13.12.2018
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro
Mauricio Macri sigue corriendo atrás del dólar
Por Marcos Novaro
18 de junio de 2018
(TN) El Presidente tardó mucho en hacer cambios para contener a la divisa y el acuerdo con el FMI lo "apuró" a empoderar a Dujovne. Los desafíos para recuperar la gobernabilidad.
 

(TN) El presidente Mauricio Macri encaró hasta aquí la crisis cambiaria con la idea de cambiar lo mínimo imprescindible, tanto en su equipo como en sus políticas. Pero eso no funcionó. Lo llevó a perder un tiempo valiosísimo y recursos económicos (reservas, nivel de actividad) y políticos (confianza social en su capacidad de controlar la situación, autoridad sobre su equipo y su base de apoyo).

Con el cambio en la cúpula del Central, la reabsorción de Finanzas por Hacienda y los movimientos en Producción y Energía tal vez empiecen a repararse estos problemas originados en ir todo el tiempo a la cola de la crisis. Pero falta mucho para que se defina una nueva estrategia económica, con objetivos e instrumentos algo más sustantivos que reducir el déficit fiscal. Y mientras se seguirá extrañando que alguien explique la naturaleza del problema que enfrentamos, por qué el dólar sigue rompiendo récords todas las semanas, qué se pretende hacer ante esa situación y hacia dónde se quiere ir. Mientras eso no se haga, el Gobierno seguirá dando la impresión de andar a los tumbos.

La historia de los dos problemas que ahora, algo tarde, se encararon, devolverle credibilidad al Banco Central y coordinación a la política económica, muestran a las claras las complicaciones derivadas de resistirse a cambiar.

Federico Sturzenegger había perdido toda confianza de los mercados en sus talentos como piloto de tormentas con las idas y vueltas que el Central dio ya desde el comienzo de la corrida cambiaria: vendiendo reservas para defender niveles insostenibles del tipo de cambio, en varias ocasiones, y a continuación negándose a vender, dando aliento extra a las escaladas. Su ineficacia como autoridad monetaria no tenía origen en ninguna presión del Ejecutivo, por lo que no servía la excusa de que el 28 de diciembre se le habían cortado las alas. Se originaba pura y simplemente en la mala praxis, nacida en la carencia de un diagnóstico realista sobre la situación que se enfrentaba. Pero si eso era ya bien visible a mediados de mayo, ¿por qué Macri se negó durante un mes más a aceptar lo evidente?

Mientras tanto se fue conformando un nuevo polo de poder en Hacienda. Pero en un proceso lleno de ambigüedades, en el que por varias semanas se negó a sus beneficiarios la posibilidad de liderar en serio la nueva etapa de la gestión, hasta la de tomar una sola decisión relevante, y se los entretuvo con reuniones multitudinarias de esas en que nada se decide y todo se diluye. Tal vez para no ofender demasiado a los cráneos de Jefatura que iban quedando opacados. Tal vez porque nadie entendió muy bien que hacía falta actuar rápido y decididamente para darle objetivos más amplios al rediseño en marcha que el mero recurso del Fondo y la aceleración en el combate del déficit fiscal.

Así como los mercados terminaron torciéndole el brazo a Macri en su renuencia a desprenderse de su economista preferido, el FMI parece haber sido decisivo para hacer otro tanto respecto a la necesidad de algo parecido a un ministro de economía fuerte. Alguien con el poder necesario para sostener un rumbo en la tormenta. La cuestión es que sólo el gobierno argentino, como él gusta decir, y finalmente solo su presidente, serán capaces de definir ese rumbo, darle un sentido político amplio y legitimarlo ante la sociedad. Y Macri sigue demorándose en encarar esa tarea. Ahora parece esperar que lleguen los famosos 7500 millones iniciales del stand by. Como si con ello fuera a bastar.

El Fondo le dio a Hacienda un fenomenal espaldarazo, con un crédito que además de inéditamente abultado va a ser administrado exclusivamente por esa repartición y le exige al país cumplir muy pocas condiciones precisas, en términos de reformas y metas. Y algunas de las que exige la misma letra del acuerdo las relativiza: por ejemplo, bastará con que el Ejecutivo presente algunos proyectos de ley, no hace falta que asegure su aprobación, y si sube la pobreza, cosa que se verificará bastante pronto, va a estar en condiciones de relajar el ajuste fiscal antes de las elecciones, ¿qué más prueba de sensibilidad política quieren?.

Pero el FMI también estableció un límite a la posibilidad de volver a usar el ancla cambiaria para frenar la inflación, temiendo que se recurriera en 2019 a la misma fórmula que se aplicó el año pasado. Y que, como se sabe, es la más sencilla para generar bienestar de corto plazo y ganar elecciones.

Esa condición, además de la impericia de Sturzenegger y la renovada alza de las tasas en EEUU, siguió alimentando la desconfianza de los mercados y la escalada del dólar en estos días. Y lo que queda claro a esta altura es que la única salida que tiene a la mano el gobierno es hacer de la necesidad virtud. Abandonar del todo la estrategia de "cambios mínimos", "dólar controlado" y apostar a lo que de todos modos va a terminar imponiéndose: un tipo de cambio más competitivo y un crecimiento más sostenido en las exportaciones que en el consumo interno.

De completar el giro el Gobierno estará en condiciones de retomar la iniciativa, dejando de correr detrás de los acontecimientos. Y si es capaz además de explicar adónde quiere ir ahora y cómo va a avanzar, hasta puede que recupere la gobernabilidad económica perdida. Que es algo que la sociedad le reclama con más ansiedad que la defensa de los niveles de salario y consumo.

Claro que para que todo eso funcione tiene que empezar por admitir que lo que funcionaba en la etapa fácil de la gestión, los dos primeros años en que pudo patear muchos problemas para adelante y echarle la culpa de todo a Cristina Kirchner y los suyos, dejó ya definitivamente de ser una solución ahora que a él y al país les toca bailar con la más fea.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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