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Marcos Novaro
Una gran actriz, en la escena que menos la favorece
Por Marcos Novaro
21 de mayo de 2019
(TN) Hasta acá llegaron las manganetas distractivas, el verso y las excusas. Ahora, empezó el juicio y Cristina se confronta con los hechos, hechos que ella provocó y de los que tendrá que hacerse responsable.
 

(TN) Al final no pudo evitarlo: movió cielo y tierra para suspender, demorar y entorpecer el inicio del primer juicio oral en su contra, ofreciendo la imagen que menos le conviene a un inocente; e igual tuvo, hoy, por primera vez, que enfrentarse cara a cara los hechos y dar cuenta de sus actos. Aunque logró hacerlo con cara de triunfo, y cuando la cara de susto la tienen los demás, no es poca cosa.

Hay momentos críticos que definen una época, los valores de una sociedad, la eficacia de un régimen político. Cuando los poderosos se ven obligados a dar cuenta de lo que hicieron, son confrontados por la ley y los que son más débiles logran igual hacer valer sus derechos ante ellos, estamos ante uno de esos momentos, y podemos estar seguros de que algo parecido a una república nos gobierna.

A partir de hoy, puede que esto se cumpla en nuestro caso: hasta acá llegaron las manganetas distractivas, el verso y las excusas. Ahora, la expresidenta se confronta con los hechos que ella provocó y de los que tendrá que hacerse responsable.

No pudo faltar a la cita, para “no regalarle esa foto a la oligarquía”, como cuando no entregó los símbolos del mando a Macri. Hasta ahí, llega su pasión por la escena, la estética (no la ética) política. Aunque en este caso había otro incentivo para no asistir, tan o más importante: le debe resultar más que incómodo sentarse junto a un montón de excolaboradores a los que traicionó, abandonó a su suerte, no les dedicó ni una mención, ni una pizca de solidaridad. Y eso que si están ahí es en buena medida gracias a ella.

Por eso fue que pidió sentarse en la última fila, lo más lejos posible de De Vido y Báez. Así de bajo ha caído el selecto club de los popes del kirchnerismo, hasta esas miserias tienen que disimular, ahora que la Justicia de la república los pone en su lugar.

Claro que una república bien ordenada no es la que deja que las cosas lleguen a estos extremos para controlar los abusos de poder. Mucho antes les pone freno, evita que los gobernantes dañen sus instituciones, sus cuentas y atropellen sus leyes para enriquecerse. Y una república dispone, además, de ciudadanos, partidos y grupos de interés que dan a tiempo la señal de alarma: tal vez dejan que se hagan malas políticas en su nombre, pero no dejan que se robe, estafe ni falsifique. Por eso, hoy es un día para festejar pero también para lamentarse, de lo bajo que hemos caído, de lo increíblemente lejos que pudo ir la banda que nos gobernó antes de que se activaran mínimos mecanismos, y habrá que ver si suficientes, para frenarla; de la mucha gente, los grupos y organizaciones a los que esto no les importa, o les importa muy poco, o incluso niegan pese a todo lo que ha quedado a la vista.

CFK ha hecho mucho para que así fuera. Y ese es uno de sus legados: no solo violó la ley, sino educó en su violación, no solo se corrompió, corrompió a muchos otros. Y lo hizo a través del arte que mejor maneja, el de la dramaturgia, que le permitió el trastocamiento psicopático de los hechos por los que hoy la acusan y de prácticamente todo lo que sucedió mientras ejerció el poder. Porque Néstor fue el gran organizador, el factótum de la máquina, pero corresponde a ella el mérito de haber montado el espectáculo imprescindible que la acompañó.

Ese arte le permitió, lo hemos visto en estos días, moldear la escena que rodea el incómodo momento en que la sentaron en el banquillo de los acusados, movilizando a sus fieles a que denuncien el supuesto atropello de que es víctima, poniendo al resto a la defensiva. En particular, a jueces y fiscales que se animaron a hacer su trabajo, a los que ha venido diciéndoles sin mayores sutilezas que está por volver al poder, y en cuanto lo logre acabará con ellos, y con todos los que se atrevieron a juzgarla. ¡¡¿Qué se han creido?!!

Pero uno de los problemas que enfrenta Cristina es que sus indiscutibles méritos como actriz no están acompañados de dotes equivalentes en estrategia. Sus jugadas suelen ser sorprendentes, pero ni ella tiene idea cómo seguirlas, representa muy bien su papel pero el guión que recita es bastante malo, muestra demasiado seguido la hilacha. Y bueno, no puede pedírsele que haga todo y encima lo haga bien.

Veamos un ejemplo: las barrabasadas (para usar sus propias palabras) en que incurrió Alberto Fernández antes y después de aceptar su “oferta”, su nuevo “rol”, “empleo”, o como se lo quiera llamar. Antes de notificarse de su nominación, se había lanzado ya brutalmente contra los jueces que investigan casos de corrupción, nombrando uno por uno a los que les espera el tribunal popular. Y para probar que no era un desliz, a continuación prometió, en caso de ser electo, “revisar sus fallos”, dando a entender que la Justicia trabaja sobre la arena, y el dueño de esa arena es el poder, el que piensa reconquistar para su jefa, para moldear a voluntad lo que es legal o ilegal, lo que sucedió y lo que es verso. Bien por el kirchnerismo moderado.

Tras arrancar la campaña con tales muestras de pasión pingüina, seguro los periodistas habrán recordado al colega que, gracias a los buenos oficios del ahora candidato, la dirección de Página 12 impidió seguir reportando sus inoportunas investigaciones sobre chanchullos en la Superintendencia de Seguros. Con ese antecedente personal, ¿cómo va a dudar el Alberto de la inocencia de Cristina? Flor de incentivo. Seguro también los empresarios recordaron que, como Jefe de Gabinete, habilitó y justificó la intervención del Indec. ¿Cómo no confiar ahora en su juicio para moldear la verdad, y también para elegir economistas “moderados y razonables”, no esos enfermos como Moreno, enfermos de sinceridad sobre todo. Y los peronistas de seguro podrán ahora por su parte hacer finalmente justicia a Scioli, reconocer en él a un indomable William Wallace, al lado del Alberto, que además de “su” candidato se ofrece como “su” testigo.

¿Qué impacto tendrá en la sociedad el inicio de este juicio, la exposición de las pruebas y el cara a cara entre los acusados y el tribunal, entre aquellos y la audiencia? Difícil predecirlo. Hasta ahora, a medida que aumentaban los procesamientos en su contra, la expresidenta subía en las encuestas. ¿Cambiará algo ahora? El antecedente de Milagro Sala al menos alienta a pensar que sí: mientras sus abogados estiraban el inicio de los procesos contra ella, su reivindicación como “presa política” se coreaba en todas las marchas, en todos los medios k, todos los días se repetía el mantra de que no había nada firme en su contra; pero en cuanto se acabaron las dilaciones y las acusaciones y las pruebas que las fundamentaban se pusieron sobre la mesa, el esfuerzo de ignorarlas fue demasiado alevoso como para que pasara por un reclamo de justicia. Más todavía cuando las condenas empezaron a acumularse.

Así que poco a poco y con disimulo, como con el caso Maldonado, los negacionistas empezaron a hablar de otra cosa. De cuestiones conexas que permitían distraer la atención, evadir el hecho de que desmentir la realidad se había vuelto más difícil, de que la fe había quedado desmentida por una verdad institucionalmente sancionada, que escapaba al juego de las versiones, en el que cada quien puede creer lo que quiera o le convenga.

Obvio que el creyente no abandona tan fácil su fe. Por ese lado no cabe ser muy optimistas. Pero lo que importa es el efecto de confianza en las instituciones que pueda crearse en el resto. Al respecto, aunque hay lugar para la esperanza, conviene no dar nada por sentado. Porque la pretensión de Cristina de ser una perseguida, combinada con su idea de correrse de la escena de competencia para que “otros peleen por ella”, “defiendan su causa”, no deja de ser una jugada inteligente, que pone en aprietos tanto a sus críticos en el peronismo como al oficialismo, y al Poder Judicial.

Macri siempre ha dicho que el peor error de sus contrincantes fue subestimarlo. Ahora se está viendo que el peor error del macrismo en estos meses ha sido subestimar a Cristina: pensó que no iba tener alternativa a candidatearse, así que seguiría ayudándolo a sobrevivir, como viene haciendo desde hace años, e hizo con especial entusiasmo hasta 2017. Sin embargo, la señora encontró la forma de ser y no ser candidata al mismo tiempo. Tal vez no le alcance, pero al menos en parte evadió el dilema que tenía por delante. Y del otro lado lo único que atinan a decir es que es un engaño, que no va a funcionar, mientras rezan para que efectivamente sea así, y no se les note el cagazo.

No es poca cosa lograr que, cuando uno se sienta en el banquillo, los que luzcan asustados sean los demás. Qué manejo de la escena. Dan ganas de aplaudir.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).