18.12.2018
 
Artículos / Opinión
Patricio Navia
El lugar de Pinochet en la derecha chilena
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
16 de octubre de 2018
(El Líbero) Este sector debe asumir el legado de Pinochet como un costo. La próxima semana, los chilenos ya estaremos de nuevo mirando al futuro y esperando que los líderes políticos presenten soluciones razonables, factibles y atractivas para enfrentar los problemas que tiene el país hoy. Ahí la derecha podrá volver a brillar y destacar.
 

(El Líbero) Cada vez que el nombre de Pinochet vuelve a aparecer en las noticias, la derecha chilena tiene más razones para preocuparse que para celebrar. Pero hoy que se conmemoran los 20 años de su arresto en Londres, Chile Vamos debiera recordar, primero, que no necesita reescribir la historia y, segundo, que los chilenos están más interesados en soluciones para los problemas de hoy y los desafíos de mañana que en acusaciones mutuas sobre qué partidos y coaliciones cometieron más errores en el pasado o tienen más cosas de las que arrepentirse. 

Porque ya han pasado tres décadas desde el plebiscito y dos décadas desde el arresto de Pinochet, la memoria de la dictadura y de su legado en los noventa corresponde más a los libros de historia que a la política cotidiana. Si bien sus defensores y sus detractores tienen todo el derecho a seguir pegados en el pasado, debatiendo las brillantes luces y las negras oscuridades del régimen -como tan bien resumiera el legado de Pinochet el fallecido historiador Gonzalo Vial-, la clase política tiene la obligación de abocarse a construir un mejor futuro.

La evaluación popular de Pinochet es hoy más negativa que positiva. El quiebre de la democracia y las violaciones a los derechos humanos ensombrecen cualquier aspecto positivo del legado. Precisamente porque los gobiernos que le sucedieron hicieron propio el modelo de una economía abierta —social de mercado—, el principal legado económico de Pinochet se ha convertido en un gran acuerdo nacional que muy pocos cuestionan o critican. A medida que se ha consolidado la democracia y se ha fortalecido el consenso respecto al modelo económico, aquellos que apoyaron y defendieron a la dictadura crecientemente deben dar explicaciones —y nadie parece interesado en oír que ellos también querían defender un modelo que gobiernos posteriores de izquierda y de derecha han hecho propio.

En estos días, varios líderes de derecha, incluido el Presidente Piñera, se están viendo presionados a dar explicaciones de por qué aparecieron defendiendo a Pinochet después de su detención en Londres en octubre de 1998. Afortunadamente para ellos, también hay varios líderes de la Concertación que recibirán críticas por unirse a esa defensa. De poco servirá que aclaren que ellos defendieron el argumento de que los crímenes cometidos en Chile deben ser juzgados en Chile o que defendían la soberanía del país más que a Pinochet. Esos argumentos, que por cierto también fueron utilizados en 1998 para justificar el esfuerzo del gobierno de la Concertación para evitar que fuera enviado a España a enfrentar un juicio por crímenes de lesa humanidad, ya eran cuestionables entonces. Tampoco es fácil entender por qué esos mismos que hoy se muestran tan comprometidos con la defensa de los derechos humanos —en Chile o Venezuela— hayan participado tan activamente en viajar a visitar a Pinochet a Londres o en los numerosos actos que se hicieron en Chile exigiendo la liberación del exdictador. 

La respuesta más digna que pueden dar los que entonces abogaron por la liberación de Pinochet es guardar un respetuoso silencio. Desde el gobierno y la oposición que lideraron la defensa de Pinochet hasta los que, al no oponerse, dieron un apoyo tácito al esfuerzo del entonces gobierno de la Concertación —con los ministros socialistas de Relaciones Exteriores José Miguel Insulza y Juan Gabriel Valdés— por lograr su liberación, tuvieron sus razones para querer evitar la tensión que generaba en Chile la detención de Pinochet en Londres. Ellos pensaron que, al traerlo de regreso, se podría avanzar más en reconciliación o al menos se podían extraer más concesiones de los militares —que formalmente aún tutelaban la democracia. Ellos han tenido la oportunidad de explicar sus posturas y la seguirán teniendo. Pero el día que se conmemoran los 20 años del arresto de Pinochet en Londres no es el mejor momento para intentar contextualizar por qué decidieron pagar el costo de entrar a la historia como defendiéndolo y abogando por su liberación.

La derecha, en particular, debe asumir el legado de Pinochet como un costo —algo así como una especie de pago de multa moral que debe hacer todos los años en los meses de septiembre y octubre. Después de todo, si efectivamente cree que la dictadura fue un costo razonable a pagar para evitar que Chile siguiera el camino de Cuba y para que se instalara el modelo de libre mercado en el país, la sanción moral que recibe una vez al año no es un precio demasiado alto. La próxima semana, los chilenos ya estaremos de nuevo mirando al futuro y esperando que los líderes políticos presenten soluciones razonables, factibles y atractivas para enfrentar los problemas que tiene Chile hoy. Ahí la derecha podrá volver a brillar y destacar. Porque, después de todo, a los chilenos les interesan más los problemas de hoy y los desafíos de mañana que reescribir la historia.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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