24.9.2018
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro
Jubilados y represión: ¿el Gobierno peca por duro o por blando?
Por Marcos Novaro
17 de diciembre de 2017
(TN) La sesión especial para tratar la reforma previsional quedó trunca. El Ejecutivo insiste con el proyecto oficialista pero debe seguir negociando para convertirlo en ley, entre los golpes y el aprendizaje.
 

(TN)  Con el fracaso de la sesión de Diputados convocada para tratar el cambio en la fórmula de actualización de jubilaciones se desató, tanto dentro de la coalición oficial como en la opinión pública, una intensa discusión sobre en qué se está equivocando el Gobierno tras las elecciones: ¿está tratando de ir demasiado lejos en el ajuste fiscal y la imposición del orden en las calles, o lo hace a medias y sin convicción, y entonces se deja torcer el brazo muy fácilmente en los dos terrenos?

¿El problema es Carrió que desautoriza a Bullrich al denunciar el uso de fuerzas de seguridad excesivamente represivas, y que ya antes había cuestionado el pacto con los gobernadores en que se sostiene el cambio jubilatorio? ¿O el problema nació con ese pacto, que descarga el ajuste en los más débiles, los jubilados que cobran la mínima, y con la idea de Bullrich de sostener políticas como esa con represión en las calles?

La cuestión es importante porque el oficialismo podría estar deslizándose sin darse cuenta de su hasta aquí cuidada moderación hacía un enfoque de los problemas tal vez algo más realista pero no más eficaz, en que trata de meter mano en los dilemas más complejos pero fracasa, y queda expuesto a cada vez más críticas externas e internas. Su cohesión con ello se vería afectada y encima terminaría dándole oportunidad a la oposición dura de recuperar parte de los apoyos y el espacio perdidos a lo largo del último año y en las recientes elecciones.

Como sabemos que todo el 2018 va a ser un año de ajustes, porque ya el tiempo de patear para adelante los problemas fiscales quedó atrás, es conveniente detenerse en este asunto, para saber lo que nos espera.

Tal vez la clave del problema no esté ni en una ni en otra de esas dos versiones simples y lineales de la situación: no es ni por blando ni por duro que al Gobierno le pasa lo que le pasa, es porque las dosis de imposición y de negociación que está buscando no se calculan ni administran del todo bien.

Primera cuestión: la ilusión poselectoral de que al macrismo se le abría un horizonte despejado para avanzar inevitablemente tenía que desinflarse, aunque era evitable que sucediera tan pronto y tan dramáticamente. El exceso de optimismo le jugó una mala pasada, y no es la primera vez que le pasa.

Ahora nos inclinamos peligrosamente al otro extremo del péndulo de nuestra ciclotimia, y tendemos a ver obstáculos insuperables por doquier, que tampoco hay que exagerar. Pero lo cierto es que las cosas no le están saliendo tan bien como se pensó que pasaría después de los comicios de octubre, y eso se debe no sólo a que no era correcta la imagen pública de supremacía y liderazgo, desarme de la oposición y alineamiento del resto del mundo que entonces se difundió, sino fundamentalmente a que al menos parte del gobierno compró con su habitual desborde voluntarista esa ilusión. Se confiaron en que su “reformismo permanente”, una vez que cobrara impulso, avanzaría removiendo obstáculos y sumando adhesiones, y la voluntad no alcanza para tanto.

Segunda cuestión: el ajuste a las jubilaciones no se explicó con sinceridad y claridad, ni se enmarcó en esfuerzos equivalentes o mayores de los más pudientes.

Los argumentos oficiales al respecto fueron entre equívocos y parciales. Se dijo que aunque hubiera una pérdida inicial ella se compensaría más adelante, una vez que la inflación disminuyera y los aumentos trimestrales fueran recuperando terreno, pero eso se cumplirá si el alza de precios cae a la velocidad que el gobierno promete, y ya las previsiones sobre la inflación futura fallaron demasiadas veces. Además aunque la nueva fórmula jubilatoria funciona como una suerte de cláusula gatillo para compensar a fin de año esas pérdidas iniciales, el mecanismo tampoco se explicó.

Por otra parte, se insistió desde el Ejecutivo en que el esfuerzo sería equitativo y también otros sectores harían sacrificios proporcionales, pero lo cierto es que el ajuste previsional terminó siendo la patada inicial del plan de recortes al gasto y el primer cambio sensible que se trataba en el Congreso, con lo cual esa promesa se desdibujó. En vez de hablar en abstracto de “ajuste del gasto político” hubiera sido bueno que ya desde un comienzo se redujeran cargos jerárquicos de altos sueldos, para mostrar que se avanzaba en serio en ajustarle el cinturón a los propios, y no quedaba también esa promesa, como tantas otras veces, en la nebulosa.

Tampoco se explicó el enorme esfuerzo que significa para los consumidores y empresas los aumentos de tarifas que ya se han aplicado y los que pronto van a seguirles, tal vez con la idea de que era mejor tratar de que pasaran desapercibidos. Cosa que igual no iba a suceder. Por último, tampoco se explicó que, de todas las cuestiones que hay que encarar para resolver el enorme agujero fiscal, la previsional es por lejos la más grave e inescapable, y de todas las opciones que había a la mano para empezar a contenerla la que se propuso era la más suave y gradualista: que también habrá que corregir la edad jubilatoria, el escándalo de las cajas administradas aún hoy por las provincias, etc. etc.

Tercero, el gobierno cedió mucho a los gobernadores peronistas en la primera arena de negociación, esperando que la disciplina de los legisladores opositores moderados de esos distritos garantizaría un rápido tratamiento y hubiera poco o nada que ceder en las cámaras. Pero ese fue un grave error. Y encima estimaron que una vez que se sorteara el trámite en el Senado, en Diputados todo sería más fácil. Lo que fue un error aún más grave porque en la Cámara Baja hay mucha menos disciplina, también en el oficialismo porque allí está Carrió.

Los legisladores hacen su propios cálculos de conveniencia. Y los gobernadores esperaron a cobrar su beneficio por el ajuste, el incremento de transferencias a sus distritos, sin dar la cara en defensa de la parte impopular del acuerdo. Algo entendible, pero no previsto ni contrarrestado por el oficialismo, que quedó expuesto en soledad a defender una medida impopular. Cuando los gobernadores dividieron a sus diputados, mandando a algunos a sentarse y otros ausentarse, y a algunos a votar a favor y otros en contra, quedó claro el juego pero ya era tarde. Y encima se le dio tiempo al kirchnerismo para armar una violenta movilización, que podría haber terminado con el Congreso incendiado. Que en ese marco haya sido Elisa Carrió, en soledad, la que decidiera levantar la sesión corona un encadenamiento de errores que no debería repetirse.

¿Puede el gobierno todavía salir del brete en que se metió? Como para las provincias en general sigue siendo absolutamente imprescindible aprobar el paquete acordado, incluyendo el cambio previsional, guarda esperanzas. Pero es claro que va a pagar un mayor costo político, y también fiscal (bono de compensación mediante). Le convendría de todos modos mientras tanto aprender de las duras lecciones que esta experiencia deja.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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