12.12.2018
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro
De piedras a bombas: ¿se dirá que el gobierno manipuló a los anarquistas?
Por Marcos Novaro
16 de noviembre de 2018
(TN) Ya no se puede ignorar que existe un problema de violencia política en nuestro país, ni que nace de la radicalización de un sector de la oposición que se niega a asumir responsabilidades por nada de lo que hace, porque su enemigo es “el mal”. Bombas golpistas o bombas revolucionarias, ¿hacen alguna diferencia?
 

(TN) El gobierno teme que los ataques con bombas caseras contra la casa del juez Bonadío y en la tumba de Ramón Falcón sean un anticipo de lo que grupos muy radicalizados están preparando para la reunión del G20. Así que intensificó y anticipó los controles en la ciudad.

Lo que es seguro es que continúan y profundizan algo que se inició con el caso Maldonado el año pasado: protestas cada vez más violentas que buscan desatar la represión y presentar como causa lo que sería en todo caso un efecto, una reacción defensiva legítima por parte del Estado. Y por ahora, al menos, es una reacción en la práctica muy moderada y atenta a no provocar daños a las personas involucradas.

Hay que aclarar que por ahora también los grupos violentos son reducidos. Pero van creciendo y tienen fronteras porosas con un sector de la oposición, en el que convive el kirchnerismo duro y el trotskismo, mucho más amplio. Y que tiene una indirecta pero inexcusable responsabilidad en lo que está pasando, porque avala abiertamente esas prácticas, y les ofrece una caja de resonancia para que sus efectos políticos se potencien, y sus protagonistas se entusiasmen más y más.

Lo hicieron, primero tímidamente, durante las manifestaciones por la “desaparición forzada” de Santiago Maldonado, negando la existencia de violentos entre los grupos movilizados, así como negaban que existiera la RAM. El problema no era, según ellos, la aparición de estos anarquistas que ahora reaparecen armando y poniendo bombas, sino la “represión” supuestamente “salvaje” y los infiltrados del gobierno que generaban disturbios para justificar ese salvajismo.

Pero por más timidez con la que actuaran y argumentaran, ya estaban montando y poniendo en marcha el motor de la violencia, la identificación del gobierno con la dictadura, “el mal” en su más pura expresión, la atribución al mismo de una “violencia primera y precursora” ante la que ellos y sus socios reaccionaban defensivamente, y la celebración de que el conflicto se planteara, y en lo posible se fuera a resolver, en las calles.

En las protestas contra el ajuste, primero en diciembre de 2017 y de nuevo el mes pasado, cuando se inició el trámite del presupuesto, fueron bastante más allá. Mientras grupos mucho más nutridos y mejor organizados tiraban piedras e incendiaban todo lo que encontraban a mano, sus “representantes” intentaban se interrumpiera el funcionamiento del Congreso, agitando el escándalo en el recinto e incluso intentando quebrar las barreras de contención de las fuerzas de seguridad. De nuevo, trotskistas y kirchneristas denunciarían que la represión había sido salvaje y contra quienes no tenían nada que ver con los piedrazos, pues estos habían sido provocados por agentes encubiertos del gobierno.

Incluso los voceros de ese sector y sus medios adictos y militantes se ocuparon en la última ocasión de difundir fake news desopilantes sobre el episodio: que habían identificado a un policía disfrazado de manifestante, que el gobierno de Larreta había repartido piedras en volquetes alrededor del Congreso para tentar a los manifestantes.

Cortar lazos con ellos y con otros parecidos que pululan en municipios del conurbano les sería mucho más difícil. Tal vez imposible. Porque supondría revisar el diagnóstico con el que vienen actuando desde hace tiempo y que creen los lleva por la buena senda. Su idea es que por más que se los responsabilice por la violencia desde el gobierno e incluso desde la oposición moderada y los medios no militantes, sus votantes no se van a desalentar porque estos episodios se repitan, al contrario. Y, en cambio, los votantes del gobierno, sí. Y como para evitar que la violencia continúe e incluso se agrave, el oficialismo debería emprender en serio una acción represiva mucho más intensa de la vista hasta aquí, que muchos considerarían intolerable, no le queda más que elegir entre dos males, y en verdad soportar costos un poco por los dos: una parte de su gente se desanima porque reprime, otra parte porque no lo hace suficientemente. Lo que solía pasarle ya antes con los piquetes que interrumpen el tránsito, pero peor.

Entonces, los nostálgicos del poder militar también recurrieron a bombas en varias ocasiones y, luego, a una versión castrense de los piquetes y los piedrazos, la toma de cuarteles para demostrar que en “sus calles” seguían imponiendo su voluntad y los poderes constitucionales no los alcanzaban. Y su objetivo, como explica un interesante documental recién estrenado sobre el período, no era tomar por ese medio el poder, sino acorralar y agotar al presidente, forzarlo a negociar, y debilitar sus bases de apoyo, tanto por el lado de quienes creían que no debía ceder sino reprimir las revueltas a como diera lugar, como por el de quienes creían lo contrario, que debía negociar y ceder mucho más, para que las revueltas cesaran.

Para empezar, porque no entienden ni siquiera a sus propios votantes: por más que ellos también sientan nostalgia por los buenos años de Cristina en el poder, su tolerancia a la violencia es mucho más baja que la tolerancia al ajuste. Y las pruebas están a la vista: por más que se tienen que apretar el cinturón, y desde el sector político al que ellos todavía adhieren se insiste e insiste, no logra que esos millones de bonaerenses se movilicen. Y si insisten más de la cuenta, abusan de los chispazos con que esperan se incendie la pradera. Lo más probable es que terminen viendo cómo esa gente misma les pide de buena o mala manera que se dejen de embromar y los dejen vivir en paz. Típicos sinsabores de ser vanguardia.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentia)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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