20.7.2018
 
Artículos / Opinión
Patricio Navia
La radicalización del movimiento feminista
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
29 de mayo de 2018
(El Líbero) Precisamente porque Chile ha tenido mejoras sustanciales en la igualdad de género en años recientes y porque, además, hay consenso en que se debe avanzar más rápido, la radicalización del movimiento feminista no tiene justificación.
 

(El Líbero) El movimiento feminista de 2018 tenía todas las condiciones para convertirse en un catalizador de cambios positivos en la sociedad que disminuyeran los abusos, mejoraran la inclusión e igualaran la cancha a favor de las mujeres. Sin embargo, su radicalización por parte de aquellas personas que quieren igualar el machismo al capitalismo y al neoliberalismo está amenazando con extremar el movimiento, al punto de que éste arriesga convertirse en una protesta contra el modelo más que en un esfuerzo por hacer que el modelo funcione mejor para las mujeres chilenas.

Precisamente porque cada país tiene su propia idiosincrasia, los movimientos estudiantiles en Chile parecen convocar automáticamente la simpatía de mucha gente que ve en los estudiantes a los líderes que quieren crear un mejor país. En años recientes, las marchas estudiantiles tomaron banderas que eran abiertamente de izquierda y que buscaban transformar —si no derrumbar— el modelo económico de libre mercado implantado en dictadura, y perfeccionado por gobiernos de izquierda y de derecha desde el retorno a la democracia. Así, por el ejemplo, las protestas contra el lucro en la educación inevitablemente terminaron por polarizar a la opinión pública en torno a la validez moral de lucrar en la provisión de servicios educacionales. En tanto, las marchas a favor de la gratuidad polarizaron a la población en torno a cómo usar de mejor forma los escasos recursos fiscales en educación. Mientras unos enfatizaban la importancia de consolidar la educación como la vía de acceso a una economía de mercado —y otros veían a la educación gratuita como un derecho social inalienable—, otros correctamente apuntaban a los efectos perniciosos que tendría la gratuidad universitaria sobre la desigualdad (dado que los más pobres están subrepresentados entre los que terminan el colegio y tienen menor posibilidad de acceder a educación superior).

Por eso, las marchas feministas que buscaban terminar con las distintas formas de discriminación hacia la mujer aparecieron este año como una oportunidad para unir segmentos importantes de la sociedad —que no siempre concuerdan en sus posturas ideológicas— en favor de una causa incuestionablemente justa. Desde aquellos que creen que la economía de mercado es la mejor receta para convertir a Chile en un país más desarrollado y más justo, hasta los que creen que el machismo es resultado del capitalismo (o al menos es exacerbado por el capitalismo), había un tremendo espacio para concordar posturas y apoyar propuestas que nivelaran la cancha a favor de las mujeres y terminaran con prácticas legales y tradiciones enraizadas en la sociedad que han mantenido a la mujer en una condición de desventaja. La frescura del movimiento feminista es que no había un enemigo fácilmente identificable y que, mejor aun, todos podíamos ser parte de la solución, incluso si no comulgábamos con la misma ideología.

Lamentablemente, esa oportunidad de que todos hiciéramos fuerza para avanzar en construir una sociedad más justa con las mujeres pronto se perdió,en la medida que los grupos más radicales feministas enarbolaron banderas que son difíciles de tragar para muchos moderados y adoptaron tácticas que generan rechazo entre numerosas personas que, en principio, apoyan muchas de las demandas.

Las tomas de universidades convierten al movimiento feminista en una amenaza para el normal funcionamiento de la educación. Por más dramática y terrible que sea la violencia contra la mujer y por más persistentes que sean los femicidios, es innegable que las condiciones en las que hoy viven las mujeres respecto de los hombres son mejores que hace 5, 10 o 20 años. Luego, la intención de radicalizar el movimiento —“parar Chile”, como dijera una diputada del Frente Amplio que, años atrás, era parte de la industria de la cosificación sexual de la mujer— parece responder más bien a un intento por desestabilizar al gobierno del Presidente Piñera, a una adicción a las marchas por la causa que sea o a la convicción profunda de que, terminando con el machismo, se da un paso para terminar con el capitalismo.

Precisamente porque Chile ha tenido mejoras sustanciales en la igualdad de género en años recientes y porque, además, hay consenso en que se debe avanzar más rápido, la radicalización del movimiento feminista no tiene justificación.

Es verdad que resulta inevitable que cada vez que hay un movimiento social, los más radicales busquen agudizar las contradicciones y los revolucionarios trasnochados crean que esta vez sí que se derrumba el modelo. Pero dado el amplio apoyo que todavía tiene el movimiento feminista y lo urgente que resulta dar pasos concretos y firmes hacia una mayor igualdad entre el hombre y la mujer, permitir la radicalización del movimiento parece la peor opción para las personas que realmente quieren terminar con el acoso, la violencia y la discriminación hacia las mujeres.

Fuente: El Líbero (Santiago, Cuba)

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Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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