20.7.2018
 
Artículos / Opinión
Patricio Navia
El gabinete piñerista del gobierno de Chile Vamos
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
26 de enero de 2018
(El Líbero) Porque la izquierda no tiene una candidatura presidencial en torno a la cual ordenarse, aprovechará la oportunidad para convertir su rechazo a Piñera —y a ese gabinete de lealtades más personales que sectoriales— en su bandera de lucha para los primeros meses de gobierno.
 

(El Líbero) Al designar un gabinete con un marcado acento de lealtades personales y más capacidades tecnocráticas que políticas, el Presidente electo Sebastián Piñera ha aprovechado el enorme capital político que le trajo su avasalladora victoria de segunda vuelta. Lamentablemente, al formar su gabinete Piñera olvidó que su principal desafío será la voluntad de obstrucción de la oposición izquierdista más radical en el Congreso y en los movimientos sociales. Porque la oposición buscará combatir contra el nuevo Presidente —más que oponerse a un gobierno de una coalición derechista pluralista, moderna y diversa—, la decisión de nombrar un gabinete piñerista se convertirá en un factor de unidad para una oposición izquierdista que, sin tener un mensaje de qué quiere construir para Chile, se deja seducir por la idea de unirse contra el estilo de gobierno y la imagen de exitoso empresario que proyecta Sebastián Piñera.

El anuncio del primer gabinete que acompañará al gobernante generó comprensible tranquilidad en los mercados. El nombre de Felipe Larraín en Hacienda confirma el esperado sesgo pro-mercado del equipo económico. A su vez, nombrar a Andrés Chadwick en Interior constituyó una señal de tranquilidad y confianza. No deja de ser significativo que los dos cargos más importantes en el gabinete sean ocupados por los hombres que acompañaron a Piñera en esos mismos puestos hasta el final de su primer gobierno. De mantenerse en su cargo por los cuatro años, Larraín será el economista que más tiempo ha estado en Hacienda desde el retorno a la democracia.

Pero si bien el mensaje de continuidad fue la noticia más importante en el anuncio del nuevo gabinete, la principal noticia secundaria fue la fuerte presencia de nombres que son más leales a Piñera que a los partidos que forman Chile Vamos. Si bien esta vez hay más personas con experiencia legislativa —incluidos los senadores salientes Hernán Larraín, Alberto Espina y Baldo Procurica, y los diputados salientes Cristián Monckeberg, Nicolás Monckeberg y Felipe Ward, además de la ex diputada Marcela Cubillos—, y aunque Piñera además sumó militantes activos de RN (como Cecilia Pérez)  y de la UDI  (Isabel Plá), la mayoría de los ministros son más cercanos al Presidente que a los partidos en los que militan.

Es saludable que los Mandatarios se rodeen de gente que conocen y con la que saben que son capaces de trabajar. No hay nada peor que un gabinete cuoteado por los partidos y compuesto por ministros que no conocen al Presidente. Pero si los partidos no se sienten parte integral del gabinete, pronto comenzarán los problemas entre La Moneda, el contingente legislativo del oficialismo y los liderazgos partidistas que querrán aumentar su influencia en el gobierno.  Afortunadamente, al menos por los primeros meses, Piñera gozará de una luna de miel con los partidos de Chile Vamos que le permitirá construir confianzas y demostrar a los legisladores de su coalición que él aprendió la lección de su primer gobierno.

El problema mayor que suscita un gabinete tan piñerista está en el efecto que se producirá en la oposición. Con la presencia de diputados más radicales del Frente Amplio y dado que la Nueva Mayoría ya no tiene la estrategia de ordenarse en torno a Bachelet para la próxima elección —aunque no pocos albergan la esperanza de que ella se anime a volver a ser candidata—, la izquierda necesitará una causa en torno a la cual unirse. Por el momento, la mejor parece ser la animadversión personal que produce Piñera en las filas de la izquierda. Mucho más que a la derecha, la izquierda rechaza personalmente a Piñera y todo lo que él representa desde su mirada: el empresariado abusador, la relación incestuosa entre el dinero y la política, la predilección por el lucro en vez de los derechos sociales.

Por eso, la izquierda buscará construir unidad en torno a su oposición a la figura personal de Piñera. Como no pueden encontrar unidad en sus propuestas propias —porque los más radicales rechazan también la visión de mundo de los izquierdistas moderados, y para qué decir la de los centristas—, la izquierda preferirá unirse en torno al rechazo que produce Piñera en sus filas.

Al nombrar un gabinete que reproduce sus fortalezas y debilidades, Piñera perdió la oportunidad de convertir a su gobierno en un reflejo de la diversidad de Chile, e incluso de la diversidad de la propia derecha. Cuando la izquierda estaba buscando una causa en torno a la cual unirse, Piñera nombró un gabinete piñerista —más que de Chile Vamos— y con eso les entrega a sus detractores una excusa para articular una estrategia obstruccionista que buscará, más que defender valores y principios, oponerse a cualquier iniciativa que él promueva en su segundo gobierno. Porque la izquierda no tiene una candidatura presidencial en torno a la cual ordenarse, aprovechará la oportunidad para convertir su rechazo a Piñera —y a ese gabinete de lealtades más personales que sectoriales— en su bandera de lucha para los primeros meses de gobierno.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

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Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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