19.12.2018
 
Artículos / Opinión
Adolfo Garcé
La Reforma de Córdoba, cien años después
Por Adolfo Garcé
13 de junio de 2018
(El Observador) Hace más de un siglo que los universitarios uruguayos formamos parte de ese movimiento. Podemos sentirnos orgullosos de esa tradición. Pero la mejor forma de honrar una tradición innovadora es tomarse el trabajo de distinguir principios generales de instrumentos particulares. La Reforma de Córdoba hizo gala de un extraordinario sentido crítico. Sería un contrasentido imperdonable convertir ese ejemplo de libertad y audacia intelectual en un culto ritual y dogmático.
 

(El Observador) El próximo viernes 15 de junio estaremos conmemorando los cien años de un momento muy especial en la historia de las universidades latinoamericanas: el inicio de la huelga general de los estudiantes de la Universidad de Córdoba. La chispa que prendió fuego la pradera fue la elección del rector. Este énfasis en la democratización del gobierno universitario es inseparable del "clima de época" (del fin de los "estados oligárquicos"): Argentina había aprobado en 1912 la Ley Sáenz Peña que aseguraba el voto secreto (en abril de 1916 se habían realizado las primeras elecciones presidenciales libres en este país). Pero en los espléndidos manifiestos reformistas ("los dolores que quedan son las libertades que faltan") aparecen otros ideales de avanzada: desde el reclamo de excelencia académica y autonomía cultural, a la exigencia de compromiso con los problemas sociales.

La reforma universitaria estalló en Córdoba en 1918 con una virulencia llamativa. Pero el movimiento había venido gestándose al menos durante toda la década previa, al calor de la inspiración idealista, juvenilista y latinoamericanista proclamada por autores como José Enrique Rodó (los documentos reformistas tienen un inocultable aroma "arielista"). Los sucesivos Congresos Internacionales de Estudiantes Americanos (1908 en Montevideo, 1910 en Buenos Aires, 1912 en Lima) se habían ocupado de ir elaborando las nuevas ideas. Los dramáticos eventos de Córdoba les dieron, por cierto, una caja de resonancia especial. A partir de este momento, la reforma universitaria experimentó la dinámica clásica de los procesos de difusión institucional: activado por redes trasnacionales de estudiantes se fue extendiendo, en mayor o menor medida, por toda la región.(1)

En Uruguay los principios de Córdoba fueron consagrados plenamente en la Ley Orgánica de 1958. Pero este rezago esconde un antecedente fundamental que en buena medida lo explica. Cuando estalla el movimiento reformista cordobés, Uruguay llevaba al menos una década discutiendo e implementando algunos de esos principios. La reforma había empezado durante el rectorado de Eduardo Acevedo (1904-1907). Gracias a su impulso, como han recordado Vania Markarian, María Eugenia Jung e Isabel Wschebor, se debatió profundamente en distintos ámbitos sobre fines y funciones de la Universidad. La aprobación de la Ley Orgánica en 1908, durante la presidencia de Claudio Williman, fue un momento especialmente relevante. En particular, en esta norma se consagró la participación estudiantil en el gobierno universitario mediante una modalidad indirecta.(2)

El tiempo pasa. Los principios quedan. La autonomía sigue siendo tan importante como hace un siglo. La Universidad no debe estar partidizada ni subordinada a los avatares de la competencia electoral nacional. Pero este viejo principio debe necesariamente complementarse con nuevas modalidades de rendición de cuentas. Hace diez años, el Rector Rodrigo Arocena habló de "autonomía conectada". En algunos documentos del rectorado, a propósito de la todavía demorada modificación de la Ley Orgánica, se proponía incluir en las Asambleas de Claustro representantes de la sociedad civil. Desde mi punto de vista existe otra forma de implementar esta "conexión": UdelaR debe rendir cuentas ante el Parlamento. En este mismo espacio, en ese momento, escribí que la nueva Ley Orgánica debería obligar a cada rector a comparecer frente a la Asamblea General al menos dos veces: una vez electo por el "demos" universitario, para presentar su plan de trabajo; y, cuatro años después, para presentar un balance de lo realizado durante su mandato.

El cogobierno es tan o más sabio que hace cien años. Para que haya democracia plena, explicó Robert Dahl en Poliarquía, no alcanza con ampliar el "demos" y asegurar que la oposición actúe libremente. Las organizaciones "subnacionales" públicas y privadas también deben democratizarse. Las universidades latinoamericanas, gracias a los estudiantes de Córdoba, lo practicaron tempranamente. Pero el derecho a cogobernar supone automáticamente compromiso y responsabilidad. Los consejos y los claustros universitarios fueron concebidos como cuerpos deliberativos. No pueden ser espacios de disputas menores por el poder o de negociaciones miopes. Quienes asumen la delicada responsabilidad de integrar ámbitos de este tipo deben estar dispuestos a argumentar y a escuchar, a intercambiar razones, y llegado el caso, a modificar sus preferencias.

Al elaborar sobre el principio de extensión el movimiento reformista también se adelantó a su tiempo. La universidad, se dijo, se debe a la sociedad de la que forma parte. Y, en primerísimo lugar, como resultará obvio en sociedades tan persistentemente desiguales, se debe a los más débiles. Pero su función social va más allá de atender a los excluidos. En tiempos de la sociedad del conocimiento las universidades tienen que contribuir (sin pretensiones iluministas y mesiánicas, sin vanguardismos infantiles, pero también sin frivolidad) a resolver los problemas políticos, económicos y sociales de su entorno. No hay desarrollo genuino sin universidades profundamente conectadas con el mundo del trabajo y de la empresa privada. Además, contraponer la vocación social, el credo extensionista, a la función de investigación, es un ejemplo de manual, como diría Carlos Vaz Ferreira, de "paralogismo de falsa oposición".

Hace más de un siglo que los universitarios uruguayos formamos parte de ese movimiento. Podemos sentirnos orgullosos de esa tradición. Pero la mejor forma de honrar una tradición innovadora es tomarse el trabajo de distinguir principios generales de instrumentos particulares. La Reforma de Córdoba hizo gala de un extraordinario sentido crítico. Sería un contrasentido imperdonable convertir ese ejemplo de libertad y audacia intelectual en un culto ritual y dogmático.

1 Los documentos de la reforma están on línea en la Web de CLACSO: https://www.clacso.org.ar/reformadel18/
2 Ver: 1908. El año inaugural. AGU, Montevideo, 2008.
3 Remito a: "Democracia y autonomía universitaria", junio de 2008.

Fuente: El Observador (Montevideo, Uruguay)

Acerca del autor
Adolfo Garcé
Adolfo Garcé
Doctor en Ciencia Política - Investigador del Departamento de Ciencia Política (Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de la República). Autor del libro “Donde hubo fuego: El proceso de adaptación del MLN-Tupamaros a la legalidad y a la competencia electoral (1985-2004)”. Co-autor del libro “La Era Progresista. El gobierno de izquierda en Uruguay: de las ideas a las políticas”. Líneas de investigación: Ideas, discursos y política; tecnocracia y democracia; Ideologías y adaptación partidaria.
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