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Adrián Lucardi

El Instagram de Ayer: Memorias de un Figuretti

El Mundo de Ayer. Memorias de un Europeo, de Stefan Zweig. Barcelona, Acantilado, 2015 [Publicado originalmente en 1942] son las memorias de alguien ob¬se¬sio¬na¬do con que sepamos que viene de un lugar genial, que se trataba de tú con gente que tenía muchos seguidores, que fue a todas las fiestas importantes, y que estuvo conectado con todos los episodios relevantes de su época, aunque siempre como espectador.

Por Adrián Lucardi
Twitter: @alucardi1
10 de julio de 2019
 
Stefan Zweig: El mundo de ayer - Memorias de un europeo

Al evaluar una obra –un texto, una película, un producto comercial, una puesta en escena– es importante distinguir entre la concepción o premisa, por un lado, y su ejecución o puesta en práctica, por el otro. Cien Años de Soledad es una obra maestra porque combina una idea genial y ambiciosa –una historia mitológica de América Latina, encarnadas en un pueblo y una familia– con una ejecución brillante: el uso del lenguaje, los personajes y las escenas están a la altura de la idea original. Otros libros cuentan y de­sa­rro­llan muy bien una premisa insípida o banal. El problema con El Mundo de Ayer es el opuesto: una (muy) buena idea arruinada por una ejecución torpe, limitada, y vacía.

El punto de partida no podría ser más interesante: la Europa desde fines del siglo XIX hasta comienzos de la Segunda Guerra Mundial retratada por el hijo de un rico industrial judío que creció en Viena, viajó por la mayor parte de Europa, conoció en persona a buena parte del mundo intelectual de la época, y fue el autor más leído en lengua alemana durante los años de entreguerras. Por si fuera poco, la vida de Zweig tuvo un final trágico: tras abandonar Austria en 1934, se exilió sucesivamente en Inglaterra, los Estados Unidos y Brasil, donde se suicidó junto a su esposa en 1942.

Una historia semejante podría haber tomado al menos tres formas. En primer lugar, podría ser una biografía, personal o intelectual, de su autor. Pero más allá de una lista de viajes y personajes que le tocó conocer, el libro no dice nada sobre Stefan Zweig el hombre. Al contar su regreso a Austria después de la Primera Guerra Mundial, Zweig pasa abruptamente del “yo” al “nosotros” para incluir a su esposa, de quien no aprendemos ni el nombre, por no decir cuándo ni cómo se conocieron. Lo mismo vale para su divorcio o su segunda esposa. En cuanto al desarrollo intelectual de Zweig, más allá de alguna generalidad ya anunciada en el subtítulo –el autor se consideraba cosmopolita, paneuropeísta y pacifista–, así como algunas banalidades sobre el arte de escribir (¡hay que corregir mucho!), el libro no dice absolutamente nada sobre cómo evolucionaron sus ideas, ni de quién aprendió, ni por qué se interesó en los personajes que biografió –Fouché, María Antonieta, Magallanes, María Es­tuar­do o Erasmo de Rotterdam, entre otros. En un autodenominado amigo y admirador de Freud, semejante falta de introspección no deja de ser llamativa.

Pero quizás sea injusto reprochar a Zweig no hablarnos sobre sí mismo; si una característica personal aparece claramente reflejada en el libro, es la renuencia de Zweig a hablar sobre su persona. Veremos que esta modestia es más falsa que auténtica, pero ello no quita que el verdadero punto del libro sea otro: contar, no la vida de Stefan Zweig, sino la sociedad cosmopolita en la que le tocó vivir. Una segunda forma de escribir El Mundo de Ayer es, entonces, como un retrato de época. Por momentos, Zweig trata de hacer algo así, y le sale bien: los capítulos sobre la antediluviana moral sexual de la Viena decimonónica o la vida en la Austria de la primera posguerra son por lejos lo mejor del libro. Pero no cubren más que sesenta páginas en un texto que supera ampliamente las quinientas.

Si no es la biografía de su autor ni un retrato de su época, ¿de qué está hecho entonces El Mundo de Ayer? Superficialmente, Zweig se inclinó por una tercera opción: retratar a los personajes que caracterizaron su época, a muchos de los cuales conoció en persona. De nuevo la premisa no es mala, pero la ejecución es torpe y pobre. Por un lado, todos esos personajes –de quienes Zweig se declara invariablemente “amigo”– son re­la­ti­va­men­te famosos y reconocidos: artistas como Hugo von Hofmannsthal, Émile Verhaeren, Rainer Maria Rilke, Auguste Rodin, William Butler Yeats, Romain Rolland, Maxim Gorki o Richard Strauss; políticos como Walther Rathenau –ministro de relaciones exteriores de la República de Weimar– o Heinrich Lammasch e Ignaz Seipel –futuros mi­nis­tros austríacos–; e intelectuales como Theodor Herzl, Rudolf Steiner, Benedetto Croce, Sigmund Freud y Karl Haushofer –maestro de Rudolf Hess y a quien muchos atribuyen las ideas expansionistas del nazismo. Zweig parece no haber tenido amigos o conocidos que no merezcan una página en una enciclopedia.

Ello no sería problemático si Zweig aprovechara su familiaridad con ellos para contarnos lo que normalmente no podemos encontrar en las biografías enciclopédicas: su forma de pensar, su lado humano, o cómo era interactuar con ellos en persona. Nada de eso: antes de leer El Mundo de Ayer, conocía a algunos de esos personajes casi exclusivamente por el nombre; al terminarlo, solo había aprendido que Romain Rolland fue un pacifista que se alistó en la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial, y que Rathenau fue asesinado por la extrema derecha en 1922.

El contraste es especialmente notorio si consideramos el retrato que Zweig ofrece de Henri Guilbeaux, quien, más allá de un extremo valor personal, “en realidad no poseía ningún otro talento.” (p. 343) A pesar de esto, Guilbeaux se convirtió en un personaje relevante por las circunstancias que le tocó vivir: “mientras nosotros mismos dudábamos y a cada paso pensábamos cuidadosamente qué debíamos hacer y qué no,” (p. 344) Guilbeaux fundó el diario antibelicista de mayor circulación, el Demain. Fue así como conoció a otros personajes importantes que vivían en Suiza, incluyendo a Lenin, que lo convirtió en ciudadano soviético y lo llevó a vivir a la URSS, donde su carácter pendenciero lo terminó enemistando con los comunistas y reduciéndolo a la irrelevancia. Pero con todas sus limitaciones –que Zweig enumera con gusto–, Guilbeaux es casi el único de los personajes listados en el libro cuyo nombre no aparece en letras de bronce, y precisamente por eso el más memorable.

En otras palabras, en El Mundo de Ayer, los amigos (¿amigos de verdad? Esta reseña da para pensar) de Zweig no son seres humanos: son gigantes inal­can­za­bles (salvo para Zweig, claro), tótems cuyo nombre aparece siempre acompañado de una ristra de adjetivos elogiosos pero carentes de contenido. Lo que nos lleva a la verdadera naturaleza del libro: ni autobiografía, ni retrato de época, ni indagación de la vida o el pensamiento de personajes influyentes, sino algo mucho más banal: un timeline de Facebook o Instagram. Zweig incurre de manera casi insoportable en lo que en inglés se conoce como “name dropping,” esa práctica de darse importancia a través de la mención rei­te­ra­da de lugares y/o personajes famosos. Zweig no quiere que conozcamos a Rilke, o a Rolland, o a Freud: lo que quiere es que sepamos que fueron sus amigos (o que él los consideraba sus amigos). La práctica adquiere a veces ribetes cómicos por la solemnidad con la que Zweig presenta episodios banales, como en esta descripción de su visita al Canal de Panamá que vale la pena citar in extenso:

 [...] pude ver el anhelado Océano Pacífico [...] Y lo vi desde un lugar hoy desaparecido, un lugar que ningún ojo mortal volverá a ver: los últimos montículos del canal de Panamá. [...] Unos meses más [...] y los dos océanos confluirían para siempre después de milenios; pero yo, uno de los últimos de aquella época, con el sentido de la historia bien despierto, todavía los vi separados. (pp. 246-7; énfasis añadido) 

En otras palabras, El Mundo de Ayer son las memorias de alguien ob­se­sio­na­do con que sepamos que viene de un lugar genial, que se trataba de tú con gente que tenía muchos seguidores, que fue a todas las fiestas importantes, y que estuvo conectado con todos los episodios relevantes de su época, aunque siempre como espectador. Involuntariamente, sin explicitarlo nunca (¿sin darse cuenta de ello? ¿o sin atreverse a reconocerlo en voz alta?), el admirador de Freud deja en claro que, más que cualquier preocupación personal o intelectual, el gran motor de su vida fue algo tan mundano como banal, ciertamente no merecedor de una autobiografía de medio millar de páginas: una obsesión con figurar, con ser alguien, con rodearse de los chicos populares del curso.

 
Acerca del autor
Adrián Lucardi
Adrián Lucardi
Es Profesor Asociado de tiempo completo en el Departamento de Ciencia Política del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Obtuvo su licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de San Andrés (Buenos Aires) y es doctor en Ciencia Política por la Washington University in St. Louis (Estados Unidos). Sus artículos fueron publicados o están próximos a publicarse en Legislative Studies Quarterly, Comparative Political Studies, Electoral Studies y Desarrollo Económico.
Twitter: @alucardi1