21.7.2018
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro
¿Valentín Díaz Gilligan renunció por culpa de los medios?
Por Marcos Novaro
20 de febrero de 2018
(TN) Sería bueno que los funcionarios entiendan que los medios hacen su trabajo y él no incluye preocuparse por su permanencia en funciones. Hasta hace poco se hablaba de «blindaje mediático» a favor del macrismo, ahora se vuelve a hablar de «presión mediática» en contra del oficialismo de turno. Lo mejor sería que se deje a cada uno hacer su trabajo en paz.
 

(TN) Al presentar su renuncia, el ahora ex subsecretario Valentín Díaz Gilligan aprovechó para hacer un breve descargo, aclaró varias cosas sobre la cuenta en Andorra, que dice podrá probar. Aseguró que pronto despejará toda duda sobre su honestidad (aunque no explicó por qué la omisión en su declaración jurada) y también se tomó un tiempo para rechazar la “presión mediática” que habría sellado su suerte.

Entrevistado por TN Central abundó en este último asunto y dijo: “Los medios deberían entender que por la institucionalidad estos casos deben resolverse en la Oficina Anticorrupción y en la Justicia y no en la tapa de un diario o en la columna de un periodista, ese ejercicio va a hacer en el futuro a la Argentina un país más serio y más creíble”.

¿Fueron los medios los que condenaron a Díaz Gilligan? ¿O fueron las necesidades políticas coyunturales de su gobierno? ¿Hubo “demasiada presión mediática” o simplemente sucedió que el gobierno de Macri no tiene un método para manejar y resolver este tipo de problemas y entonces actúa un poco a los tumbos, según dónde le apriete el zapato en cada momento y cuán importante sea el funcionario afectado?

En este como en otros temas los medios hicieron su trabajo que es indagar y dar a conocer los actos públicos y no tan públicos de los funcionarios. Y tuvieron el tino de no preocuparse demasiado por los efectos políticos que se pudieran seguir de ello: si iba a haber renuncias, si ellas serían o no justificadas en comparación con otros casos similares, si eso perjudicaría o no a un gobierno que podía simpatizarles mucho o poco a los periodistas a cargo del tema, etc. Esa es su función, informar, no resolver crisis.

El diario El País, de España, destapó el caso de Díaz Gilligan. Y la prensa argentina lo recogió y profundizó. Si ese trabajo impactó fuertemente en la imagen pública del gobierno nacional fue porque se sumó al que ya se había hecho con otros semejantes en los meses previos: Jorge Triaca, Luis Miguel Etchevehere, Luis Caputo, ante los cuales el Ejecutivo no había dado respuestas muy satisfactorias que digamos: había reaccionado con bastante indiferencia, en algunos casos por necesidades políticas más urgentes, tal vez comprensibles, en otros simplemente por desidia, exceso de autoconfianza o subestimación de la “presión mediática”, apostando a que pronto se olvidaran.

Fueron estos antecedentes mal manejados los que hicieron que en última instancia el hilo se cortara por lo más delgado, y Díaz Gilligan pagara por sus hermanos mayores, los ministros de los que Macri no quiso desprenderse ni a los que aceptó hasta aquí que se los sometiera a una indagación más implacable y expeditiva.

En términos tácticos tal vez el presidente actuó con buen criterio, sacrificó un peón para no perder sus alfiles. Pero en el desarrollo del juego corre el riesgo de que las cosas se le compliquen, porque la amenaza sobre los alfiles va a continuar. Y si no elabora pronto un método para resolver este tipo de casos, ellos se van a seguir multiplicando. Porque problemas como estos abundan en todos los gobiernos, incluso en los que más se esfuerzan por seleccionar bien a sus funcionarios en términos de transparencia. Lo que distingue a un gobierno confiable de uno que no lo es, finalmente, no suele ser tanto una diferencia de material humano como de los mecanismos con que cuentan para prevenir y combatir los errores, faltas y las violaciones a las normas que los funcionarios siempre están en riesgo de cometer.

No es necesario por tanto que Macri nos convenza de que se rodeó de santos. Insistir en eso suena incluso ridículo. Ni hará gran diferencia que Díaz Gilligan demuestre en los próximos días que su omisión en la declaración jurada que firmó al asumir la posición de la que resultó eyectado fue poco importante, porque el dinero no era suyo. Lo que sí tiene que demostrar el gobierno es que sabe cómo lidiar con los humanos que puso en posiciones de poder y su propensión a no decir siempre la verdad, no tener todos los papeles en regla, etc.. Y fijar un estándar para lo que considerará o no aceptable: si las declaraciones juradas se van a tomar en serio, mentir en ellas debe ser suficiente motivo para un pedido de renuncia; si la Oficina Anticorrupción va a ser un órgano autárquico entonces todos los casos en que haya funcionarios acusados de mal comportamiento tienen que ser objeto de igual tratamiento, no puede ser que el celo sea mayor con los menos importantes.

Mientras tanto, sería bueno que los funcionarios entiendan que los medios hacen su trabajo y él no incluye preocuparse por su permanencia en funciones. Hasta hace poco se hablaba de “blindaje mediático” a favor del macrismo, ahora se vuelve a hablar de “presión mediática” en contra del oficialismo de turno. Lo mejor sería que se deje a cada uno hacer su trabajo en paz.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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