza y desprecio por las reglas autoimpuestas, se entiende que lleven las de perder frente a aquel subterfugio moral y en cierta medida religioso. Más potente por apelar a una fuente “universal”, claro, siempre que le convenga: no es tan universal pues lo que aporta es la distinción entre réprobos y santos.

Así, gracias a una doctrina de los derechos humanos en cuyo nombre se puede ignorar la ley, porque invocan una justicia trascendente, sustancial y no “formal”, las izquierdas evitaron democratizarse en serio. Se mantuvieron fieles a sus más clásicas tradiciones. Se entiende por esto que entre los referentes de aquella doctrina destaquen algunos muy radicalizados enemigos del liberalismo político. Y a tantos moderados izquierdistas, peronistas y hasta radicales, les cueste objetar su influencia. Los derechos humanos actúan como un buen argumento para ignorar todos los demás derechos.

¿Los Kirchner pervirtieron una noble causa? En verdad, agravaron problemas que venían de largo y tenían vida propia: desde bastante antes nos habíamos acostumbrado a pensar en la izquierda como víctima y la derecha como victimaria.

Pero ahora queda claro que el más perjudicado por esa lógica terminó siendo el primer polo de la “grieta”. Pues para el segundo la carga moral en su contra, históricamente bastante merecida, funcionó como estímulo a la moderación y el pragmatismo político, a una mínima madurez. Vistas así las cosas, se entiende que a nadie beneficiaría más el avance de los juicios por corrupción que a las izquierdas locales.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).