19.12.2018
 
Artículos / Opinión
Juan Pablo Cardenal
China seduce a golpe de talonario a las élites de América Latina
Por Juan Pablo Cardenal
7 de septiembre de 2018
(El País/España) El gigante asiático inyecta capital en unos medios en crisis y atrae a políticos, intelectuales y periodistas. La evidencia de que la estrategia funciona es que muchos de esos nuevos admiradores de China acaban halagándola públicamente.
 

(El País/España) Sobre un cimiento de inversiones, préstamos y proyectos de infraestructura consolidado durante la última década y media, China despliega ahora en América Latina una política destinada a ganar influencia política y afianzar su presencia en la región. La estrategia es novedosa porque apunta hacia ámbitos menos convencionales que el económico, donde, por los incentivos que ofrece China, parte casi siempre con ventaja. El rastro de la nueva política es ya perfectamente visible, ya que Pekín está vinculándose activamente con el mundo académico, los medios de comunicación, el mundo de la cultura y la clase política en buena parte de los países del continente.

El modelo se centra, por un lado, en la cooperación transversal entre universidades, think tanks, medios de comunicación, partidos políticos e instituciones diversas a ambos lados del Pacífico; y, por otro, en la promoción de la cultura china y en los programas de intercambio con influyentes figuras latinoamericanas, una variante diplomática que Pekín considera inofensiva, pero que sus críticos ven como una perversa captación de las élites locales con el objetivo de ganar su voluntad y afecto. Pese a que la persuasión y el estrechar lazos institucionales son práctica habitual entre países, la versión china de lo que el académico estadounidense Joseph Nye llamó “poder blando” levanta continuas suspicacias.

En el ámbito periodístico, China ha cerrado en los últimos dos años acuerdos de colaboración y coproducción con diversos grupos mediáticos públicos y privados de la región, tanto audiovisuales como escritos. Entre otros, la agencia china Xinhua selló en Argentina alianzas con distintos grupos de comunicación próximos al kirchnerismo, mientras el gigante televisivo China Global Television Network (CGTN) hizo lo propio con Grupo América, la segunda corporación argentina del sector. Una alianza similar a la que CGTN tiene también en Venezuela con Telesur y en Perú con ­IRTP, la corporación estatal de radio y televisión peruana.

Pekín enmarca estos acuerdos en la retórica oficial del “conocimiento mutuo”, para lo cual despliega recursos para financiar proyectos periodísticos conjuntos y promover el intercambio de contenidos. Esta interpretación contrasta con quienes alertan sobre su objetivo oculto: producir para los medios latinoamericanos contenidos periodísticos y audiovisuales gratuitos que muestran una imagen distorsionada, por amable, del régimen chino. Y no solo eso: también sirven para tratar de neutralizar a los medios críticos con el señuelo de la ganancia económica. En un contexto de crisis en los medios, el capital chino es la llave maestra de su penetración mediática, como se vio en la cumbre de medios de China y América Latina celebrada en Santiago de Chile a finales de 2016.

Organizada y financiada por Pekín, asistieron un centenar de representantes latinoamericanos previamente seleccionados. “Fue un mercado persa donde los chinos ofrecieron de todo porque, al final, lo que quieren es colocar sus contenidos en América Latina”, confiesa un asistente que dio su testimonio a condición del anonimato. Pekín pretende con esta estrategia corregir las, según él, percepciones negativas que se derivan del meteórico ascenso global de China. Y también contrarrestar lo que los líderes chinos creen que es un discurso de valores hegemónico impulsado por la prensa occidental que está dirigido a fomentar los intereses de Occidente y proyectar una imagen negativa de China.

Los contenidos de Xinhua y demás medios oficiales para audiencias en español se apoyan en una narrativa mucho más sutil que la de medios rusos como RT o Sputnik, cuya abierta beligerancia contra Occidente, incluidas las noticias falsas, es sobradamente conocida. Aunque en la información china se detectan con frecuencia los ecos de un Occidente malvado que colonizó, provocó guerras e impone valores, una arenga con indudable recorrido en América Latina, en general se centra en blanquear al régimen comunista y presentar a China como un país benigno y responsable. Paradójicamente, China irrumpe en los medios de países democráticos mientras su sector mediático permanece cerrado a cal y canto para los extranjeros.

A la difusión de esa imagen amable se apuntan también ciertas élites, tanto en América Latina como en el resto del mundo. Estos aliados y simpatizantes del PCCh son la versión contemporánea de aquellos a quienes Lenin llamó idiotas útiles en la época soviética. “Ayudan a difundir una narrativa blanqueada que normaliza una dictadura como la del PCCh, que tiene grandes violaciones de derechos humanos [a sus espaldas], y la transforma en un gigante económico pacífico que ofrece incontables oportunidades para sus amigos”, apunta Martin Hála, sinólogo y fundador de Sinopsis.cz, una web checa que analiza temas relacionados con China. La compra de lealtades de los nuevos adictos a la causa china es ahora visible en Panamá y la República Dominicana, los dos últimos países regionales en romper relaciones con Taiwán y que por ello viven una luna de miel con Pekín.

El propio presidente chino anunció en su última visita a Lima que su país concederá “oportunidades de capacitación a 10.000 latinoamericanos” hasta 2020. A través de distintos programas, personas influyentes de las sociedades latinoamericanas son invitadas de forma recurrente a China en viajes que duran semanas. Son estancias con todos los gastos pagados para periodistas, políticos, funcionarios, académicos o diplomáticos, entre otros, y los programas suelen incluir visitas a instituciones y citas con altos funcionarios del Estado, miembros del PCCh o directivos de empresas, además de banquetes y escapadas turísticas. El objetivo de Pekín es atraer a esas figuras prominentes a su causa. Convertirlos en embajadores de China.

No es esto exclusivo de América Latina. El mes pasado, Bloomberg reveló que varios políticos europeos, incluidos los ex primeros ministros David Cameron, Romano Prodi o Dominique de Villepin, entre otros, están en la nómina de Pekín. De igual modo, miembros de partidos políticos de todo el espectro ideológico son cortejados periódicamente por China. En Argentina, un cargo político del PRO del presidente Mauricio Macri confió en Buenos Aires a este periódico que 15 representantes de su formación volvieron “hipnotizados” después de un viaje de 14 días a todo lujo por China con todos los gastos pagados: “Ahora todos somos chinos”, exclamaron —en privado— a su regreso.

Que China ve valor en estas invitaciones selectivas lo demuestra el anuncio de Xi Jinping, a principios de año, en un discurso en Pekín ante más de 300 representantes políticos extranjeros, cuando aseguró que el PCCh invitará a 15.000 políticos de todo el mundo en el próximo lustro. Son encuentros que tienen el propósito de exponer a los invitados extranjeros a una propaganda perfectamente destilada. No es solo que los programas están cuidadosamente diseñados, sino que en ellos nunca se abordan asuntos sensibles para el régimen, ya sea la democratización de China, la situación de los abogados y los derechos humanos o la represión en Tíbet y Xinjiang, entre otros. La evidencia de que la estrategia funciona es que muchos de esos nuevos admiradores de China acaban halagándola públicamente a través de sus respectivas tribunas.

A esa imagen edulcorada del gigante asiático contribuye decisivamente, sin duda, el alarmante desconocimiento que sobre China hay en América Latina, lo que incluye a las élites. Ello se traduce en una ausencia casi total de crítica, ya sea en relación con la naturaleza autoritaria de Pekín o con respecto a los excesos detrás de las inversiones chinas en la región, las condiciones de sus préstamos o la asimetría en la relación comercial con muchos de sus socios latinoamericanos. A ese clima contribuyen sin duda la ausencia de disputas territoriales e históricas entre ambos, la admiración que despierta el desarrollo chino de las últimas cuatro décadas y la percepción de que China es fuente de oportunidades que otros no pueden ofrecer.

Además del PCCh, otros organismos y entidades chinos más periféricos en la estructura del Partido-Estado participan activamente en esta suerte de diplomacia interpersonal. En ocasiones, esto crea la falsa percepción en sus contrapartes latinoamericanas de que entablan relaciones con la sociedad civil china, sin realmente entender que el Instituto Confucio, los think tanks de relaciones internacionales, las asociaciones confucianistas, las delegaciones de amistad, las universidades o las asociaciones de estudiantes son parte integral de los esfuerzos del Estado y del PCCh por ejercer influencia en las sociedades receptoras. “La interferencia de China en el extranjero está basada en los mismos principios que la propaganda doméstica del PCCh: censura, coacción y manipulación”, advierte Martin Hála.

Solo los académicos que siguen a China tienen un conocimiento integral, pero muchos de ellos se enfrentan al dilema de no poder ser abiertamente críticos con Pekín sin arriesgar su futuro profesional, ya que las autoridades deniegan los visados y, por tanto, el acceso a China a los más críticos. “Hay temas sobre los que nunca hablamos por temor a herir los sentimientos de los chinos. En verdad, hay una ausencia total de pensamiento crítico sobre China”, apunta un académico argentino. Tal déficit de conocimiento conjuga con el hecho de que, con frecuencia, las instituciones oficiales chinas son las únicas fuentes de recursos e información. Ello les permite monopolizar el discurso mientras que las narrativas alternativas están mayormente silenciadas. El control ideológico y la censura practicados en China se filtran más allá de sus fronteras.

“Considerando el peso que China tiene en América Latina, el riesgo de no tener suficiente información es grande. Debe existir un debate crítico”, apunta Isolda Morillo, escritora y traductora de mandarín con 15 años de experiencia como periodista en Pekín. Hay ejemplos de ello en la historia, advierte: “En los años sesenta y setenta, los intelectuales franceses apoyaron la Revolución Cultural, debido a que desconocían los desmanes y la tragedia humana que se vivían. Eso tuvo mucho que ver con que eran las fuentes oficiales chinas las que transmitían esas ideas”. Ese monopolio lo ejerce también el Estado chino en el ámbito de la cultura china, pues la práctica totalidad de la que se exporta lleva sello oficial.

Fue ciertamente el caso en el centenar de actividades del Año de Intercambio Cultural entre China y América Latina, organizado en 2016 en el marco del Foro China-CELAC, la organización que agrupa a los países americanos excepto Estados Unidos y Canadá. Intelectuales y artistas independientes o críticos son oficialmente ignorados y no tienen apenas opción de tener visibilidad en el extranjero. De este modo, el Instituto Confucio ha financiado la participación de escritores afines —como Ah Yi, Xi Chuan o Ge Fei— en conocidos festivales literarios de Colombia, Argentina o Costa Rica, a la vez que ofrece sin coste la traducción de sus obras a las editoriales latinoamericanas. Que autores críticos —como Liao Yiwu o Tsering Woeser— no sean nunca invitados deja la impresión de que no hay voces alternativas a la oficial.

El discurso y los valores autoritarios de la China de Xi Jinping que, gota a gota, van calando en América Latina y en otros lugares es denunciado con ahínco desde ámbitos académicos. Recientemente, los institutos Mercator Institute for China Studies y Global Public Policy Institute, con sede en Berlín, alertaron sobre el avance autoritario de China en Europa. Y el año pasado, la fundación National Endowment for Democracy de Washington publicó un informe sobre la influencia negativa de China en América Latina y Europa Central, un diagnóstico que es visto como la punta del iceberg de un fenómeno global. En él acuña el término “poder incisivo” para referirse a las connotaciones nocivas que tiene la influencia exterior de Pekín.

Martin Hála, de Sinopsis, coincide en que no es comparable el poder blando que practican las democracias con la influencia y valores que emanan del régimen autoritario chino: “El poder blando de Estados Unidos se basa en la atracción y usa instrumentos como Hollywood, el rock and roll o los medios, los cuales funcionan de acuerdo con principios de pluralidad de opinión y con libertad de expresión”, asegura.

El ejemplo de Australia, donde China ha logrado —según un informe gubernamental confidencial— infiltrarse durante la última década en los medios, el mundo de los negocios, las universidades, la comunidad china de ultramar y hasta los Gobiernos locales, supone un aviso a navegantes para regiones más vulnerables como América Latina. La fulminante reacción de Australia en junio fue aprobar sendas leyes destinadas a prevenir las interferencias y el espionaje de Gobiernos extranjeros, una legislación que apunta directamente a China y que ha provocado tensiones diplomáticas entre ambos países.

“El problema en Australia empezó porque la gente no prestó la debida atención. En cinco años, la situación en América Latina podría ser igual de preocupante, con el inconveniente añadido de que América Latina tiene un problema con la corrupción”, lo que podría acelerar y empeorar las cosas, explicó a este diario una fuente próxima al Gobierno del primer ministro Malcolm Turnbull.

Juan Pablo Cardenal es periodista e investigador asociado del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL). Es uno de los autores del informe ‘Sharp Power: Rising Authoritarian Influence’ [‘Poder incisivo: el aumento de la influencia autoritaria] del National Endowment for Democracy.

Fuente: El País (Madrid, España)

Acerca del autor
Juan Pablo Cardenal
Juan Pablo Cardenal
Periodista y escritor. Entre 2003 y 2014 fue corresponsal en China de sendos diarios españoles, especializándose desde 2009 en la expansión internacional del gigante asiático. Desde entonces ha investigado dicho fenómeno en 40 países de 4 continentes, donde realizó más de un millar de entrevistas personales, al objeto de entender las consecuencias de las inversiones, infraestructuras y préstamos chinos en los países receptores. De dicha investigación han resultado tres libros, de los que es co-autor con el también periodista Heriberto Araújo, entre ellos “La silenciosa conquista china” (Crítica, 2011) y “La imparable conquista china” (Crítica, 2015), traducidos a 11 idiomas. Sobre el referido tema ha impartido conferencias en distintas instituciones internacionales y ha publicado artículos en El País, El Mundo, The New York Times y el South China Morning Post, entre otros.
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