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Ludmila González Cerulli

La vía intermedia entre el Tíbet y China: la solución más viable para la autonomía genuina de la región

Ésta es la política de diálogo que concibió el Dalai Lama en 1974, basada en principios budistas que evitan los extremos. Por lo tanto, se autoproclama como ese justo medio entre el status quo y la independencia en términos de simbiosis, donde ambas partes se beneficien- de alguna manera u otra- de este camino pacífico.

Por Ludmila González Cerulli
Twitter: @LudmilaFlaviaGC
7 de diciembre de 2018
 

¿Qué tanto conocemos sobre el Tíbet? Más allá de la vista panorámica que puede existir en el imaginario colectivo, el Tíbet transita su propia corrosión desde 1950. Lo vive casi en silencio y bajo un manto de invisibilidad. Aunque solemos tener consciencia de cualidades que identifican este país, como el budismo, las reencarnaciones de los Dalai Lama, los sabios monjes, su cercanía geográfica al Himalaya y hasta su nombre más conocido- al menos en la “terminología apropiada” dentro del espacio de la ONU- “la Región Autónoma del Tíbet”, desconocemos su realidad. Pero, ¿por qué deberíamos saber qué sucede en este país que lucha por traducir su independencia en los hechos de la vida cotidiana y restaurar su dignidad?

Eso mismo se preguntó la Central Tibetan Administration (CTA) y así surgió la publicación del informe “Tibet was never a part of China but The Middle Way Approach remains a viable solution”, el 29 de octubre de este año. El propósito de este documento es develar la situación actual y la opresión que soporta dicha comunidad por parte del Partido Comunista de China (PCCh) desde hace décadas, combatir la desinformación y, sobre todo, explicar en qué consiste el enfoque de la vía intermedia- “umaylam” en tibetano-, la cual se divisa como la respuesta que mejor se acopla a la antaña incógnita acerca de la forma de resolver el problema entre China y el Tíbet. Ésta es la política de diálogo que concibió el Dalai Lama en 1974, basada en principios budistas que evitan los extremos. Por lo tanto, se autoproclama como ese justo medio entre el status quo y la independencia en términos de simbiosis, donde ambas partes se beneficien- de alguna manera u otra- de este camino pacífico.

Hay múltiples contenidos que competen a la materia en cuestión y la CTA realiza un gran esfuerzo por darles visibilidad. Presenta un registro puntualizado de las autoinmolaciones cometidas con motivo de protesta desde 2009 - 152 hasta la fecha del informe-, una reseña histórica del Tíbet con los hitos principales, el escenario de la violación de los derechos humanos fundamentales- establecidos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU-, un detalle del genocidio cultural ocasionado por el gobierno de la República Popular de China (RPC)- en la educación, el lenguaje, las tradiciones, la identidad- e, incluso, el abordaje del deterioro ambiental de las mesetas y los recursos naturales a raíz del desarrollo económico en la región. Ahora bien, ¿cuál es el origen del reclamo de la soberanía sobre este territorio?

La influencia de China en el Tíbet surge con la invasión manchú en 1720 y cobra robustez en octubre de 1950 con la ocupación ejercida por la RPC. Tal cual se hace alusión en el libro Los  latinoamericanos y el Tíbet: armonía en la diversidad de Aloma Sellanes Zibechi- quien ha pertenecido al comité directivo de la Red Internacional de Apoyo al Tíbet hasta 2011-, la confrontación entre las posturas sobre la soberanía ha convocado numerosos encuentros y ninguno aportó resultados concretos. Un espiral vicioso de intereses no correspondidos: por el lado tibetano, se reitera la necesidad de conceder una autonomía genuina al Tíbet para preservar su cultura dentro del marco regulatorio de la Constitución de la RPC; por la otra corriente, los gobernantes chinos insisten en que no habrá avances sin la renuncia explícita del Dalai Lama al reclamo por dicha independencia.

Sumado a lo anterior, hay otro rasgo para resaltar a partir de la información expuesta por la autora. Se deja entrever una debilidad en el liderazgo de los Dalai Lama y, probablemente, un factor más que impidió frenar el atropello de China en este país. Ese talón de Aquiles en las encarnaciones del Buda de la Compasión - “Chenrezig”- se constituye por tres particularidades: la educación básicamente religiosa que han recibido, la falta de preparación política, su poco conocimiento y percepción de lo que ocurre en el mundo. Pero el mundo y los diplomáticos tampoco fueron capaces de anticiparse a la agresión del gigante asiático contra el pueblo tibetano. La inacción primó en la comunidad internacional, excepto por El Salvador, cuya delegación fue la única en brindar su apoyo a la petición elevada ante la ONU por la causa del Tíbet, la cual se pudrió en el archivo. En palabras de Zibechi: “Por distintas razones, a las potencias no les convenía defender al Tíbet y enfrentarse con China”.

Las relaciones sino-tibetanas estuvieron condicionadas por el levantamiento del pueblo que se inició en marzo de 2008 y esto cavó las últimas dos décadas más violentas en el Tíbet. Las causas que incitaron el revuelo toman dimensión en varias esferas. En primer lugar, el modelo de modernización y desarrollo vigente excluye a los tibetanos de acceder a la igualdad de oportunidades y beneficios económicos. También, esa marginación la padecen las familias en las áreas rurales, donde la mayor parte de los ingresos es la industria agrícola y ésta carece de atención e inversiones. En el volumen total, las políticas públicas no proveen retribuciones al pueblo tibetano. Fallaron en asegurar una educación adecuada en los niños y jóvenes, sin entrenarlos en las competencias que demanda el mercado laboral. La región va en sentido contrario al de una sociedad industrial moderna. Represión del descontento social, la privación de los derechos y libertades fundamentales, la exageración de las comunicaciones con respecto a las protestas transmitidas por los medios oficiales, la provocación de la enemistad entre los pueblos tibetano y chino. La incomprensión de su sentimiento religioso, los ataques a su fe.

Esa vez China no pudo salir invicto. Sí hubo desaprobación de la opinión pública mundial frente a los actos de violencia de China contra el Tíbet, a pesar de estar en pleno contexto de los Juegos Olímpicos de Pekín (agosto de 2008). A fines de octubre de ese año, los dirigentes chinos invitaron a sus homólogos tibetanos junto con el Dalai Lama a intercambiar ideas sobre el futuro desarrollo del Tíbet. Durante la octava ronda de diálogo se presentó el Memorando sobre la Autonomía Genuina del Pueblo Tibetano, donde se hace hincapié a las once necesidades básicas para garantizar a los tibetanos dentro de la RPC.

Éstas contemplan el lenguaje como el atributo más importante de su identidad; la cultura en todas sus representaciones; la religión del budismo como el corazón de su pueblo; un sistema educativo propio con la cooperación y coordinación del gobierno chino; la protección ambiental, en especial porque el Tíbet es la fuente primordial de los ríos en Asia; el uso responsable de los recursos naturales; la posibilidad del desarrollo económico y comercial en manos del Tíbet; un sistema de salud pública que cubra las necesidades de toda la población tibetana; la organización de la seguridad pública de la región; la regulación del flujo de migraciones; el intercambio cultural, educativo y religioso con otros Estados. Sin embargo, las altas expectativas fueron inversamente proporcionales al feedback de China que culminó con el rechazo de la propuesta del Dalai Lama.

Mientras el 10 de marzo de este año se conmemoró el 59° aniversario del “Día del Levantamiento Nacional Tibetano”, también se cumplen dos decenios del comienzo de las autoinmolaciones tibetanas - siendo la primera en India- y hace menos de un mes se dio a conocer el último Examen Periódico Universal (EPU) de China. ¿Cuánto espacio se otorgó a la problemática del Tíbet y la ocupación ilegal de la RPC a lo largo de los ciclos de sesiones? Si tenemos en cuenta las recomendaciones que China ha recibido en los tres EPU, sólo doce de ellas - de un total de 422- mencionan al Tíbet y solicitan cambios en el presente que vive este pueblo. Por eso, debemos inquietarnos y sensibilizarnos con los 3 millones de personas que habitan en la región.

El enfoque de la vía intermedia es la ventana que aún no ha bajado sus persianas. Es la hendija a través de la cual asoma un horizonte futuro y accesible a más justicia, menos sufrimiento y el advenimiento de la dignidad que todo ser humano merece por su condición inextirpable de ser persona. Los miembros de la comunidad internacional son las columnas que pueden sostener la propuesta formulada por el XIV Dalai Lama, quien huyó a India en 1959 y, en la actualidad, detecta el peligro de convertirse en el último líder espiritual como consecuencia del control que pretende imponer China para seleccionar a su sucesor. El Tíbet ha sido despojado de lo más vital, no tiene anticuerpos, le han carbonizado el oxígeno y sólo puede hacer resonar su voz mediante terceros. Necesita de cada uno de nosotros un gesto de solidaridad, aunar fuerzas y materializar ese umaylam con la finalidad de diluir esta nebulosa donde está atrapado el Tíbet.  

Ludmila González Cerulli es periodista y colaboradora del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).