24.9.2018
 
Artículos / Opinión
Patricio Navia
Chao ley antiterrorista, hola ley contra crímenes de odio
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
23 de febrero de 2018
(El Líbero) Lo que está ocurriendo en La Araucanía son ejemplos claros de crímenes de odio. Quienes perpetran atentados contra las iglesias violan el derecho de muchos chilenos a ejercer libremente sus creencias religiosas; los que atentan contra la propiedad violan el derecho de otros chilenos a ejercer libremente sus actividades económicas legales y legítimas. En vez de pinochetizar el debate haciendo uso de la ley antiterrorista, el nuevo gobierno debiera promover una ley contra los crímenes motivados por el odio que ayude a restablecer el Estado de derecho en la región.
 

(El Líbero) El debate sobre el uso de la ley antiterrorista para perseguir a aquellos que atacan iglesias o atentan contra la propiedad privada —quemando camiones e inutilizando el capital de trabajo de mucha gente— se ha desvirtuado al punto que se centra en la intención de los violentistas y no en los derechos ultrajados de las víctimas. En vez de enfocar el problema desde la visión políticamente polarizada —e históricamente cargada de simbolismos— de la ley antiterrorista, el nuevo gobierno debe abordarlo con herramientas modernas y mentalidad del siglo XXI.

Lo que está ocurriendo en La Araucanía son ejemplos claros de crímenes de odio. Quienes perpetran atentados contra las iglesias violan el derecho de muchos chilenos a ejercer libremente sus creencias religiosas. Los que atentan contra la propiedad violan el derecho de otros chilenos a ejercer libremente sus actividades económicas legales y legítimas. En vez de pinochetizar el debate haciendo uso de la ley antiterrorista, el nuevo gobierno debiera promover una ley contra los crímenes motivados por el odio que ayude a restablecer el Estado de derecho en La Araucanía.

Desde el retorno de la democracia en 1990, Chile ha avanzado una enormidad en respeto por los derechos humanos y fortalecimiento de la democracia. En casi todas las dimensiones estamos muchos mejor que hace 30, 20 y 10 años. Pero en lo que respecta a la seguridad de los chilenos que viven en La Araucanía y al ejercicio de sus derechos, el país claramente ha retrocedido. Allá se queman regularmente iglesias y lugares de culto; los atentados contra el capital de trabajo restringen el derecho de muchos chilenos a llevar adelante sus actividades empresariales —y de lucro— legítimas y legales; la percepción de que el Estado de derecho rige menos en La Araucanía que en el resto del país ha limitado la inversión privada en la región y ha imposibilitado la expansión de oportunidades laborales y de desarrollo para cientos de miles de personas que habitan en una de las regiones más empobrecidas del país.

La razón del conflicto se explica por las demandas de muchos activistas y grupos mapuche que revindican una multiplicidad de posiciones, desde los más moderados que demandan inclusión y oportunidades hasta los más radicales que aspiran a autonomía política e incluso un Estado independiente. Pero el pueblo mapuche también es el principal afectado por las negativas consecuencias del conflicto. Los derechos humanos de los mapuches son continuamente violentados en el esfuerzo poco exitoso del gobierno por combatir a los grupos violentistas. La gente que vive en la zona del conflicto no puede gozar de la protección que deben brindar las instituciones públicas cuando existe Estado de derecho.

En vez de seguir discutiendo sobre si aplicar la ley antiterrorista para combatir la violencia e imponer el Estado de derecho, debiéramos dar vuelta la página y aceptar que la ley antiterrorista tiene un bagaje tan complejo —por su origen autoritario, por la carga simbólica que representa y por las diferencias conceptuales que tienen muchos respecto a qué constituye un acto terrorista—, que no sirve como herramienta para solucionar los problemas.

Afortunadamente, hay otras herramientas disponibles que pueden ayudar a imponer la paz y el orden en la zona. Las llamadas leyes contra crímenes de odio ofrecen un marco adecuado para sancionar duramente los atentados contra los lugares de culto, las fuentes de trabajo y el capital invertido en la región. En Estados Unidos hay una extensa jurisprudencia que protege los derechos civiles de las personas. Desde el Civil Rights Act de 1968, la jurisprudencia estadounidense ha avanzado —también con retrocesos— en la protección de los derechos de las personas, castigando duramente los actos que atentan contra el libre ejercicio de esos derechos. En décadas recientes, las llamadas Hate Crime Laws castigan duramente los atentados contra lugares de culto (Church Arson Prevention Act de 1996) o contra personas por su orientación sexual (Matthew Shepard and James Byrd, Jr. Hate Crimes Prevention Act de 2009). El Violent Crime Control and Law Enforcement Act de 1994 castiga los actos que atentan contra los derechos individuales de las personas. En vez de abordar los ataques terroristas desde la perspectiva de la ley antiterrorista, esta legislación lo aborda desde la perspectiva de los derechos violentados de las víctimas.

Porque en La Araucanía los derechos de las personas están siendo violentados, más que abocarnos a discutir si hay o no terrorismo, debiéramos abordar el problema desde la necesidad de defender los derechos individuales de las víctimas. Al promulgar legislación contra crímenes de odio, las autoridades tendrán mejores herramientas para perseguir a aquellos criminales que regularmente violan los derechos de los residentes de esa región.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

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Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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