12.12.2018
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro
Fake News, ¿algo nuevo bajo el sol?
Por Marcos Novaro
26 de noviembre de 2018
(TN) Desde un supuesto ataque externo al ARA San Juan hasta el renacer anarquista: está de moda olfatear conspiraciones. Se puso la atención en operaciones de manipulación de la información y no es fácil determinar si son reales o fabuladas.
 

(TN) Alguna mano negra detrás del renacer anarquista y un inminente atentado terrorista en Buenos Aires, condimentados con el supuesto ataque británico al ARA San Juan. Son muchas las sospechas que han circulado en los últimos tiempos, con más o menos fundamentos según los casos, pero siempre una trama conspirativa asociada, siguiendo la estela de los ya famosos volquetes de piedras y agentes disfrazados de manifestantes con que el Gobierno habría estimulado la violencia frente al Congreso, o más atrás, la supuesta desaparición de Santiago Maldonado.

Como parte de esta moda de olfatear conspiraciones por todos lados, se ha puesto la atención en operaciones demanipulación de la información, que tampoco es fácil determinar si son reales o fabuladas, en que se sospecha el uso de instrumentos súper poderosos, perversos sistemas que mezclando redes sociales y big data podrían generar cambios decisivos en la opinión, a favor o en contra de los gobiernos de turno.

¿Es más o menos lo mismo que siempre sucedió en la lucha política, que convengamos nunca ha sido muy respetuosa de la verdad y los hechos duros y crudos, o estamos en una nueva era, la de la “posverdad” en que nos va a costar cada vez más identificar y combatir las mentiras de los poderosos? ¿Esta “nueva era” nació con la elección de Donald Trump en los Estados Unidos, aupado por los servicios de inteligencia rusos y sus ejércitos de trolls, o todo eso es una exageración interesada, y en verdad la ayuda rusa fue marginal y lo que cuenta es que los demagogos con talento siguen imponiéndose a los tibios que no saben comunicar, más o menos como viene pasando desde la república romana? ¿Es cierto que las autocracias aprovechan mejor que las democracias las nuevas tecnologías de control social y por tanto en la era que se inicia estas van a ser cada vez más débiles para contrarrestar la manipulación por parte de los poderes fácticos, o ese es el delirio de intelectuales occidentales paranoicos y derrotistas?

La situación reinante en nuestro país a priori pareciera confirmar los peores temores: lo único en que no hay acuerdo entre nosotros es en si la amenaza cibernética y autoritaria nace de la derecha de Macri, Patricia Bullrich y los trolls de Peña y Durán Barba, o de Cristina, los papistas y sus huestes de fanáticos integristas y antiliberales.

Por cierto, somos terreno fértil para estas discusiones, y para las denuncias y sospechas cruzadas, porque la lucha política es particularmente intensa entre nosotros, se suceden constantemente episodios y conflictos sobre los que circulan ya no interpretaciones sino relatos por completo contrapuestos, y los terrenos “neutrales” en que podrían al menos moderarse y acotarse las diferencias entre dichas versiones de la realidad que vivimos, la Justicia, los sistemas estadísticos, los reportes periodísticos y estudios académicos, están también sospechados, porque son o se cree que son también instrumentos apenas velados de la lucha facciosa.

Ahora bien: es por todo esto doblemente significativo que a la famosa “posverdad” tan bien no le esté yendo en estos pagos. De lo que cabe concluir, contra lo que se cree, que nuestro caso no abona las tesis alarmistas, sino más bien al contrario, alienta a creer que aunque proliferen los esfuerzos por manipular los hechos, y ellos puedan echar mano a todo tipo de recursos y tecnologías, los antídotos contra estos males, aún en democracias pluralistas de baja calidad institucional e intensa polarización partidista, siguen siendo potentes.

Veamos si no lo sucedido con los últimos esfuerzos por instalar teorías conspirativas o versiones por completo infundadas de los hechos. Nadie logró convertir a Chocobar en un héroe, ni impidió que enfrente un juicio oral con todas las garantías; Leopoldo Moreau se mandó a guardar con su foto del supuesto agente disfrazado de anarquista y hoy salvo algún que otro desquiciado marginal de los medios y las redes son pocos los que insisten con la teoría de que el oficialismo estuvo detrás de los piedrazos al Congreso, o las bombas de los anarquistas. Y tal vez lo más interesante de todo, porque nació de una fake news muy bien montada, solo una minoría desconfía de que la Justicia resolvió satisfactoriamente el caso Maldonado. Fuera del círculo de los devotos del antimacrismo, la confianza en el Estado de Derecho no se vio minada por ese trágico y penoso episodio, sino al contrario, se fortaleció.

Comparado con lo sucedido en circunstancias semejantes del pasado, no puede decirse entonces que estemos viviendo la edad de oro de la manipulación informativa. Y tal vez ello se deba precisamente a que en nuestra historia reciente esa manipulación alcanzó niveles extremos, hasta saturarnos, reduciendo la disposición a comprar buzones, entrenándonos en distinguir mejor los datos y los hechos de las especulaciones e interpretaciones.

Y no sólo jugó a favor de este aprendizaje lo sucedido bajo el kirchnerismo. Los abusos vienen de más lejos: “los desaparecidos no existen”, “estamos ganando”, la lista es larga. Hasta Rodolfo Walsh, el fundador del periodismo de investigación local, los solía practicar, con su novelística costumbre de rellenar los vacíos informativos en sus relatos con especulaciones funcionales a la moraleja que él ya por adelantado les había atribuido. Según contaba Alicia Eguren, la mujer de John William Cooke, de quien no se puede sospechar animosidad política alguna contra el escritor, ese vicio precisamente fue el que lo llevó a responsabilizar sin mucho fundamento a Augusto Vandor por la muerte de Rosendo García, en esa famosa “investigación” que hoy se ofrece en todas nuestras escuelas de periodismo como objeto de lectura sacramental y modelo ideal a seguir. Pasando por alto que el Vandor asesino de Walsh resultó gracias a ese opúsculo a su vez “legítimamente” asesinado poco tiempo después.

En episodios como ese la posverdad fue dejando en nuestra historia marcas indelebles de sus garras y colmillos, porque ¿qué importaba si las cosas habían sucedido como se creía o los hechos habían sido por completo manipulados? Siempre podía decirse: “se non è vero, è ben trovato”. Lo de hoy, en comparación, es un juego de niños.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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