13.12.2018
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro
El aborto y la hipocresía argentina
Por Marcos Novaro
27 de febrero de 2018
(TN) ¿Es o no es este un derecho a conquistar, es parte de los cambios que el país necesita y por tanto de los cambios que Cambiemos vino a impulsar?
 

(TN) Parte de la oposición, incluso de la más sensata, reaccionó mal ante la jugada de Mauricio Macri de habilitar el debate sobre el aborto en el Congreso: denunciaron otra distracción más de los problemas económicos, que vendría a sumarse a las intentadas con Chocobar, la campaña contra el nepotismo, etc.

El reproche y la comparación son por lo menos exagerados: respecto a la despenalización del aborto existe una demanda social y política por demasiado tiempo ignorada; hay además un proyecto de ley en concreto que se está sometiendo a debate en las próximas semanas, y hay por sobre todas las cosas a partir de la decisión del Presidente una pregunta planteada, ¿es o no es este un derecho a conquistar, es parte de los cambios que el país necesita y por tanto de los cambios que Cambiemos vino a impulsar? Demasiadas preguntas inquietantes e inescapables como para que se considere la jugada un simple gesto de marketing progre para acompañar y compensar el marketing de derecha que se hizo con la mano dura en materia de seguridad.

El Gobierno además corre riesgos importantes con esta decisión, y seguro eso no se le escapa. El tema divide a sus bases de apoyo y también a sus legisladores y funcionarios. Que la oposición esté igualmente dividida a este respecto no compensa, porque nadie espera que actúe unida en este ni en casi ningún otro tema. Pero el Gobierno sí pone en riesgo un recurso valioso, su cohesión y su capacidad de conducir los destinos del país en una dirección más o menos definida. ¿Qué sucederá si esta discusión termina en una batalla dialéctica entre radicales progresistas y militantes del PRO de raíz católica, en votaciones divididas en las dos cámaras y reproches cruzados a Macri, de unos por no haber tenido el coraje de impulsar en serio el cambio y el progreso, y de los otros por haber sometido creencias irrenunciables al barro del relativismo moral, la polémica y el descrédito?

El riesgo existe pero también los potenciales beneficios. Después de años de gobiernos peronistas supuestamente progresistas pero que durmieron el asunto, tuvo que venir un presidente señalado como de “derecha autoritaria y represiva” por sus más enconados opositores para abrir un debate sobre nuevos derechos, que desde que se aprobó la ley de matrimonio igualitario pasó a ser una agenda dormida y que tiene otros muchos temas pendientes.

Aún cuando el proyecto no se apruebe (las chances de que pase el Senado son más bien bajas), precisamente para escapar al riesgo de los reproches cruzados el Gobierno va a estar obligado a hacer algo en serio con el drama de los miles de muertes de mujeres provocadas por abortos clandestinos, algo en materia de salud reproductiva, de educación sexual en serio en las escuelas medias, de planificación familiar entre los sectores desfavorecidos que vaya más allá de la AUH, etc.. Y combatir en la medida de lo posible la enorme hipocresía que impera en la discusión de estos asuntos en nuestro país.

Que la hipocresía es el principal problema que enfrentamos al encarar la cuestión de la despenalización del aborto queda a la luz cuando analizamos algunos datos muy básicos. Argentina es, en sus costumbres, un país bastante laico, donde por tanto es poca la gente que rechaza tajantemente se practique o someterse ella misma a un aborto por cuestiones religiosas. Se parece poco en ese sentido a Irán, o a los Estados Unidos de los años cincuenta. Finalmente, ¿Cuántas condenas ha habido o siquiera denuncias y procesos penales se han seguido en las últimas décadas en nuestro país contra mujeres que abortan o contra médicos o enfermeras abortistas?

Pero formalmente no lo queremos reconocer, seguimos teniendo leyes que prohíben hacer lo que la enorme mayoría, en caso de necesidad, está dispuesta a hacer. Entonces son contadas las mujeres que se animan a admitirlo, agravamos seriamente su situación de riesgo físico y psíquico, creamos un submundo mafioso de prácticas ilegales, del que medran médicos, falsos médicos, policías distraídos y demás personajes nefastos, y en la superficie pareciera que no pasa nada, que podemos seguir como vamos sin problemas.

Y, sin embargo, estamos como resultado en el peor de los mundos: un número muy alto de abortos, todos ilegales, por ello doblemente traumáticos, muy dañinos para la salud y en ocasiones fatales para las mujeres.

Además de esta fundamental cuestión de salud pública y derechos de la mujer, por tanto, la cuestión de la despenalización del aborto en nuestro caso involucra el combate de una mafia de grandes proporciones, que bien podría incluirse entre los problemas de corrupción y fracaso de la ley más dramáticos que enfrentamos. Y un problema de confianza y eficacia del derecho.

Los estudios sociales contemporáneos sobre caída de los delitos violentos en Estados Unidos en las últimas décadas han establecido que la legalización del aborto tuvo un papel importante en ese fenómeno: menos hijos no deseados, que terminaban en una alta proporción institucionalizados y educados en la violencia y la delincuencia, explican que años después, en un estado tras otro de la Unión, empezaran a reducirse dramáticamente las tasas de homicidios, asalto a mano armada y demás.

Podríamos especular con que de avanzar con la despenalización lograríamos un resultado parecido. Pero eso sí sería marketing. En este caso mezclado, un poco progre un poco de derecha. Porque la verdad es que ya hoy las tasas de aborto son muy altas entre nosotros. Lo que sí podremos lograr es que haya un motivo memos de muertes evitables, y también una razón menos para que las personas sometidas a situaciones extremas vean que el Estado se mete con ellas pero sólo para empeorar su situación y después lavarse las manos.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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