Artículos / Opinión
Mauricio Rojas

El fin de la prehistoria

Por Mauricio Rojas
3 de noviembre de 2005
 

Vivimos en un mundo cada vez más seguro y pacífico, así lo constata la organización internacional Human Security Centre en su informe Human Security Report. Las guerras, tanto civiles como entre estados, los genocidios, las violaciones de los derechos humanos y otras formas de violencia política han disminuido dramáticamente desde la caída del Muro de Berlín. La única excepción es el terrorismo internacional, pero su impacto en términos de personas afectadas es muy limitado.

Otras organizaciones internacionales han constatado que tanto la democracia como las condiciones generales de vida de la humanidad han experimentado progresos al menos tan elocuentes como los que se refieren a la seguridad y la paz. Durante los últimos 25 años los países en desarrollo han visto su ingreso per cápita promedio duplicarse, a la vez que la pobreza extrema y la desnutrición se han reducido a la mitad. Se trata de cientos de millones de individuos que han dejado la pobreza tras de sí, de una manera y con una rapidez sin paralelos históricos. La democracia ha conocido, durante ese mismo lapso de tiempo, un progreso inusitado, llegando por primera vez a ser el sistema de gobierno más común del planeta, cosa que no deja de ser asombrosa si se piensa que hasta hace no mucho tiempo atrás el mundo estaba casi completamente dominado por sistemas coloniales, dictatoriales o totalitarios.

A lo que estamos asistiendo es nada menos que un cambio paradigmático fundamental en aquello que es normal y aceptable en la vida de los seres humanos. La pobreza y la falta de libertad han sido las condiciones naturales de vida del ser humano a lo largo de la historia. La normalidad histórica ha sido nacer y vivir pobres, morir tempranamente, muchas veces en la misma infancia, y no poder elegir a nuestros gobernantes ni vivir al amparo de un Estado de derecho. Y los más encontraban poco de que indignarse ante este estado de cosas ya que siempre había sido así y siempre lo sería. La historia era un "valle de lágrimas" y una vida mejor no era cosa de este mundo. Hoy consideramos cualquier cosa que no sea la libertad, la democracia y una existencia bajo condiciones decentes de vida como una anormalidad escandalosa e inaceptable.

Esta profunda revolución en nuestra forma de entender la normalidad en la condición humana es más importante para el progreso que cualquier otra cosa, ya que en ella tenemos la garantía de que un día terminaremos erradicando definitivamente de la faz del planeta tanto la pobreza como la dictadura. Ahora bien, esta revolución en el paradigma de la normalidad humana se debe a mi parecer a la confluencia de tres factores de importancia decisiva.

El primero es la difusión global de las instituciones fundamentales de la sociedad abierta, a saber, el capitalismo, el Estado de derecho, las libertades civiles y la democracia. El capitalismo no es sólo la base material del progreso sino también, junto con el Estado de derecho y las libertades civiles, una condición necesaria para la existencia de la democracia. La historia es contundente al respecto: nunca ha existido una democracia que no tenga al capitalismo como su base económica, a la vez que el capitalismo es impensable sin un desarrollo paralelo del Estado de derecho y las libertades civiles más básicas. Es por ello que el nacimiento de las libertades básicas del individuo y de la idea misma de la libertad se da en el seno de sociedades altamente comercializadas, como lo eran las ciudades-Estado de la Antigüedad clásica.

Hoy por hoy, una gran cantidad de países están implantando simultáneamente y en un lapso muy corto de tiempo todas aquellas instituciones y han comenzado ya a cosechar los frutos de las mismas. Esto es en sí mismo una prueba contundente del ritmo acelerado del progreso contemporáneo, ya que en su continente cuna, Europa, este proceso tomó siglos desde la irrupción del capitalismo y las libertades civiles básicas hasta la consolidación plena de la democracia.

El segundo factor que explica el progreso contemporáneo es de carácter tecnológico. Se trata de la revolución informática, que ha creado las condiciones básicas para la rápida difusión institucional de que hablábamos recién y ha acrecentado enormemente la fuerza productiva de la economía libre. Capitalismo y microchips son dos palabras claves para entender el progreso moderno.

Por último tenemos el tercer factor que ha posibilitado este mejoramiento notable de las condiciones de vida humanas. Se trata de lo que podemos llamar Pax Americana, es decir, aquel orden internacional que bajo la abrumadora hegemonía de los Estados Unidos se impuso al mundo a partir del colapso del Bloque Soviético. Este orden no ha sido ni perfecto ni falto de críticas, pero la disminución dramática constatada en el Human Security Report del uso de la violencia política en el mundo no deja lugar a dudas sobre los efectos extraordinariamente beneficiosos de la hegemonía estadounidense.

Este último factor es aquel que para amplios sectores es el más difícil de aceptar, incluso más que el capitalismo mismo, como una parte esencial del progreso contemporáneo. Las críticas, muchas de ellas absolutamente justificadas, a la política de los Estados Unidos son tantas y el sentimiento de aversión a lo estadounidense tan fuerte que a muchos les parecerá simplemente absurdo decir lo que estoy diciendo. Sin embargo, basta imaginarse por un segundo el mundo actual sin la contundente hegemonía estadounidense para entender lo que ésta de hecho significa.

Estos son los elementos que están posibilitando esta revolución sin precedentes que estamos experimentando en la percepción de la normalidad de la condición humana. No se trata del "fin de la historia", como Fukuyama lo creyó, sino del comienzo del fin de la prehistoria mental del género humano.

Mauricio Rojas es miembro del Parlamento de Suecia, historiador económico e integra el Consejo Académico de CADAL.

 

 
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