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Marcos Novaro
Se complica el acuerdo entre Mauricio Macri y la oposición moderada
Por Marcos Novaro
6 de mayo de 2019
(TN) Hasta hace poco parecía que no se podía consensuar nada, pero ahora algunos pretenden acordarlo todo y con todos. Cambiemos y Alternativa Federal se la juegan en una vía intermedia.
 

(TN) Lo primero que llama la atención de los 10 puntos que el Gobierno propuso a algunos peronistas moderadospara estabilizar la situación financiera y cambiaria de aquí a diciembre, y tal vez para preparar un terreno de convivencia más productivo hacia adelante, es que son de muy básico sentido común.

En cualquier país normal que haya que pagar las deudas, respetar la división de poderes, combatir la inflación con equilibrio fiscal y un Banco Central independiente, tener un sistema previsional sustentable y estadísticas confiables son cosas tan de perogrullo que no hace falta hablar de ellas. Entre nosotros escasea ese sentido común así que es imprescindible hacer explícito el compromiso con esos criterios bien básicos, y ponerlos fuera de la competencia, para fortalecerlos y que quienes los ignoran o desprecian queden en evidencia.

Lo segundo que destaca es la velocidad con que cambió la discusión pública desde que se volvió posible un módico acuerdo: los que más reclamaban contra la polarización, la grieta y la falta de consensos, saltaron como leche hervida para aclarar que ese acuerdo no tiene nada que ver con el que ellos propugnan, el ideal de "unidad nacional". Y que si no se garantizan todas las metas que ellos persiguen, y no firman todos los que ellos quieren, no sirve para nada, es "distractivo", "marketing", solo responde a "urgencias y debilidades oficiales".

Convengamos que los pactos siempre son acotados, porque se hacen entre gente que piensa distinto y en cierto momento encuentra algo que puede lograr cooperando, evitar una crisis o que se imponga alguien que consideran muy malo. Y la gente pacta porque le conviene, no lo hace contra sus intereses, siempre es así y no tiene nada de malo. La pregunta es: ¿a la oposición moderada no le conviene acordar sobre esos 10 puntos con Mauricio Macri, o sí le conviene, pero no se da cuenta o no se anima?

El gobierno de Cambiemos ha llegado a un punto en que para romper el círculo vicioso de la desconfianza económica y política necesita ayuda. Y abandona premisas que hace tiempo dejaron de serle útiles para construir confianza. Lo hace algo tarde, tras pagar muchos costos por su aislamiento, pero tal vez no demasiado tarde. En cambio los partidarios de la tercera vía que despotrican contra "la grieta" enfrentan otros problemas: el estar divididos ante dos polos bien consolidados, y carecer de líderes que les permitan aprovechar el descrédito del oficialismo. Que fue capitalizado, sin mayor esfuerzo, por Cristina Kirchner y su oposición radical, la que apuesta a "cuanto peor mejor". La pregunta es si acordar aunque sea algunos puntos con Macri va a desdibujarlos aún más o puede fortalecerlos. Miguel Ángel Pichetto opina una cosa, Roberto Lavagna otra y Sergio Massa no se sabe.

Lavagna disfraza de idealismo patriótico una visión bastante cerrada y mezquina de la situación política: la que cree va a permitirle erigirse en síntesis superadora de la maldita grieta descalificando a sus dos polos como igualmente fracasados y sólo útiles el uno para el otro. Convencido de que la vía para él más provechosa es sostener esa equivalente inutilidad de los otros contrincantes, no puede aceptar conversaciones con uno de ellos, mucho menos unas encaminadas a acordar algo, cualquier cosa.

En el fondo, Lavagna, igual que el Papa Francisco, otro que ha estado despotricando contra la polarización en la Argentina, cree que lo que realmente impide gobernar "bien" este país es la división del peronismo, esa es la grieta que realmente les molesta. Provocada, no es irrelevante agregar pues en esto ambos también parecen estar de acuerdo, por el virus liberal que introdujo primero Carlos Menem y luego la reacción contra los Kirchner. Y que Macri fomenta con iniciativas como la del aborto, las causas contra la corrupción, la denuncia del chavismo y los peligros del populismo radicalizado.

La reconciliación de los argentinos va a ser posible cuando nos olvidemos de esos temas divisionistas de nuestra comunidad, y se reconcilie consigo misma nuestra "identidad política nacional", dicho más simple, se unan los peronistas. Esa es la nota subyacente a los 10 puntos propios que opuso a los de Macri, un verdadero programa de gobierno, orientado por un humanismo progresista que en su afán de volver imposible el diálogo buscó adrede sortear o ignorar todos los ítems del decálogo oficial, hasta los que es seguro que comparte, y se carga de compromisos que seguro sabe incumplibles, como el de aumentar las jubilaciones, cuando hasta hace poco mucho más sinceramente confesaba que "no hay nada que repartir".

Es curioso que Pichetto, hasta aquí el principal promotor de la candidatura de Lavagna, junto con Eduardo Duhalde, y uno de los firmantes de este programa humanista, aunque también promotor de la otra "lista de supermercado", la que empujó el Gobierno, no haya podido convencer al candidato que, en este terreno, su forma de ver las cosas es, además de históricamente discutible, poco práctica: superar la división del peronismo, y tal vez hasta garantizar su supervivencia, sólo va a ser posible si CFK no vuelve al poder, porque no hay tal equivalencia entre ella y Macri. Ella coquetea peligrosamente en el límite del sistema democrático, en sus mejores días, mientras que él es, por ahora, la barrera a mano contra el riesgo de que esa amenaza se agrave. Por lo que, aún combatiéndolo en todo lo que le parezca conveniente, Pichetto no deja de atender a las ocasiones en que se vuelve necesario colaborar con él, mientras no aparezca otra barrera mejor con que reemplazarlo en esa función.

En el medio entre Pichetto y Lavagna quiso acomodarse Massa, primereando a Macri en la invitación al acuerdo, a quien conminó a que participara también a Cristina en el mismo, para que no se volviera una "simple manganeta para dividir a la oposición". En suma, Massa parece querer lo mismo que Lavagna, pero recorriendo el camino que propone Pichetto. O algo por el estilo. A esto agregó, incluso en una conversación directa con el presidente, que él debería empezar por reconocer que su política ha sido un desastre y cambiarla de raíz antes de que sea tarde. "Me siento a hablar y negociar, pero con la condición de que firmes tu rendición incondicional". Sonó un poco mucho.

Sucede simplemente que Massa tiene difícil encontrar un lugar en el mundo, dado que su hipótesis de trabajo, que Cristina no se presentaba, ha quedado casi descartada, y le cuesta resignarse a ser su candidato bonaerense, y más todavía a ser el de Lavagna, con aún menos chances de éxito. Como no tiene por ahora cómo acomodarse en ninguno de los tableros que le ofrecen, propone otro juego, uno imposible, a ver si logra que los demás se equivoquen y se le vuelva a abrir un camino. En su perspectiva, si Lavagna no colabora y el acuerdo sale, a él le va a convenir estar, pero si está Lavagna, de la mano de Pichetto, él adentro corre el riesgo de diluirse y le convendrá quedarse afuera. Parece confuso pero en realidad es claro como el agua.

Algo semejante intentan Alfredo Cornejo y Martín Lousteau. Hablaron del acuerdo pensando no tanto en su utilidad para la estabilidad económica y la gobernabilidad futura, como en su mejor escenario para negociar las candidaturas con el presidente. Esa alternativa depende de mantener abierta el mayor tiempo posible su opción de irse detrás de Lavagna, si el PRO no les da lo que quieren. Así que también propusieron un entendimiento electoral imposible, de todos contra Cristina, que según ellos no se habría logrado hasta aquí por la cerrazón del macrismo.

¿Es Macri el culpable de que Cambiemos sea una coalición acotada, apenas una primera minoría que así como ganó por un pelo en 2015 vuelve a correr con lo justo 4 años después? En parte sí, aunque de haberla abierto mucho más tal vez tendría ahora aún más problemas. Nadie que se haya involucrado demasiado en las disputas entre los peronistas sacó jamás buen provecho, es bueno recordarlo.

¿Es Macri quien quiere dividir a la oposición no K? A esta altura está bastante claro que la necesita mínimamente competitiva, más todavía después de la sucesión de trastazos de Cambiemos en las provincias. Porque si la elección nacional se polariza del todo, CFK puede arrastrar detrás suyo todo el voto opositor. Macri además va a necesitar a ese sector moderado del peronismo más cohesionado de lo que estuvo hasta aquí en un eventual segundo mandato, ¿con quién más tendría chances de formar mayorías para las reformas que necesitará aprobar?, ¿y cómo hacer viables esos cambios si el peronismo que podría colaborar con ellos se desintegra por el camino?

Como se ve, los intereses electorales y coalicionales de Macri tienden a alinearse y lo están empujando a intentar un juego más abierto y más colaborativo que en el pasado. Podría pasar lo mismo con la oposición moderada, no sólo la peronista, si encuentra ventajas concretas en no diferenciarse de él en todos los temas en danza y en diferenciarse de Cristina en su irresponsabilidad económica e institucional.

Por eso es que sería tan necesario que se firme el acuerdo, como que él arroje algunos buenos resultados concretos: aplacar la corrida contra el peso, bajar el riesgo país, y sobre todo que a los firmantes no les vaya mal en las elecciones. Así se va a demostrar que la colaboración paga, y no siempre llevan ventaja los que más especulan.

Se suele comparar el porcentaje de rechazo a CFK con el que recibe Macri, y es cierto que en los últimos meses se parecen bastante. Pero la diferencia es que en el caso de la expresidente ese rechazo ya tiene cuatro o cinco años de duración, es casi lo único estable, junto a las peleas en el peronismo, de un sistema político que cambia todo el tiempo. Y si es tan inmune a alteraciones en las corrientes de opinión sobre casi todo lo demás, ¿qué debería suceder para que vaya a cambiar?

Hay quienes piensan que la expresidente se cansó de ayudar a su sucesor, y está poniéndose las pilas en serio para sacarlo del poder.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).