11.12.2018
 
Artículos / Derechos Humanos
Patricio Navia
Patricio Navia: El fantasma de los derechos humanos
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
14 de agosto de 2018
(El Libero) Además de recordarnos las violaciones a los derechos humanos cometidas en dictadura, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos puede ser un lugar de encuentro para denunciar violaciones que hoy se cometen en Cuba, Nicaragua y Venezuela. Porque más importante que no olvidar las violaciones a derechos humanos cometidas en Chile es ayudar a evitar las violaciones que siguen ocurriendo hoy en otras partes.
 

(El Libero) Cada sector político debe convivir con sus propios demonios. En Chile, el demonio de la derecha son las violaciones a los derechos humanos. Porque la derecha chilena apoyó a una dictadura que violó sistemáticamente los derechos humanos -y defendió a Pinochet hasta poco antes de su muerte-, ningún gobierno moderno de ese sector puede permitirse ser blando en su condena a dichos atropellos. Su decisión de aceptar la renuncia de Mauricio Rojas deja en claro que el Presidente Piñera entiende que no puede permitir que se instale la sospecha de que su gobierno no tiene un irrestricto compromiso con los derechos humanos. Es más, precisamente para demostrar ese compromiso, La Moneda ahora debería redoblar la apuesta y sacar al pizarrón a la izquierda por el tibio compromiso que ese sector ha demostrado con la defensa de los derechos humanos en Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Todas las coaliciones políticas cargan con sus propios demonios. La izquierda también tiene los suyos. Los mandatarios de izquierda deben demostrar que gobiernan para todos el país. Nadie quiere repetir esa desafortunada frase de Allende de que él no era el presidente de todos los chilenos. La izquierda también debe pruebas de un manejo económico sólido. Después que, en su segundo gobierno, Bachelet se dio un gustito y nombró a un ministro -Alberto Arenas- que rápidamente echó por tierra la reputación de disciplina fiscal que lentamente había construido la izquierda a partir de Lagos, el próximo presidente de izquierda deberá abocarse a controlar el miedo al retorno de la retroexcavadora.

Los partidos no son los únicos que cargan con sus demonios. La Iglesia Católica debe ser especialmente cuidadosa en evitar nuevos escándalos de abuso. Los evangélicos deben demostrar que no discriminan contra los homosexuales y lesbianas (y que respetan el derecho de las minorías sexuales a formar familias). Las universidades privadas deben demostrar que no lucran. Carabineros debe ser extremadamente cuidadoso en cómo maneja sus platas. Varias empresas deben ser especialmente transparentes para evitar sospechas de colusión.

La derecha carga con su fantasma de los derechos humanos. Pero, mirado en perspectiva, esa debiera ser una cruz demasiado difícil de cargar. Salvo aquellos mayores de 50 años, la mayoría de los líderes emergentes del sector alcanzó la adultez en democracia. Es más, precisamente porque en años recientes han sido gobiernos de izquierda en América Latina los que han violado los derechos humanos, la derecha chilena puede enarbolar la defensa de derechos humanos. Fue una presidenta de izquierda quien, saliéndose de protocolo, corrió para ir a saludar al dictador Fidel Castro. Los líderes de izquierda se complican para denunciar al régimen de Maduro en Venezuela o al de Ortega en Nicaragua.

De ahí que resulta fácil de entender por qué el gobierno dejó caer tan rápidamente a Mauricio Rojas. Las impropias e injustificadas declaraciones realizadas por Rojas sobre el Museo de la Memoria dos años antes de ser nombrado constituyen un error inaceptable. La entrevista que dio a CNN en Español a fines de 2016 -promoviendo su libro escrito junto a Roberto Ampuero- torpemente relativiza las violaciones a los derechos humanos cometidas en dictadura. Porque no hay contexto que las justifique, de poco sirve recordar que el gobierno de Allende fue un desastre en su manejo económico. Es verdad que la izquierda sembró vientos y que muchos nunca creyeron -ni todavía creen- que la democracia es un bien superior. Pero nada justifica las violaciones a los derechos humanos cometidas por agentes del estado contra ciudadanos chilenos.

Ciertamente que es legítimo debatir sobre quién fue responsable del quiebre de la democracia. También corresponde una discusión sobre la forma en que recordaremos a todas las otras víctimas de la violencia política en Chile -incluidos aquellos que han muerto en años recientes-. Pero, necesitando exorcizar a sus fantasmas, el gobierno de Chile Vamos correctamente separó aguas de los dichos de Mauricio Rojas.

Ahora bien, no hay mejor forma de exorcizar los demonios que enfrentándolos. La derecha chilena puede hacer suya la bandera de los derechos humanos. El gobierno puede convertir al Museo de la Memoria en un proyecto mucho más ambicioso. Además de recordarnos las violaciones a los derechos humanos cometidas en dictadura, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos puede ser un lugar de encuentro para denunciar violaciones que hoy se cometen en Cuba, Nicaragua y Venezuela. Porque más importante que no olvidar las violaciones a derechos humanos cometidas en Chile es ayudar a evitar las violaciones que siguen ocurriendo hoy en otras partes, el gobierno de Piñera debiera doblar la apuesta y desafiar a la izquierda a que aplique ese celo por la defensa de los derechos humanos a denunciar los apremios que hoy cometen los regímenes autoritarios de la región.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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